Al agua gambas

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Por - 17 de julio de 2019

De vez en cuando, reconforta encontrarse con una película que te lanza a la piscina de paisano y a las primeras de cambio. Literalmente, antes de los títulos de crédito de esta ufana comedia ya tenemos sobre la mesa planteamiento y cuarto y mitad de nudo: a un nadador de élite se le calienta la boca ante un micro y, para “curar” su brote de homofobia, es condenado a entrenar a un desastroso equipo gay de waterpolo. Esto es, la consabida brazada “crimen y castigo” con cursiva diferenciadora que hemos visto innumerables veces en la gran pantalla (la penúltima, Campeones) y que aquí los directores –el debutante Le Gallo y el escasamente laureado Govare– aprovechan para perfilar un atinado retrato coral de las complejidades, aristas y odios del “colectivo”.

Sin duda ese es el principal acierto de Al agua gambas: arrojar luz cálida y oído fino sobre un grupo de personajes con más cicatrices que cloro en sus variopintamente cultivados cuerpos. Músculos más pesados tienen los contrapuntos humorísticos que remiten a la reciente El gran baño o a la ¡todavía! omnipresente Full Monty, sin olvidar el tramo road movie priscilliano o las escenas competitivas que demuestran que el waterpolo no es, digamos, el más cinematográfico de los deportes. En definitiva, cien minutos de conciencia social y humo púrpura, casi como los cigarrillos electrónicos. Fumar colonia, vamos.

Cine-aguadilla con recado tolerante y verosimilitud sincera.