‘La Flor’: Instrucciones para ver una película de 14 horas

Nos enfrentamos a la obra magnísima de Mariano Llinás, director de 'Historias extraordinarias', que el propio director ha hecho disponible a través de YouTube.

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18 de marzo de 2020

El Pampero Cine Mariano Llinás han publicado íntegramente en YouTube La Flor, su inagotable película de 14 horas. Puedes acceder a ella desde aquí. A continuación compartimos la experiencia personal que supone enfrentarse a esta obra monumental, con la esperanza de guiar tu propio recorrido entre sus pétalos.

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Seamos justos. La idea de tener por delante 14 horas de película me genera una ligera desazón. Es una idea que, a diferencia de otros conocidos más capaces, a mí, de primeras, no me hace particularmente feliz. Si acaso, la idea de contarlo. Eso sí. La idea de contar que he visto una película titulada La Flor y dirigida por Mariano Llinás (Historias extraordinarias) que ganó en el Bafici y que dura exactamente 840 minutos. Dura tanto que el cineasta ha decidido programarla en Zinebi durante tres días distintos, separando cada una de las proyecciones con intervalos de 15 minutos. Así que eso es lo que me trae aquí. Contarlo. Y es lo que voy a hacer. Afuera ha empezado a llover.

Día 1.

Llego tarde a la primera parte de La Flor. Llinás está allí, frente a la pantalla, presentándola. Es un tipo grande, despeinado, con cara de relajado, aunque no para de moverse a lo ancho de la pantalla, paseando taciturno, con las manos enganchadas a la espalda, como un Hitchock esperando a la salida del estreno de Psicosis. Su acento es decisivo, muy argentino. Con él, nos desea buena suerte y nos da la bienvenida, dice, a la situación en la que estamos inmersos, lo que enseguida se me antoja como una excelente señal. No delira, no es un iluminado. Sabe lo que ha hecho. Después, nos da una palabra clave: “Escorpiones”. Cuando en la película alguien diga “escorpiones” faltará poco para el primer intervalo. Esa es nuestra palabra clave. Quizás si es un poco iluminado. O no. Veremos.


Empieza la proyección y ahí vuelve a estar él, mirando a cámara en una especie de zona de descanso de autopista. Entonces nos da más instrucciones. La Flor son seis episodios. Cuatro no terminan y el otro, sí, explica. Del sexto no dice nada o se me pasa apuntarlo en mi libreta porque quizás esté anotando lo siguiente, que es una película sobre cuatro actrices y para ellas, las cuatro actrices que protagonizan la película: Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes. Todo esto Llinás lo dibuja en su cuaderno de notas. Dibuja algo a lo que inmediatamente llama flor, La Flor, aunque yo no termino de verla por ningún lado. Mientras esto sucede, yo, sentada en la fila 3 butaca 5 de los Golem Alhóndiga –será mi asiento durante los tres días–, me giro disimuladamente y cuento. Somos 47 personas. A lo largo de esta sesión se marcharán 13 y al final solo quedaremos 40, “los elegidos”. Por cierto, el dibujo es este:

No quiero ser aguafiestas. No quiero contar qué pasa en esa primera parte de La Flor. Si no, hubiese titulado este texto “¿Qué pasa en una película de 14 horas?”. Y no lo he hecho. Solo diré que hay un episodio que es un homenaje a la serie B y en él hay arqueólogas, gatos malignos, expertos en psicotransferencias y momias que echan rayos por los ojos, una música orquestal muy cautivadora, un oboe, tal vez, vientos graves, y que la cámara va siempre muy pegada a los protagonistas dejando a los secundarios borrosos. Mucho sucede fuera de campo, como yo pretendo hacer en esta crónica, aunque a Llinás, claro, le sale mejor. No estoy tan segura de que ocurra lo mismo en el segundo episodio, el musical. No, aquí hay flashbacks. Hay flashbacks en blanco y negro, historias dentro de la historia dentro de la película de 14 horas, y una cita de la Velvet Underground, oh yeah, a pesar de lo cual, a mi lado hay un matrimonio de unos sesenta años que bosteza simultáneamente. A la hora, o dos horas, ella se queda dormida sobre la palma de su mano derecha y es una pena. No solo por ese hormigueo inquietante que sentirá cuando se despierte, sino porque se pierde, creo, uno de los primeros, si no el primero, de los relatos extraordinarios de La Flor: “Dejó de ser un hombre, se convirtió en un destino, en una bandera […]. Ese hombre miserable que no era capaz de mirar a su mujer mientras lloraba”. Aquí Llinás me gana. Justo cuando dentro de una caja aparecen escorpiones.

Todavía no conozco a mis compañeros de proyección pero, en ese intervalo, en el baño, escucho a dos señoras lavándose las manos. Están muy contentas de haber venido. “Es un juego”, dice una. Y afuera, mirando la lluvia con un cigarro, entablo conversación con otros dos. Sin preámbulos ni prolegómenos, sin presentarnos si quiera, arrancamos a hablar del fuera de campo, de lo ingenioso y perverso que es ese fuera de campo que usa Llinás, como la secuencia en la que una de las actrices mira por una mirilla y nunca sabemos qué, porque siempre es mejor lo que imaginemos cada uno de nosotros que lo que nos haga ver nadie. Llinás anda ocupado en otras cosas. En escribir ese personaje secundario que se queja a cámara de ser una mera herramienta para la trama o en colar el sonido de una tormenta como un recuerdo en el presente.

Día 2.

Cuando uno ve una película que dura 14 horas es inevitable cambiar con ella. No hay duda de que uno no es el mismo una tarde de domingo que una tarde de lunes, por mucho que las dos sean lluviosas. Llinás, que viene a presentar también esta segunda parte, no dice nada al respecto pero sí pregunta cuántos en la sala vinimos a la sesión de anterior. Todos levantamos la mano y él aplaude ligeramente. Se va revelando el personaje impetuoso, controlador, impositivo, más Welles que Hitchcock, frente al que nos dará miedo hacer preguntas en el coloquio final. A mí me parece insólito, no ya estar otra vez ahí a punto de ver otras cinco horas de su película, sino haber pasado la mañana dedicada a otras cosas: paseando por Bilbao, asistiendo a una sesión de cortos de Zinebi e incluso escribiendo una crítica de Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald para Cinemanía. No obstante, mentiría si intentase escamotearle a esta crónica que he pensado mucho en la película durante la jornada y, sobre todo, que anoche, antes de dormir, me pareció escuchar la voz de Llinás y sus cuatro actrices por el pasillo del hotel.

Hoy las palabras clave son “estrellas” y “chinos” y el episodio es de espías, un largo episodio de cinco horas partido por dos intervalos. Hay ratos en los que me descubro pensando en Wes Anderson, en Zoolander, en Natalia Ginzburg, en Alias y en Melville, pero casi todo el tiempo en Julio Cortázar. Sobre todo, en el capítulo de Los asesinos, esa carta de amor con la que cualquiera ha soñado alguna vez, “no la clase de carta de amor en la que se dice ‘te amo’ o ‘te amaré siempre” sino la clase de carta de amor “tras la que uno desea haberlo besado al menos una vez”. Y sí, esta sesión es densa, al menos las primeras dos horas y no tanto lo que viene después. Esa noche, no obstante, llegaré al hotel y solo querré escribir. Llinás habrá desempolvado a la escritora que hay en mí, esa escritora agazapada en el cuerpo de una periodista de cine. Y pensaré, inmersa en mi oficio de camuflaje si, de alguna forma, no estaré tratando de imitar su escritura como quien lee un libro que le atrapa y se pasa días escuchando al narrador en su cabeza o como quien se engancha a una serie y luego bromea en el salón de casa imitando las voces de sus protagonistas.

Pero vuelvo al episodio de las espías como si fuese Llinás comiendo un alfajor en una estación de carretera. En el segundo intervalo, tras la palabra “chinos”, conozco a “los elegidos”, ese suerte de milagro que un domingo, lunes y martes llena una película de 14 horas en la sesión de las cinco y tiene un nombre: cineclub Fas. Después del coloquio, el último día, me invitarán a un vino a la salida de La Flor y yo prometeré escribir una historia sobre ellos en Cinemanía. El cineclub Fas, fundado en los 50, es uno de los más antiguos que existen y hoy cuentan con 180 socios. En su catálogo de otoño, en el que anuncian películas como Saraband, Caras y lugares, Sans soleil o Zama, leo: “En estos tiempos en los que los cambios parecen abocarnos a callejones sin salida, y en los que el pensamiento y la reflexión parecen no encontrar espacios, en el Fas continuamos buscando en las películas nuevas maneras de resistir, de imaginar, de revisar y de soñar el cine”. Touché.

Día 3.

Ha dejado de llover, pero me despierto un poco decepcionada. No he soñado con La Flor. Yo sueño mucho con películas. Una vez soñé que iba al funeral de un clásico, creo que Ciudadano Kane, y, otra, que dirigía mis propios sueños. Pero esta noche, nada. Ni un mísero cruce de personajes, ni una trama de espías, nada de nada. Bien pensado, no es La Flor una película de sueños sino más bien de ronquidos. Ronquidos profundos y contundentes proferidos por varios personajes en distintos episodios, proferidos sobre todo por Casterman. Casterman, el hombre triste, el hombre que nunca reía, el jefe de los espías durante los últimos años de la época de espías. Casterman escribiendo informes a máquina y roncando profusamente. Ah, Llinás.

A decir verdad, hay una cuestión más grave y es que estoy llegando al final de mi libreta. Todavía quedan cuatro horas de película y solo una página y media de papel, así que empiezo a economizar con las tipografías. Los párrafos se vuelven confusos; la letra, apretujada y chiquitita, una letra de loca, la letra que, en el fondo, siempre le ha pertenecido a alguien que escribe en una sala a oscuras. Mientras tanto, en la pantalla, Llinás, ostentoso, descarado, escribe poemas en el centro de la página, deja márgenes obscenos, dedica páginas enteras a dibujar diagramas y mapas de La Flor para que no nos perdamos. Son intentos en vano. Yo me desoriento constantemente, ahora mismo ya no sé en qué tallo estamos. Pienso: ¿Qué hace que una película sea una película? Si no es su duración, ¿qué es? Si no son sus personajes, ¿son las actrices? Si no es la historia, ¿es un título? El único código que Llinás ha respetado durante las primeras sesiones es el de reventar los códigos, retorcer los géneros, vaciarlos, y llenarlos de lo que le da la gana. Eso y el doblaje. En estas últimas ocho horas hemos escuchado hablar a los actores en francés, catalán, español, inglés británico, inglés americano, quechua, chino o ruso gracias a simpáticos actores de doblaje. Si hasta Llinás ha doblado a un personaje: un director grande, despeinado, con cara de relajado que pasea con las manos a la espalda mientras rueda una película titulada La araña aunque parezca más bien una hormiga.

Pero estamos ya en otro episodio. Un episodio sobre árboles. Árboles que son “como un matrimonio de viejos malos. Árboles mezquinos, ladinos, traicioneros, como si no quisieran ser filmados”. Miserables lapachos en flor que nunca lucen en cámara como cuando los miras. Y también es un episodio sobre rodar una película, una especie de La noche americana de bajo presupuesto y las actrices disfrazadas de leñadores y la guardia montada del Canadá. Ahí entran Vivaldi y Agnès Varda, quién sabe de qué manera, porque también esta es una película fantástica con brujas, las brujas, las cuatro actrices de la película que se niegan a desaparecer de ella por mucho que Llinás intente apartarlas. Hay un intervalo por aquí en alguna parte y al volver del baño “los elegidos” nos damos palmaditas de ánimo, cual corredores de una maratón que huelen la meta cerca. La sensación corporal es como de vuelo transoceánico en clase turista. Uno está feliz de haber llegado al final pero teme por su circulación sanguínea. También, como de haberse pegado un festín culinario. Nadie le quitará el disfrute pero tampoco el empacho.

Mis notas aquí se vuelven imposibles. Hace tiempo que me perdí dentro de la película, horas, días tal vez. Ya no sé si el profesor Gatto pertenece a un episodio nuevo o seguimos en el número cuatro. Ni por qué ahora nos encontramos en un manicomio en el que los locos son dioses griegos, o de dónde salió este Casanova post MeToo que convierte a La Flor en una suerte de telefilme erótico y de serial autoconclusivo en el que nunca se concluye nada. Sin embargo, durante los dos últimos episodios, mudos, con hermosos desfiles aéreos y criollitas que se bañan desnudas en un río, la idea de que la película esté llegando a su fin se me antoja de pronto extraña, disparatada, llena de pequeñas burocracias cotidianas, de la realidad más prosaica a la vuelta de la esquina y de predecibles ficciones con trama, inicio, nudo y desenlace. Las luces se encienden después de 840 minutos y allí está Llinás, aplaudiéndonos. Pienso entonces en la gran tarea que me queda por delante, transcribir las notas que he tomado durante las 14 horas, esas notas de demente ahorrativo, y, sobre todo, en lo costoso que va a ser encontrar un final para esta crónica, un final para una película que se niega a terminar nada. O tal vez no.

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