Alicia en el país de las maravillas

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Por - 16 de abril de 2010

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CHALADO, CHIFLADO, LUNÁTICO… LOCO. Si, como piensan en esta Alicia 2.0, “las mejores personas están locas”, Tim Burton ha elegido el peor momento para volverse cuerdo: la noticia es que, efectivamente, Burton ha hecho una película de Walt Disney. Pero de Disney, Disney.
Y ‘lo Disney’, además, le puede a ‘lo Burton’ igual que lo oscuro (marca de la casa Burton) de la trama le puede a lo maravilloso. La ayuda envenenada de Linda Woolverton, guionista habitual de los clásicos modernos de la animación tradicional de Disney (La Bella y la Bestia, Aladdin, El rey león), lleva los ya de por sí extraños caminos de Alicia por unos vericuetos algo tendenciosos. El principal de ellos, a bocajarro, es la eterna búsqueda disneyana de una lectura final (moraleja le hemos llamado desde los tiempos de Maricastaña y Mickey Mouse), de un aprendizaje que extraer de la aventura, cuando, lo sabe Tim Burton y hasta el fantasma de Ed Wood, la aventura es la aventura. Por eso nos alivia descubrir guiños, siquiera decorativos, a El tiempo en sus manos o a su propio Batman en esa sonrisa del Gato Cheshire convertida en luna en el cielo de un país que tiende a ser un Gotham de colorines.

El caso es encontrar un sentido práctico al viaje al País de las Maravillas en una novela que sólo quiere despertar la imaginación, reivindicarla. Así, a Burton le ha salido el perfecto libro de autoayuda para Alicia. Que está en esa edad tan difícil y tiene que emanciparse de su propia
leyenda. O eso piensan en Can Disney.
Y al loro que Burton empieza bien el manual de autoayuda, planteándose sus propias dudas sobre la obra de Lewis Carroll, tratando de resolver el problema de identidad de Alicia. Mientras tararea “¿Alice? ¿Quién coño es Alice?”, el cineasta, que sabe que Alicia le repele porque es una mera espectadora de todas las genialidades que suceden a su alrededor, prefiere convertir al personaje en una adolescente. O sea, crearle problemas que una niña como la del libro no tiene. Bienvenidos, pues, a la Alicia proactiva que al pasar de la niñez a la adolescencia ha tomado como modelo al mismísimo Harry Potter y deberá enfrentarse no sólo a sus
propios demonios sino a los monstruos (reales y figurados) de los demás habitantes de un País de las Maravillas que recuerda peligrosamente al reino de Shrek.

Hay toques de genialidad, por supuesto, en la imaginería visual bien combinada con el juego de la tercera dimensión y, sobre todo, de la mano siempre del Sombrerero Loco de Johnny Depp, que lleva su versión Jack Sparrow un paso más allá, a una nueva dimensión en su galería de estrambotes y que hipnotiza con su verborrea abstrusa. Tampoco hay que alarmarse demasiado por esta repentina
cordura de un Burton que sigue reivindicando, como en sus tres obras maestras (Ed Wood, Eduardo Manostijeras y Big Fish) que los sueños y el refugio de la imaginación son reales.
Sólo que esta vez ha elegido el peor compañero de un viaje que acaba en China (¡oh, no!) para que Disney siga haciendo caja.

Carlos Marañón

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