Big Hero 6

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Por - 13 de agosto de 2014

Big Hero 6 no sólo es la prueba de que Disney prosigue con su estimulante estrategia de alternar cuentos de hadas -como Enredados (2010)- con proyectos más originales -como ¡Rompe Ralph! (2012)- que sean un reto artístico y una sorpresa para el público, aparte de un gancho para mercados emergentes como el asiático. También es la confirmación de que tras varios años sumido en una profunda crisis de identidad que le llevó a dar pasos en falso como Chicken Little (2005), el estudio que fundó Walt ha recuperado su mojo. Para arriesgar primero tienes que encontrar tu esencia y consolidar tu estilo. Los grandes artistas lo saben. Y en ese sentido Big Hero 6 es una película que Disney sólo ha podido hacer después de las dosis de autoestima (y dinero) que le ha inyectado Frozen (2013).

Cuando Disney compró Pixar y, más tarde, Marvel, la Red se llenó de memes y montajes que sacaban a la luz un miedo que habitaba en el subconsciente de todo friqui y/o cinéfilo: que ambas compañías sufrieran una disneyización que desvirtuara su esencia. Finalmente, tal y como confirma Big Hero 6, la influencia ha sido a la inversa. Y muy positiva. De Pixar ha importado una cultura creativa en la que prima el artista, que ha dado como resultado películas con guiones, personajes y diseños más sólidos y atractivos. Y de Marvel ha cogido una semilla (en forma de cómic raruno) que ha germinado en el estudio. Pero no sólo eso: también le han injertado la estética, el dinamismo y la expresividad del anime (recordemos que Disney es el distribuidor de las películas de Miyazaki en EE UU). El resultado de esta transgénesis, lejos de caer en el pastiche, es una película de animación única y vibrante. Una joya. Otro hito.

Big Hero 6, cuyo hiper detallismo deslumbra, no sólo es la más anómala y brillante película de superhéroes desde Los increíbles; también es la película más Disney de las menos Disney. No sólo por el diseño de algunos personajes, también porque su corazón, su motor cómico y emocional, está en la relación entre un niño inventor, Hiro Hamada, y un robot, Baymax, que como Wall·E o Totoro es otra cumbre de minimalismo expresivo y nos brinda la mejor metáfora posible sobre el filme: bajo su cool y reluciente armadura (a lo Iron Man) se esconde una naturaleza delicada, tierna y blandita.

Y luego está ese transfondo adulto, profundo y complejo al que Pixar y Ghibli nos tienen acostumbrados pero inédito en Disney. Del mismo modo que E.T., el extraterrestre no era una película sobre un marciano, sino cómo un chaval se enfrenta al divorcio de sus padres, Big Hero 6 tampoco es una película sobre un robot o un grupo de superhéroes home-made; sino sobre cómo afrontar la pérdida de un ser querido y las distintas fases del duelo, con soluciones tan osadas (y sentimentales) como esa despedida en un limbo cósmico. Disney se ha traicionado para ser fiel a sí mismo.

Querrás tener a Baymax a tu lado cuando pierdas a un ser querido.

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