‘Vivre ensemble’: la película de culto dirigida por Anna Karina

El reciente fallecimiento de Anna Karina, la estrella de la Nouvelle Vague, nos lleva a recordar la película, considerada de culto, que dirigió tras separarse de Godard.

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03 de enero de 2020

El pasado 14 de diciembre nos dejó Anna Karina. La mayoría de medios pusieron especial énfasis en sus años junto a Jean-Luc Godard, una relación tormentosa que dio para siete películas y media que, efectivamente, han marcado a fuego la historia del cine, como Banda aparte, Pierrot el loco o Vivir su vida. Pero una vez consumada la ruptura en 1967, la estrella de Karina estuvo lejos de apagarse.

Además de trabajar para directores como Raoul Ruiz, R. W. Fassbinder, George Cukor o Luchino Visconti, entre otros; publicó cuatro novelas (una de ellas con postfacio de Patrick Modiano, con cuya madre, Luisa Colpeyn, Karina coincidió en Banda aparte), y tuvo dos momentos musicales particularmente gloriosos: Serge Gainsbourg le regaló la comedia musical Anna, dirigida en ese mismo año 1967 por Pierre Koralnik, y Philippe Katherine le escribió Une histoire d’amour en forma de CD en 2008.

Con música de Katherine, rodó también ese mismo año Victoria, su segunda película como realizadora, una extraña road movie musical por Québec, que cerró definitivamente su filmografía. Pero más de 35 años atrás Anna Karina había debutado tras la cámara con una película, Vivre ensemble (1973), que se considera como una obra de culto, por lo menos desde que, en 2018, fue debidamente restaurada y puesta de nuevo en circulación.

A principios de los años 70, era raro que una actriz se pusiera a dirigir. Pero Anna Karina tenía esa fantasía en la cabeza. Creía que los actores tenían que probar suerte tras la cámara, al menos una vez, y que los directores tenían que sufrir como actores. Así que, en una pausa entre rodajes, escribió un guion que, en un principio, firmó con pseudónimo masculino, Michel Wally, para ver si colaba. Ni así se lo compraron, de modo que, tirando de ahorrillos, decidió producir la película ella misma, montando una efímera productora llamada Raska.

Y fue así como su triplex en la calle Toullier, cerca del Panteón, desde cuyas ventanas se veía la Sorbonna, se convirtió en un improvisado estudio, con escaso dinero y un reducido equipo de chicos encabezados por el entonces poco experimentado director de fotografía Claude Agostini, que acabaría rodando En busca del fuego con Jean-Jacques Annaud en 1981.

Ya desde el título, Vivre ensemble hace pensar en una suerte de secuela de Vivre sa vie, la película en la que obtuvo mayor protagonismo de cuantas genialidades rodó con Godard. Como aquella, Vivre ensemble también se presenta como una serie de tableaux, introducidos por letreros godardianos delineados a mano por el director y guionista Jean Aurel, a tono con los créditos del filme. Pero la propia Karina, hace un par de años, negaba la conexión, alegando que aquella otra película, en la que lloraba tan célebremente contemplando a Juana de Arco, era al fin y al cabo un trabajo sobre la prostitución.

Julie Andersen, su personaje en Vivre ensemble, es una actriz sin oficio ni beneficio, que acumula ex amantes por todo el mundo. Hasta que un buen día, justo al inicio del filme, conoce a un profesor de Instituto, encarnado por el periodista radiofónico Michel Lancelot, que podría recordar al Louis Garrel de La Belle personne (Christophe Honoré, 2008), si no fuera porque el Lycée de aquel era el Molière, rue Ranelagh, en el XVIe arondissement, mientras que el de Vivre ensemble es el Montaigne, en el Barrio Latino, a 10 minutos del triplex-estudio-improvisado de Karina y sus amigos.

Alain y Julie se conocen fortuitamente en la terraza de un café, que podría ser Les Deux Magots, donde Karina fue descubierta años atrás por ojeadores de revistas de moda, cuando llegó a París, a los diecisiete años, sin demasiados francos en el bolsillo, para huir de su familia y buscarse la vida. Saltan chispas, y se enamoran. El clásico Coup de foudre.

Él no tarda en abandonar su vida acomodada, novia incluida, para sumergirse en la de Bohemia, alcohol, drogas y autodestrucción, mientras que ella acabará siguiendo el camino inverso, abrazando ciertas formas de responsabilidad con un bebé en los brazos. Un encuentro que vira al desencuentro, y termina en posible reencuentro.

Entre una cosa y la otra, la pareja decide pasar unas precarias vacaciones en Nueva York, a tono con el espíritu del filme, rodado sin permisos, tanto en las calles de París como en las de la Gran Manzana, circunstancia que le da un aspecto documental, con muchos planos generales rebosantes de vida. En París, la resaca post-sesentayochista, como la que se vivía en otro pequeño apartamento donde ese mismo año se rodaba la mítica La maman et la putain, de Jean Eustache, otro filme que también nos paseaba por St Germain des Prés.

En un Nueva York sucio y peligroso, que recuerda tanto a las películas de Paul Morrissey de entonces como a las de los Safdie de ahora, asistimos a las protestas contra Nixon y la Guerra de Vietnam. El pequeño equipo de seis personas aterrizó con billetes pagados por UniFrance, a cambio de que Karina diese alguna conferencia, y se alojó en dos habitaciones del mítico Chelsea Hotel, una para ella y otra para ellos, por el módico precio de 20 dólares cada una por noche, cuando del establecimiento salían yonquis con los pies por delante casi todos los días. Así, como testimonio de una época, el interés del filme es doble, transcontinental.

Pero Vivre ensemble, injustamente sumergida en el olvido durante décadas, pese a que se presentó con éxito en la Semana de la Crítica de Cannes, es más que un mero documento, incluso más que el prometedor debut de una carrera truncada por el machismo imperante, del que se ríe con un gag visual a costa de Play-Boy. Es una gran película, o más bien una pequeña joya, con el sello, y los colores, rodados en Super 16 mn, de aquellos maravillosos años 70, que iluminaron tantos cineastas post Nouvelle Vague. Sin grandes pretensiones, pero con estupendos resultados.

A pesar del interés por retratar la vida marginal, algo que también se refleja en las novelas de Karina, no cae en el tremendismo, o lo hace sin perder ligereza, y contiene fantásticas ocurrencias, como cuando la pareja se gasta sus últimos dólares en una máscaras de baratillo, y se pasean por Harlem al grito de “una máscara no es para esconderse, sino para mostrar tu verdadero rostro”. En líneas generales, discurre agradablemente, sin altibajos, ya hasta enamora.

Genuina película independiente, es una hermosa historia de amour fou, incluso incómoda, ya que los personajes no parecen diseñados para resultar simpáticos. Es más, son un desastre. Y sin embargo humanos. Con su final abierto, Vivre ensemble, que ojalá recupere pronto Filmin, deja una sensación de dulce desesperación, de amargura contemplada con candidez. Mención especial para una banda sonora de la que no pudo ocuparse Serge Gainsbourg, por falta de tiempo, y que recayó en Claude Engel (sin relación conocida con el famoso crítico), cuya partitura romántica adquiere un sentido más melancólico cuando la cinta pasa de comedia a melodrama.

A pesar de que François Truffaut, justamente en el año de su ruptura definitiva con Godard, le dedicó grandes elogios a Karina por su ópera prima, ella no volvió a dirigir hasta Victoria. Es una pena, porque Vivre ensemble, una película en estado de gracia, deja claro que podría haber seguido dirigiendo, con la misma natural, inventándose una historia sencilla, con lo que tenía a su alrededor.

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