Virtudes y defectos del cine español

Resultados, tendencias, aciertos y errores. Analizamos el estado de nuestro cine en uno de los mejores años que se recuerdan y que acabará mejor aún gracias a los grandes estrenos que todavía nos esperan?POR JAVIER OCAÑA

18 de octubre de 2011

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  • [NOTA: Como viene siendo tradición estos últimos años en CINEMANÍA, el crítico y periodista cinematográfico Javier Ocaña hizo un balance del estado del cine español en las páginas del número de octubre. Si antes fueron sus siete pecados capitales o sus retos pendientes, es hora de analizar las virtudes y defectos de nuestras películas. Lo reproducimos íntegro a continuación]

    1. El cine español. Casi nada.

    Tres palabras que, unidas, casi siempre dan pie a la verborrea, a la generalización perniciosa, al insulto desbocado o a la férrea defensa, incluso al desvarío político. Y sin embargo, ¿qué demonios es el cine español? En los últimos años, desde estas mismas páginas, nos hemos propuesto analizar el estado de nuestras películas (¿será eso el cine español?) desde una perspectiva crítica, ojalá que constructiva. Sin paternalismos. Y en este número especial dedicado al gran tema, la idea es analizar cómo ha transcurrido, hasta ahora, este 2011. Porque, ¿qué tienen en común el casi centenar de producciones españolas estrenadas en estos meses aparte de, claro, ser españolas? Puede que poco en su superficie, pero, rascando, rascando, casi se podrían dividir en unos cuantos grupos, en unas cuantas tendencias. Con sus virtudes y, quizá más, con sus defectos. Allá vamos.

    2. El costumbrismo televisivo hunde a la comedia.

    Chistes indoloros, comedias blanquísimas, ternurismo social, romanticismo almibarado, excesivo enamoramiento de los personajes, ausencia de mala uva, de crítica aguda. En lo formal, casi peor: puestas en escena académicas (en el mejor de los casos), fotografías deleznables, musiquillas de fondo más que bandas sonoras. Nadie se atreve a hacer comedia negra, género patrio por naturaleza, mientras algunos jóvenes directores parecen creer que los míticos planos-secuencia berlanguianos se hacían juntando a mucha gente en el cuadro y poniendo a gritar a todos a la vez. Amigos, Lo contrario al amor, No controles, Primos, ¿Para qué sirve un oso?, ¿Estás ahí?, No lo llames amor, llámalo X y alguna más se diferencian en muy poco. Por mucho estrambote que tengan algunas de las tramas, al final el costumbrismo es el rey de la función. Sólo Torrente 4 se sale de la norma, aunque a base de brochazos. De todos modos, nos queda una duda: ¿y si lo que el público demanda es precisamente esto? De hecho, algunas han sido un éxito, y Gente de mala calidad (Juan Cavestany, 2008), quizá la última gran comedia negra del cine español, no la vio ni dios. Así nos va.

    3. Documentales hagiográficos, convencionales y unidireccionales.

    Escuchando al juez Garzón, Alexia, Cuidadores, Morente, Oxígeno para vivir… Más que documentales, verdaderos homenajes. Muy bien, pero… ¿y qué hay de la otra parte, de las opiniones no aduladoras? Son documentales que sólo convencen a los convencidos. Menos mal que también se estrenaron José y Pilar, con la avasalladora y muy polémica figura de la esposa del escritor Saramago, y, sobre todo, La noche que no acaba, donde Isaki Lacuesta, además de abordar la figura de Ava Gardner, experimenta con el lenguaje cinematográfico, que para eso está.

    4. Películas cuyo objetivo parece ser estrenarse.

    Un mundo casi perfecto, El vuelo del tren, Bestezuelas, Mami Blue, Arriya, Valeria descalza… Seguramente ningún lector las haya visto, pero, ¿al menos suenan? Quizá tampoco. No se guardó ningún dinero para publicidad. Las ruedas de prensa de presentación, en caso de que las hubiera, estaban semivacías y los medios apenas se hicieron eco. Se estrenaron, pero sólo unos cientos de espectadores las vieron. Detrás de ellas hay trabajo, pero todo queda en un limbo incomprensible. Su objetivo parece ser simplemente llegar a las pantallas. ¿Es eso un objetivo? No.

    5. Arte y ensayo (demasiado) minoritario.

    A pesar de que distribuidores y exhibidores no confiaban demasiado en ellas (se estrenaron en muy pocas salas), los comentarios en los medios más afines al llamado arte y ensayo, y algunos de los periódicos generalistas, fueron muy elogiosos. Nos referimos a Guest, La vida sublime, La mitad de Óscar, Naufragio, Todos vosotros sois capitanes… Pero da la impresión de que los seguidores de este tipo de cine son aún menos que una minoría. Y aunque quizá algunas no fueran tan buenas como se decía, el caso de la extraordinaria Guest, de José Luis Guerín, es sangrante: 1.800 espectadores, 8.500 euros de recaudación.

    6. Películas que llegan una década tarde.

    A veces levantar una película cuesta tanto que, cuando se logra, se ha pasado su momento. En 2005, Paco Cabezas dirigió Carne de neón, corto que abrazaba dos tendencias poco conciliables: la comedia petarda almodovariana y la violenta comedia cool de Guy Ritchie. Hacía más de un lustro de los éxitos de Lock and Stock y de Snatch, y Ritchie ya andaba con Madonna destrozando su prestigio. La onda travestona, erótica y demente de Almodóvar no sólo la había abandonado él mismo sino también sus seguidores (Félix Sabroso y Dunia Ayaso giraban hacia el melodrama social), pero aquel corto tenía garra y cierta gracia. Seis años después, los imitadores de Ritchie son una legión de fracasados y los de Almodóvar, la nada. Carne de neón, versión largo, no es una mala película, es un producto comercial de hace 10 años.

    Vidas cruzadas en plan Vidas cruzadas. La película de Robert Altman, de 1993, fue el gran referente. Magnolia, de 1999, su sublimación. En los últimos 15 años las hemos visto de todos los colores. También en España (Piedras, Malas temporadas, 53 días de invierno…). Pero la fórmula se agotó incluso para Alejandro González-Iñárritu, uno de sus mejores practicantes. Vidas pequeñas, de Enrique Gabriel, tampoco es una mala película. Es un más de lo mismo, pero más tarde.

    El porqué de las cosas, de Ventura Pons, fue, salvando las distancias, nuestra Vidas cruzadas. Y Quim Monzó, salvando las ídem, nuestro Raymond Carver. Pero Mil cretinos, de Pons, basada en relatos de Monzó, parece mucho peor que El porqué de las cosas cuando no distan mucho. Simplemente llega tarde y es igual que tropecientas de otros y unas cuantas de él mismo. Es la diferencia entre llegar el primero o seguir la estela. ¿Por qué si no la producción televisiva El día más difícil del Rey fue un éxito de crítica y público y 23-F un fracaso de ambas? Porque la primera llegó antes y se veía gratis por la tele. Al cine hay que exigirle un plus, y la película de Chema de la Peña no lo tenía.

    7. Bienvenidos aquellos que se alejan de la norma.

    Nunca antes en el cine español se habían construido películas como La piel que habito, Chico y Rita, Blog, Blackthorn y, en menor medida, También la lluvia. La mayoría de la crítica ha encumbrado la de Almodóvar, a algunos nos gusta bastante menos y unos pocos la han denigrado, pero el público (al cierre de esta edición) parece estar con él. Desde luego, hay que valorar su capacidad de riesgo. Chico y Rita quedó como un producto cultural de alta calidad que no acabó de interesar a una mayoría,  mientras Icíar Bollaín ha sido una de las triunfadoras del año; eso sí, la recaudación de También la lluvia (600.000 espectadores; 3,8 millones de euros) tendría que haber sido aún mejor. ¿La culpa? Un misterio, como el de los mercados. Como el fracaso económico del notable western de Mateo Gil.

    8. ¿Un último trimestre para arreglar el año?

    No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, huele a thriller poderoso en la línea de sus anteriores La caja 507 y La vida mancha. Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo, con Clive Owen de protagonista, y Mientras duermes, de Jaume Balagueró, con Luis Tosar, parecen apuestas seguras. El regreso de Benito Zambrano con La voz dormida, avalado por el Festival de San Sebastián, es un acontecimiento. Hace tiempo que se esperaba en el largo a Eduardo Chapero-Jackson, que debuta con Verbo. Cinco metros cuadrados, de Max Lemcke, triunfó en Málaga. La chispa de la vida tiene un reparto extrañísimo (José Mota y Salma Hayek), pero Álex de la Iglesia es un tótem, y aunque Capitán Trueno y el Santo Grial sea una incógnita, incluso Fuga de cerebros 2, producto calculado de los que da dinero, puede levantar el discretísimo año de esa entelequia llamada cine español. Ahora bien, igual nos ponemos de acuerdo en algo: la mejor película española del año ha sido Midnight in Paris, de Woody Allen. ¿Española? Sí, buena parte de sus ingentes beneficios irán a una productora española. Pues eso, el-ci-ne-es-pa-ñol.

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