‘Withnail y yo’: ascopena británico en una comedia de culto

Del fracaso de taquilla a la leyenda cinéfila (y el juego de chupitos asesino): si 'Tiger King' no ha satisfecho tu hambre de vergüenza ajena, esta es tu película.

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05 de mayo de 2020

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  • En estos tiempos de tribulación, la vergüenza ajena es un valor en alza. Éxitos como el de Tiger Kingpor ejemplo, se entienden mejor en unas circunstancias bajo las cuales uno disfruta como nunca observando los abismos de la conducta humana (y partiéndose de risa en el proceso). Así pues, es el momento idóneo para recuperar un filme que, desde la ficción, ha llegado más lejos que casi ningún otro en esa especialidad. Su título es Withnail y yo, y si no te suena de nada, no te preocupes: pondremos todo de nuestra parte para que sientas una irresistible necesidad de verla.

    Estrenada en 1987, Withnail y yo fue una de esas películas que parecen malditas desde el momento de su concepción, si no antes. El director y guionista Bruce Robinson la ideó primero como una novela, que quedó inédita, y después las pasó canutas para llevarla a la pantalla. Obteniendo, tras un rodaje complicadillo, el esperable batacazo comercial. En realidad, y más allá del considerable talento de Robinson, la cinta que nos ocupa no sería lo mismo sin dos ángeles salvadores que rescataron el proyecto, primero, y después ayudaron a elevarlo a los altares del cine de culto.

    El primero de dichos ángeles fue George Harrison, el exmiembro de los Beatles que (vía su productora Handmade Films) ya había ejercido de mecenas para los Monty Python. Tras leer el guion, el músico decidió que aquello había que convertirlo en película como fuese, aunque sus perspectivas en taquilla rayasen por lo bajo.

    La segunda ayuda celestial le vino al filme de la mano de Richard E. Grant. El actor inglés, al que recordarás de Logan, Star Wars: El ascenso de Skywalker Downton Abbey (y, próximamente, de Loki) era por entonces un debutante sin currículum audiovisual. Pero, tras imponerse en las audiciones a unos tales Kenneth Branagh, Bill Nighy o (¡cielos!) Daniel Day-Lewisofreció una de esas interpretaciones que siguen resonando en tus oídos mucho después de haber visto la película. Entre otras cosas, porque se pasa esta aullando a pleno pulmón…

    La pareja basura y la gasolina de mecheros

    Ahora bien: ¿dónde está la gracia de Withnail y yo? ¿Por qué abogamos por ella con una intensidad casi demente? Digamos que pocas películas en la historia, por no decir ninguna, se las han apañado para ser tan extremadamente tristes y tan divertidas a la vez. Todo ello con recursos de lo más espartanos (durante la mayor parte del metraje solo vemos en la pantalla a los dos protagonistas) y con un argumento que se puede resumir muy brevemente. Algo así como “dos actores en paro intentan sobrevivir a una crisis de valores y a su propia incapacidad para portarse como adultos”.

    Los actores en cuestión son el narrador (llamado “Marwood” en el guion, que no en la película, y con el rostro de Paul McGann), en funciones de tipo neurótico y casi sensato, y Withnail (Grant). El hecho de que este último destaque en el título de la cinta está muy justificado: se trata de un desastre viviente, un monstruo de ego, un ser al que nadie querría tener como amigo (menos aún como compañero de piso) y, a la vez, una figura a la que no podemos evitar querer… o compadecer.

    El sindiós al que se ven abocados estos dos antihéroes es un reflejo de las experiencias de Bruce Robinson en el Londres de finales de los 60. En concreto, de sus andanzas junto a Vivian Mackerrell, un actor escocés que podría haber llegado muy lejos (actuó en teatro junto a Ian McKellen) pero que lo mandó todo al carajo debido a un brutal alcoholismo y a su tendencia a hacer el gamberro en cualquier momento y lugar. Para que te hagas una idea, la escena en la que Withnail bebe gasolina para mecheros a falta de whisky está basado en una anécdota real entre el director del filme y su amigo.

    A resultas de alardes como este, Vivian Mackerrell murió a los 40 años. En cuanto a Richard E. Grant, tuvo por delante un porvenir más luminoso… pero también sufrió lo suyo. Resulta que el actor no puede beber alcohol por razones médicas (probó el vodka por primera vez en su vida para preparar el papel, y casi no lo cuenta), de modo que, sin avisarle, el director llenó la botella de vinagre. Su gesto desencajado, sus temblores y la risa demente que viene después son, así pues, fácilmente explicables.

    De todos modos, Withnail y yo no sería tan memorable si solo nos mostrase a sus dos personajes autodestruyéndose en un pisucho de Camden: para cosas así, ya tenemos a Rik Mayall Adrian Edmondson en La pareja basura. Digamos que, tras vivir momentazos como este, el protagonista y Marwood toman una decisión terminante para huir de la falta de perspectivas existenciales, de esas audiciones que nunca les salen bien y de los alquileres impagados: se van una temporada al campo. Y, por supuesto, eso es lo peor que podrían hacer.

    Las peripecias rurales de Withnail y Marwood incluyen un encuentro muy tenso con un toro en celo, otro encuentro (más tenso) con un cazador furtivo y la expulsión de un salón de té en el que exigen “¡Los mejores vinos conocidos por la humanidad!”. Pero lo peor (si es que esta palabra es aplicable aquí) está por llegar en la persona del tío Monty. Se trata de un pariente rico de Withnail, dueño del cottage donde se apalanca la pareja, que le tira los tejos a Marwood como consecuencia de una broma cruel por parte de su sobrino. Dos detalles de su intervención añaden a esta un plus de interés cinéfilo: el hecho de que Monty tenga el rostro de Richard Griffiths (el tío Vernon de las películas de Harry Potter) y también el que esté inspirado en Franco Zeffirelli, quien intentó pasar a mayores con Bruce Robinson durante el rodaje de Romeo y Julieta (1968).

    Para evitar spoilers, no entraremos en detalles sobre el final de Withnail y yo. Digamos que incluye una carrera hacia a Londres a todo trapo mientras suena Jimi Hendrix, okupas en el piso de los antihéroes, un porro ciclópeo (la ‘zanahoria de Camberwell’, nada menos) y una reflexión muy áspera sobre el precio de la madurez. ¡Ah! Y también una revelación: Withnail, el mismo Withnail al que hemos visto portarse como un impresentable durante toda la cinta, resulta ser un actor excepcional… pero el público nunca lo sabrá. Y la culpa de ese fracaso es solamente suya.

    El juego de chupitos que puede matarte

    El primer pase con público de Withnail y yo fue toda una profecía de lo que le esperaba a la película. Durante la proyección, Bruce Robinson constató aterrorizado que los espectadores no mostraban el menor interés por el filme, para descubrir después que se trataba de un grupo de turistas alemanes que no hablaban ni papa de inglés, y que habían entrado en la sala por error. Tras este susto, y como se esperaban sus responsables, la película pasó por taquilla sin pena ni gloria. Pero entonces, como en el caso de tantos títulos gloriosos, llegó su redescubrimiento… y este fue por todo lo alto.

    Gracias a las sesiones golfas y el vídeo doméstico, una generación de adolescentes y veinteañeros de Reino Unido elevó la película a los altares del culto. Su estética, que eludía los clichés sixties, era muy compatible con la de los modernillos británicos (o modernillos en general) de finales de los 80, las frases lapidarias de Withnail eran de esas que te hacen quedar como Dios en una reunión de amigos y su descripción de la miseria inherente a los pisos compartidos era (y sigue siendo, nos tememos) imperecedera. Bruce Beresford, con comprensible orgullo, compara la capacidad de su filme para aguantar el paso del tiempo con la de los elepés de The Smiths. 

    La pasión por el filme llegó a inspirar un juego de chupitos que anima a consumir la misma cantidad de bebercio que el personaje de Grant. Sugerimos no probarlo, eso sí, porque estimaciones clínicas aseguran que es incompatible con la vida. No sabemos si los responsables del British Film Institute probaron esta ordalía etílica, pero el caso es que Withnail y yo figura en su lista de las 100 mejores películas británicas de la historia con el número 29. El 30 es la maravillosa La chica de Gregory (Bill Forsyth, 1980), y el 28… La vida de BrianEsto quiere decir algo, seguro.

    Así, entre citas célebres y borracheras épicas, Withnail y yo cumple sus 33 años aclamada como una obra maestra de la comedia negra. Negrísima, de hecho. No en vano el ilustrador Ralph Steadman (Pink Floyd: El muro) se ocupó de dibujar su póster con ese trazo tan suyo y tan grotesco. Los espectadores españoles podemos verla ahora mismo en Movistar+, y animamos desde aquí a descubrirla, avisando de que ese visionado solo puede tener dos resultados: o la odias y afirmas no querer volver a verla en tu vida, o acabas aullando “¡Qué obra maestra es el hombre!” junto a los lobos del zoo de Regent’s Park.