Abracadabra

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Por - 06 de julio de 2017

Suenan los pajaritos y el acordeón de María Jesús y se erizan los pelillos de la nuca por tantas bodas en las que los hemos bailado. También se erizan al ver esas tirantas de silicona (nada) transparentes que terminan el vestido turquesa quinceañera que lleva Carmen (genial choni Maribel Verdú), y, sobre todo, al observar y escuchar el desinterés agresivo de Carlos (Antonio de la Torre, doblemente grande) por su familia. En un puñado de escenas, Pablo Berger nos abre la puerta a un universo terriblemente conocido para guiarnos después en un viaje desconocido, en un viaje hacia la rareza más rara y valiente del cine español reciente y por un Madrid de cafés con leche en vaso y porras y espíritus.

Si, sobre el papel blanco y negro, Blancanieves sonaba diferente, original, este cuento de barrio estridente lo acaba siendo mucho más. Hay que ser muy atrevido para acercarse a la España machista, a la España de los maridos maltratadores, desde el humor a ratos y salir triunfante. Y mucho tiene que ver la verdad de sus personajes: la quijotesca ama de casa que pregunta, por fin, qué ha hecho para merecer esto y busca una vida mejor gracias a ese lacayo hipnotista. Dicen que, para ser hipnotizado, hay que creer. Si el cine es una suerte de hipnosis, Berger es el perfecto hipnotizador y su tercera película no quiere cínicos, sino creyentes en la magia, en el espectáculo y en dejarse llevar en el viaje hasta caer encantado incluso con Los pajaritos.

Pablo Berger y su rosa púrpura e hipnótica del extrarradio madrileño.