‘X-Men’: Todos los problemas por los que ha pasado la saga antes de ‘Fénix Oscura’

Pese a que fueron ellos los que en muchos sentidos dieron inicio a la actual fiebre por los superhéroes, el tiempo no les ha tratado demasiado bien

Por - 19 de mayo de 2019

Hoy día resulta resulta difícil de creer, y más en el año en que Vengadores: Endgame se ha convertido en la segunda película más taquillera de la historia mientras que las previsiones de Fénix Oscura no son las mejores… pero lo cierto es que el cine de superhéroes le debe muchísimo a la saga de X-Men. Sobre todo si tratamos de hacer un ejercicio de memoria y nos vamos a finales de los 90, cuando la última película de gran presupuesto adscrita a este subgénero era Batman & Robin, y un film tan ocurrente como Mystery Men se burlaba del gusto por la estupidez y el colorinchi que abrazaba sin reparos el film de Joel Schumacher.

Se daba el caso que la década de los 90, en su vertiente superheroica, le había pertenecido lamentablemente a los pezones del uniforme de Batman (fallido intento de recrear la vena chiflada de la serie de los 60), y los personajes de los cómics precisaban de un potente revulsivo para seguir siendo actuales y tener opciones de merendarse la taquilla. El éxito de Blade en 1998 empezó a dar las claves, y cuando 20th Century Fox decidió adaptar los cómics de X-Men (La Patrulla X en nuestro país), lo primero que hizo fue cargarse los trajes chillones que existían en las viñetas.

Es por ello que, cuando los X-Men asaltaron la cartelera en el año 2000, lo hicieron con unos escuetos trajes negros adaptados como buenamente pudieran a los poderes de cada mutante, pero esta distó de ser la razón de su éxito. El motivo por el que X-Men se convirtió en un absoluto fenómeno de taquilla e inició la actual fiebre superheroica tenía mucho que ver con la elección de su director, un joven Bryan Singer que nunca había sentido el menor interés por los personajes que Stan Lee y Jack Kirby crearon en 1963, pero que según le fue ofrecido el proyecto pudo verle una serie de posibilidades capaces de alzar a X-Men no sólo como un taquillazo, sino también como un film que pudiera hablar de cosas importantes. La pregunta entonces sería cómo, con estos precedentes, hemos llegado diecinueve años después al agreste escenario de Fénix Oscura, y la respuesta es la que sigue.

El primer traspié

Resulta tristemente irónico que para finalizar la saga (o lo que sea que pretenda el último film de Simon Kinberg) los guionistas hayan vuelto a recurrir a la historia de Fénix Oscura. Es cierto que los problemas de Jean Grey con su descontrolado álter ego forman parte de algunos de los momentos más felices del canon comiquero, pero demasiados seguidores relacionan esta trama con el punto más bajo de la saga, y la primera muestra de que las cosas estaban empezando a torcerse. Y sí, hablamos de la infausta X-Men: La decisión final que tuvo que dirigir Brett Ratner en 2006 luego de que Bryan Singer se decantara por un personaje del que sí era fan en Superman Returns.

Antes de X-Men: La decisión final las cosas iban bien. Realmente bien. La acogida de X-Men fue espectacular, y condujo tres años después a la modélica X-Men 2, donde las ambiciones de Singer por apuntalar su metáfora social recurrieron a la celebrada novela gráfica Dios ama, el hombre mata, guionizada por Chris Claremont en 1983. Cambiando sensiblemente al personaje de William Stryker (de sacerdote en las viñetas a un militar resabiado en el cine), Singer y los suyos pusieron en pie una secuela adulta y coherente con todo lo planteado en el film original, y llevados por la certeza de estar haciendo historia en un género recién nacido se atrevieron a incluir no sólo una escena planificada enteramente como un adolescente saliendo del armario frente a sus padres, sino también, casi por primera vez en este tipo de producciones, un cliffhanger directo.

La muerte de Jean Grey (Famke Janssen), paralelamente a la promesa de su regreso como Fénix, finalizaba X-Men 2 de forma impactante y animaba a Spider-Man 2 un año después a acabar también sumida en el suspense, pero la forma en que se continuó la historia en La decisión final no contentó a nadie (como también pasó con Spider-Man 3, pues el arácnido fue a rebufo de los mutantes hasta en las pifias). El film de Brett Ratner demolía todo lo construido por Singer con una ligereza sorprendente, liquidando como si nada a personajes como Cíclope (James Marsden), al profesor X (Patrick Stewart) y a la propia Jean, y dejando sin poderes a Magneto (Ian McKellen).

El jarro de agua fría que supuso La decisión final tras las dos entregas previas supuso su automática consideración como la bestia negra de la saga, hasta el punto de que a pocos le importan que X-Men Orígenes: Lobezno, el film que le siguió, fuera muchísimo peor. Como parte de su estrategia para continuar la franquicia en forma de diversos spin-off (pues la conclusión de La decisión final ofrecía un panorama demasiado devastador), Fox le dedicó en 2009 una película entera a la vida de su mutante más carismático, interpretado por Hugh Jackman.

El resultado: garras CGI, Ryan Reynolds debutando como un Deadpool que no podía hablar (recuérdese, para mayor pitorreo, que el apodo de este personaje es el Mercenario Bocazas) y, sobre todo, un absoluto desdén por enriquecer de forma coherente un universo cinematográfico, a años luz de los presupuestos que empezó a manejar Marvel tan solo un año antes, con Iron Man como primera piedra de su propia saga.

Por mucho que la crítica la masacrara, Lobezno no fue mal en taquilla, y Fox empezó a planear un segundo spin-off centrado en Magneto. Afortunadamente, el desarrollo de X-Men Orígenes: Magneto se empezó a complicar y, una vez se unió a la fiesta su amigo Charles Xavier, se decidió apostar por una precuela con todas las de la ley, que repasaría la historia de la formación mutante antes de la llegada al grupo de Logan en el año 2000.

Rectificando el rumbo…

X-Men: Primera Generación no sólo supuso un film que podía rivalizar en excelencia y sofisticación con los primeros compases de la franquicia, sino que también inauguró por todo lo alto las incongruencias temporales que, actualmente, han convertido a la saga de los mutantes en un chiste. Aunque también es cierto que, si la película a la que contradecían era X-Men Orígenes: Lobezno (colocando a un Xavier alopécico y en perfecta movilidad pese a que Primera generación situara la lesión fatal en los años 60, y con el pelo intacto), se le quitaban las ganas de quejarse a cualquiera.

Matthew Vaughn, que antaño fuera uno de los candidatos para dirigir La decisión final, supo darle una gran frescura a esta primera precuela, descartando casi del todo, eso sí, el importante ingrediente social de las propuestas de Singer. De esta forma X-Men dejaba de ser una parábola sobre la discriminación a convertirse en una película de espías, y en ese sentido no podía funcionar mejor.

Para el siguiente spin-off de Logan los guionistas no quisieron volver a enredar con la línea temporal (ya bastante desmadejada tras el loco descubrimiento de que la Mística de Jennifer Lawrence había sido la mejor amiga del profesor X que ahora interpretaba James McAvoy), y ambientaron Lobezno inmortal justo después de los sucesos de La decisión final. El protagonista, por tanto, se lamentaba de la muerte de Jean Grey y decidía marcharse de retiro espiritual a Japón para enfrentarse contra gigantescos androides samurais y trenes bala, pero el trauma no le iba a durar mucho.

Justo un año después de Lobezno inmortal (un film plomizo que llegaba a engrandecer la primera Lobezno, porque al menos la locura que este exhibía era de lo más entretenida), Bryan Singer regresó por todo lo alto a la saga, y con la misión interiorizada de que debía arreglar todas las pifias que habían sucedido tras su marcha. Es por ello que echó mano de Días del futuro pasado (otra serie antológica de los cómics) para marcarse un film que funcionaba tanto de continuación a La decisión final como de secuela a Primera generación, gracias a la ayuda providencial de un Logan convertido en viajero por el tiempo.

Aliándose con los Xavier y Magneto (Michael Fassbender) de los años 70, Lobezno conseguía erradicar el sombrío futuro del que procedía, donde los mutantes habían sucumbido al ataque de los Centinelas, y de propina eliminaba los sucesos de La decisión final. Porque sí, Días del futuro pasado borró una película del mapa. Lobezno regresó a su línea temporal y descubrió que tanto Cíclope como su amada Jean seguían con vida (el profesor ya hacía tiempo se las había apañado para resucitar por su cuenta), lo cual significaba algo así como un final feliz para todos. La saga de X-Men había recuperado la dignidad.

No por mucho tiempo.

… para volver a perderlo

Si hubo quien calificó como egomaníaca la ambición de Singer por suprimir del todo una película en la que no había participado al preferir dirigir otra (que también fue un fracaso, por otra parte), X-Men: Apocalipsis supuso una confirmación de esto. Ambientada ahora en los años 80, el film de Singer tenía el cuajo de colocar a unos jóvenes Cíclope (Tye Sheridan) y Jean (Sophie Turner) saliendo de ver El retorno del Jedi y protagonizando un diálogo sobre qué peli de Star Wars les gustaba más, llegando luego a la conclusión de que “sea como sea, la tercera es la peor”.

Este diálogo quería probablemente seguir defenestrando el recuerdo de La decisión final de Ratner, pero acabó quedando como una involuntaria asunción de los múltiples problemas que tenía Apocalipsis (que no dejaba de ser también una tercera parte). Y es que dicho film, que contaba con Oscar Isaac como un villano nefasto del que se acordará toda su vida, manifestó como ninguna otra película antes el vacío en el que había caído la saga X-Men.

Abandonadas sus ambiciones discursivas, el estilo de Vaughn, y la socorrida distracción que siempre suponen los viajes en el tiempo, a Apocalipsis no le quedaba nada con lo que jugar, y cuando se estrenó en 2016 se parecía menos a la primera X-Men que a ese Batman & Robin del que Singer, en el año 2000, había hecho todo lo posible por distanciarse.

Apocalipsis es un punto y aparte que evidencia el absoluto caos en el que se halla sumida la franquicia. Por supuesto que ese mismo año Deadpool batió sus propios e imprevisibles récords, y Logan en 2017 se alzó sin mucho problema como un hito del cine superheroico reciente, pero si ambos films alcanzaron el éxito se debió a que se despegaron todo lo posible de la perniciosa sombra de la saga troncal. Tim Miller pudo hacer la película hiperviolenta que quería y a James Mangold le dieron una libertad absoluta para dirigir Logan, mientras que ya se desechaban completamente las tentativas de trazar un universo cohesionado.

Y así, una vez que eliminar La decisión final no ha servido de nada porque igualmente hemos tenido la distopía retratada por Logan, es como hemos llegado a Fénix Oscura. Con un Deadpool que ya se rió de la línea temporal en la primera película y confirmó con la segunda que todos sabían que su primera aparición en Orígenes había sido horrenda (para a continuación eliminarla como les hubiera gustado hacer a los ejecutivos), el futuro de X-Men no parece muy halagüeño, y eso que aún no hemos hablado de The New Mutants.

Este film de Josh Boone pretendía ser una nota discordante al estilo de Logan y atreverse con la primera película de terror de la franquicia, pero luego de unos primeros pases catastróficos empezó a experimentar una serie de reshoots que actualmente le han dejado sin fecha de estreno y con opciones muy serias de acabar apareciendo directamente en televisión. Las series The Gifted y Legion, sobre todo esta última, no han ido nada mal, pero pareciera que a Fox realmente le puede beneficiar ser comprada por Disney, aunque sea por si cabe alguna posibilidad de que la Casa del Ratón haga algo a derechas con sus personajes.

La tragedia de los mutantes

Con semejante percal, es tentador ponerse a buscar culpables, y esta terna podría estar presidida perfectamente por individuos como Simon Kinberg (productor de la saga que empezó escribiendo La decisión final y ahora debuta en la dirección con Fénix Oscura). También algo de culpa tuvo el mismo David Benioff que escribió X-Men Orígenes: Lobezno y ahora está volviendo a enfadar a los fans como showrunner de Juego de tronos. O, por qué no, Bryan Singer, que tratando de arreglar la que siempre ha considerado su “saga” la ha acabado convirtiendo en algo distinto y mucho menos interesante.

Quizá en este último esté la clave, ya que a fin de cuentas fue quien logró que la primera película canalizara el potencial de las historietas en una trama de abundante dramatismo donde los momentos más impactantes no consistían en espectaculares escenas de acción, sino en viñetas que retrataban el trauma mutante. Viñetas como Pícara (Anna Paquin) descubriendo sus poderes mientras está a punto de matar a su novio, el senador Kelly (Bruce Davison) siendo repudiado por sus semejantes en la playa una vez Magneto ha probado su máquina con él o, sobre todo, el mismo Erik, de niño, siendo separado de su madre en las vísperas del Holocausto.

La saga posterior siempre se pudo beneficiar de un personaje tan tridimensional como Magneto y de su compleja relación con Xavier (así como de un Hugh Jackman que se apuntaba a un bombardeo), pero las connotaciones que hicieron de X-Men y X-Men 2 unos films tan estimulantes independientemente de su condición de blockbusters fueron difuminándose con rapidez. Sus logros más meritorios, años después, cabe reducirlos a la preciosa oda a lo superheroico en tiempos de crisis que es Logan o a las ganas de Wade Wilson por cargárselo todo, pero la vertiente más sociológica del invento brilla por su ausencia.

En unos tiempos como los que vivimos, donde las sensibilidades sociales avanzan con enorme rapidez y son capaces de infiltrarse en el cine de Hollywood y la maquinaria industrial (ya sea por sus demandas de diversidad o por el afán por desmontar una misoginia sistémica que ha cristalizado en los movimientos MeToo y Time’s Up), es una pena que X-Men, que siempre llevó estas reivindicaciones en el mismo ADN, haya perdido cualquier atisbo de trascendencia.

La película que lo empezó todo (dirigida, curiosamente, por alguien que ha acabado poniendo tierra de por medio a medida que tenían lugar estos avances) queda hoy día como la promesa de lo que debió haber sido la saga superheroica más influyente de nuestro tiempo. Superada en todos los sentidos por la maquinaria del MCU e incluso por los desvaríos de DC, lo máximo a lo que podemos aspirar con X-Men: Fénix Oscura es a que no sea una película horrible, y tampoco es que lo tengamos todo de nuestra parte. Este 7 de junio lo comprobaremos.

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