Por - 18 de julio de 2017

A pesar de su pasaporte, su crianza y de que, al menos de momento, Patrick Bruel no es Paco Martínez Soria, esta comedia no difiere mucho de las astracanadas desarrollistas rodadas como churros por Pedro Lazaga. Enredos ligeros entre tres generaciones, mensajes (o recados) aparentemente modernos pero con un fondo férreamente tradicional y sucesivos lazos y sogas para que, finalmente, quede todo atado para solaz del espectador menos exigente. Así, tenemos a un rancio ‘soltero de oro’ al que, de repente (la inmediatez del guionista es proverbial, hay que reconocerlo), le brotan un hijo semisecreto y un nieto consecuencia de la relación de este con una adolescente tan poco equilibrada como su madre (¿nos siguen?). Por supuesto, al principio todo son roces, histerias y tiranteces hasta que nazca la criatura y a la cuadrilla se le haga el corazón dulce de leche.

La directora, Anne Giafferi, quizá con la mente puesta en los royalties de un hipotético remake hollywoodiense, no se anda por ramas ni jardines y, aparte de deslumbrarnos con un París (exterior e indoor) fabuloso, muestra su dominio de la burbuja romántica calculadamente torpe y hasta pánfila (esos besos de los yayocanguros), dejando para la galería gags como el intento masculino de limpiarle el trasero al bebé con lavavajillas… hasta que llega el amigo gay al rescate y todo apañado y arreglado.

Discreto entremés tamaño familiar, a pesar del esfuerzo de Isabelle Carré.