A 47 metros 2: El terror emerge

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Por - 14 de agosto de 2019

Desde que Spielberg abriera la veda con su famoso Tiburón, la virulencia marítima en el cine no ha descansado. La saga Sharknado, Infierno Azul, Deep Blue Sea, son muchas los títulos que se han nutrido de la misma trama acuífera. En A 47 metros 2: El terror emerge un grupo de jóvenes bucean por las ruinas de un cementerio maya escondidas en un cenote de México, y abiertas al mar a través de la conexión con una serie de cuevas excavadas. Sin grandes sorpresas de lo que viene después. Un baño de sangre en un thriller agobiante, que introduce al espectador en un ambiente asfixiante. 

Pese a la innecesariedad de repetirnos siempre la malignidad de los escualos, la secuela de A 47 metros se centra en mantener la tensión del espectador en todo momento. La sencillez prima y en esto radica su propio éxito. Minutos que nos sumergen en el agua y nos hace sentir una serie de sensaciones, más allá de la búsqueda de una historia innovadora. Johannes Roberts se sitúa otra vez tras la dirección, esta vez sin la producción de Harvey Weinstein (algo que sienta muy bien a la película). El experto en  cintas de terror demuestra otra vez su capacidad de crear situaciones llenas de angustia, como las realizadas en cintas como Los extraños: Cacería noctura o El bosque de los malditos, pero en esta ocasión con una mejor consecución de sus objetivos. 

El espíritu spielbergriano está presente en elementos tan sencillos como la importancia de las melodías y los sonidos, que avisan de la cercanía del ‘monstruo’. Sumado a un tridente perfecto, conformado por Roberts junto al director de fotografía Mark Silk (Under the skin) y el montador Martin Brinkler (Operación en Damasco), en una edición y una visualidad mucho más uniformes y con una mayor espectacularidad presentes. Comparte el espíritu de A 47 metros, pero consigue dar un paso más allá, con una narración más elaborada a través de la presentación de un mayor número de personajes y una complicación del libreto. La narración, bajo el mar la mayor parte del tiempo, traslada al espectador la opresión en el pecho de los personajes, en cada milésima del tiempo de oxígeno disponible. Si el león es el rey de la selva, el tiburón se ha convertido en el del mar. Lo sentimos por Tritón y Aquaman. 

La película veraniega por antonomasia, sin intencionalidad ni pretensión más allá del puro entretenimiento.