‘Vestida de azul’: El documental que necesitas ver si te ha gustado ‘Veneno’

Cristina Ortiz, la Veneno, conoció a las protagonistas de este filme estrenado en 1983, un documento valiosísimo sobre las mujeres trans en España.

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01 de abril de 2020

De todos los destinos que pueden aquejar a un colectivo humano, tal vez el peor es verse privado de voz. Veneno, la serie de Javier Calvo Javier Ambrossi sobre la vida de Cristina Ortiz, ofrece una buena prueba de ello. Y, para entender el panorama al que se enfrentaba su protagonista, tenemos una película que viene al pelo. Se trata de Vestida de azul, el documental estrenado por Antonio Giménez Rico en 1983. Un filme escalofriante sobre las vidas de seis mujeres transgénero en aquella España para la cual la palabra “transición” solo era aplicable a la política.

La conexión entre Veneno Vestida de azul son muy evidentes. No se trata solo de que Valeria Vegas (autora de Digo! Ni puta ni santa, el libro en el que se basa la serie) haya investigado sobre el filme en su ensayo Vestidas de azul (2019). Se trata también de que la propia Veneno había conocido a varias de sus protagonistas. Algo que, conviene precisar, no se debió a la militancia ni a coincidencias afortunadas, sino al hecho de que se prostituía junto a ellas en el Parque del Oeste de Madrid.

Así pues, la película nos ayuda a entender las circunstancias que envolvían a Cristina Ortiz. Circunstancias que hacían preferible dejarse explotar por Pepe Navarro en un carroñero late night a seguirle el juego a un país que le cerraba todas las puertas laborales, salvo la de vender su cuerpo, y sociales, salvo la de ser objeto de burla.

Un visón en Carabanchel

Para saber por qué Vestida de azul fue una película tan revolucionaria hay que entender el tratamiento que el cine español dispensaba a las mujeres trans en el momento de su estreno. La visibilización LGBT posterior a la revuelta de Stonewall (1969) había llegado a nuestro país con cuentagotas (el primer desfile del Orgullo celebrado en España tuvo lugar en 1978), y los tratamientos de afirmación de género, que acababan de legalizarse en España, eran una relativa novedad de la que el ciudadano de a pie apenas sabía nada. De hecho las protagonistas de la cinta usan el término “travestí” (con tilde) para referirse a sí mismas.

Asimismo, el cine de entonces abordaba el asunto con un tono que oscilaba entre las bromas soeces, el morbo de las cintas ‘clasificadas S’ y la condescendencia de películas como esa Cambio de sexo (1977) en la que Vicente Aranda contó con Bibiana Fernandez (seguramente la única celebrity transgénero de la España de entonces) en un papel secundario. El único filme que se había acercado a la cuestión trans con un mínimo de dignidad había sido Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972), si bien desde el costumbrismo surreal y no desde la reivindicación.

Producida por el director de fotografía Teo Escamilla, Vestida de azul comienza con una redada callejera de la policía. Pero, acto seguido, pone a sus personajes en una situación de lo más chocante para el espectador de entonces: charlando y tomando café con pastas en el Palacio de Cristal del Retiro, vestidas con sus mejores galas. Nacha, una de las protagonistas, lo resume así: “Esto [su carísimo conjunto ochentero] vale para que verdaderamente nos traten como señoras, no como maricas”.

De hecho, una de las evidencias que arroja el documental es que la clase social y los ingresos importan, y mucho, para las personas de género no normativo. Al igual que Anarcoma en los cómics de Nazario Luque, las mujeres seguidas por la cámara de Giménez Rico tenían dos alternativas laborales: prostituirse o trabajar en el espectáculo. Pero no era lo mismo el panorama al que se enfrentaba Nacha (una call girl de lujo) que aquel encarado por Tamara, una joven gitana expulsada de su casa por un padre que prefería tener “dos hijas putas a un hijo maricón”. Y menos aún el de Loren, que contaba con 45 años cuando se rodó el filme y había sufrido los efectos de la Ley de Vagos y Maleantes durante la dictadura.

“Inútil pasión de ser mujer”

Las vidas de las protagonistas de Vestida de azul transcurrieron, según muestra la película, entre tratos con clientes, funciones de cabaret, visitas a la cárcel de hombres de Carabanchel (en la que “tienes que joder con todo el mundo a la fuerza”) y trámites bochornosos durante los cuales debían dar esos nombres masculinos con los que no se identificaban. Las aspiraciones de René, la más joven, que quiere encontrar trabajo como peluquera y normalizar su situación con su familia, fueron en vano, aunque el filme las use para acabar con una nota de esperanza.

Esta imagen de indefensión se ve reforzada muchas veces por el tono del documental, con su sensiblera música de piano y su regodeo ocasional en la tragicomedia. Pero también es verdad que Vestida de azul observa a estas mujeres con una empatía inaudita en el momento de su estreno. Por ejemplo, en esa delirante conversación que la católica Nacha sostiene con su párroco, y durante la cual exclama “Seré hombre para Dios, pero para la Tierra no soy ni hombre ni una mujer, sino la ridiculez máxima”. Ingmar Bergman Robert Bresson levantaron filmografías enteras con mimbres no tan diferentes.

Aunque no tardó en caer en el olvido, Vestida de azul tuvo una repercusión considerable en el momento de su estreno, con 250.000 espectadores. Ahora, tras haber sido reivindicada, forma parte de un cierto canon de películas sobre la cuestión trans junto a Tangerine, Paris is Burning y otras.

Todo esto, por desgracia, no salvó a la mayoría de sus protagonistas de una muerte temprana: solo dos de ellas siguen vivas en el momento de escribir esto. Y tampoco las salvó del escarnio público. Como recuerda Antonio Giménez Rico, las cuatro protagonistas del filme que asistieron a la premiere en el Festival de Donosti tuvieron problemas para entrar a la sala: al guardia de seguridad le chocó la disparidad entre sus aspectos y los nombres que aparecían en sus DNI.

En cuanto a la acogida crítica hacia el filme, basta con citar el artículo al respecto de Ángel Fernández-Santos tras dicha presentación en Donosti. Tras aprovechar para arrearle unos cuantos bastonazos a Eloy de la Iglesia (que acababa de presentar El pico 2), el guionista de El espíritu de la colmena descalificaba a la cinta como “una trivial colección de sketches” reprochándole su “mirada facilona”. Y también, refiriéndose a Loren y sus memorias del subdesarrollo, señalaba el patetismo de “ese hombre en su inútil pasión de ser mujer”. Menos mal que algunas cosas han cambiado desde entonces.

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