Por - 30 de mayo de 2014

Los hay que piensan que el cine precisa de un punto de locura. Tom Cruise en cambio opina que un punto es poco, que andarse con medidas es privar al público de un espectáculo inolvidable. También a sí mismo de un lugar en la historia. Es un comportamiento megalómano del que podrían comer varios colegios de psicólogos. También el combustible necesario para que películas inimaginables como Al filo del mañana se acaben convirtiendo en una realidad. Enviado por algún dios, caído de un platillo volante o creado en un laboratorio del futuro, el actor existe para soportar sobre sus hombros el peso de proyectos de estas dimensiones y ambición.

Al filo del mañana se puede resumir con una fórmula, pero ¿quién es el guapo que se atreve a mezclar el eterno retorno de Atrapado en el tiempo, el furor armamentístico de Elysium, las maniobras de Starship Troopers, el desembarco de Salvar al soldado Ryan con la narrativa de El Coyote y el Correcaminos? Pues también un iluminado, Doug Liman, que ya reventó las convenciones de otros géneros con El caso Bourne o la estupenda Sr. y Sra. Smith. Aquí conduce un jeep lleno de nitroglicerina por un campo de minas. Lo más lógico sería que tarde o temprano todo saltara por los aires.

Sin embargo, igual que el personaje de Tom Cruise avanza a base de tropiezos, la película hace suyo el vaivén y se estabiliza en pleno terremoto. Con su complejidad argumental –24 horas que se repiten indefinidamente sobre la tesis de los universos paralelos– y la variedad de tonos que maneja, yendo del humor del tortazo a la épica o el romance, es un milagro. No hace falta ningún acto de fe para contemplarlo. Si no se puede tocar es porque, vaya, hasta películas especiales y únicas como Al filo del mañana son tan mentira como los sueños o los delirios.

En todo ese marasmo de déja vus, Emily Blunt ejerce de centro gravitacional. Su solidez y serenidad son tales que ya se puede estar viniendo todo abajo, que ella mantiene el tipo en –y van unos cuantos– un registro en el que ni se le había visto ni se le esperaba. Si en Al filo del mañana es una máquina de matar, hay motivos ya para pensar que en la vida real es una máquina de actuar, por su capacidad para reprogramarse y dotar de credibilidad a todo lo que le cae en la manos.

Casi dos horas aguantando la respiración, esperando que todo devenga en cataclismo o en las rutinarias resoluciones de la ci-fi de los últimos años, pero la película parece un reflejo del personaje de Tom Cruise: ha aprendido a base de errores ajenos e incluso propios, que ahí está reciente la decepcionante Oblivion. Por fin un motivo para no ser tan escéptico y abrazar la megalomanía del actor. Podría irse un poco más alla, y hacer una lectura en clave biográfica de lo que proyecta en la película. Eso si no fuera porque todo lo que apetece hacer después de verla es ponerse a saltar de alegría en la butaca.

 

Tom Cruise aprende de sus errores para que disfrutemos de ellos.

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