Basada en hechos reales

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Por - 02 de abril de 2018

Artífice de que hoy ‘opresivo’ y ‘parisino’ no formen nunca más un oxímoron, Polanski vuelve a un París que remolonea entre El quimérico inquilino y Frenético para presentarnos otro thriller psicológico de aires clásicos y ambición académica que deja rastro de eficacia pero también un regusto manido, una tirando a vulgar sensación de déjà vu. A punto de cumplir 85, el cineasta polaco ha trabajado con un guion de Olivier Assayas (muy en la línea de Personal Shopper) y lo ha puesto en escena con su habitual pericia para imprimir el ritmo perfecto a una frialdad sublimada por sus protagonistas.

Seigner, excelente en su fragilidad de escritora abocada al vacío y a los devaneos esquizoides de la creación literaria, se enfrenta a sus miedos y a una solvente Green, pasada de vueltas, más timburtoniana que cómoda en su gesticulación extrema. Paralelismos con Misery y ecos de Swimming Pool acercan el tono del filme a derivas de manierismo ozoniano, mientras se echa de menos que el maquillaje argumental no languidezca por cauces ya transitados (su anterior filme, La Venus de las pieles, le lleva ventaja) por la constatable fruición literaria del cineasta. Así, mientras lo vampírico funciona, lo terrenal, no tanto, aturdido por el ruido creativo de tantas líneas ya escritas en el mismo género: lo contrario al fervor creativo del pánico a la página en blanco.

Un Polanski solvente pero antes visto: el miedo a la página ya escrita.