Por - 16 de marzo de 2017

La leyenda aparecía al final de Siempre quise trabajar en una fábrica (2005), el cortometraje debut de Esteban Crespo, y parecía desplegar su significado hacia su siguiente pieza, Amar, historia de experimentación sexual y de cambio de roles que, fuera de campo mediante, se atrevía a transgredir cánones y modelos de representación y de conducta. “No hay momento tan dulce como el que precede a una revolución”, se decía, y nosotros, a través del brillo de los cuerpos y el sudor de los rostros de Aida Folch y Alberto Ferreiro, entendíamos la revolución como el tránsito de la pubertad a la edad adulta. Lo que desconocíamos entonces es que ambos trabajos eran en realidad historias extraídas de un guion que ahora ve la luz gracias a la producción de María Zamora y Stefan Schmitz (Avalon) y al empeño del cineasta madrileño nominado al Oscar (Aquel no era yo, 2012) en sacar del cajón aquel proyecto iniciático.

Amar, su primer largo, recupera personajes y situaciones, con un punto más de luz y el contrapunto de las historias de los mayores, recayendo ahora el protagonismo en Pol Monen y en la It Girl María Pedraza (mejor definida que su partenaire, gracias al contraste y a la complementariedad con el personaje de su madre, que interpreta Natalia Tena). Sin embargo, lo familiar dispersa lo íntimo, y el descaro de aquellas piezas –argumental, estético, generacional tal vez- se difumina.

Lo familiar dispersa lo íntimo. Atractiva, pero desequilibrada.