Los últimos videoclubs de España resisten frente al auge de las plataformas

El madrileño Ficciones y el barcelonés VideoInstan, imperios de la cinefilia en cruzada contra el algoritmo, representan la situación actual de los videoclubs en España.

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03 de julio de 2020

Resulta innegable: vivimos en los tiempos del romanticismo cinéfilo por excelencia. De reboots de sagas antológicas como Star Wars, Jurassic Park o Alien a remakes en imagen real de los grandes clásicos de la Disney, pasando por series de vocación decididamente pop como Stranger Things, tanto la pequeña como la gran pantalla se han visto asaltadas, a lo largo de la última década, por intentos constantes de revisitar tiempos pasados que, en su apelación a la mitomanía y a los juegos referenciales, han hecho las delicias de quienes acostumbraban a hacer cola frente a las taquillas de los minicines en aquellos maravillosos 80 y 90.

Hay, sin embargo, algo de paradójico en todo esto: en la era por excelencia de lo digital y lo intangible, con plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime Video portando la batuta y marcando a su antojo el compás al que palpita el mercado audiovisual de todo el mundo, cada vez demostramos ansiar más, como público, un regreso a la añorada fisicidad que caracterizaba las grandes producciones de antaño.

Y es que, pese a la inteligencia que han destilado sus numerosas campañas de marketing en lo que a la apuesta por la nostalgia se refiere, hay un apartado crucial de la experiencia cinéfila que se resiste por completo a ser satisfecho por las plataformas de vídeo bajo demanda.

Foto: VideoInstan.

 

Aquellos videoclubs de barrio

Perderse entre las estanterías de sus pasillos, consultar las sinopsis de las contraportadas, cruzar los dedos porque alguna copia de la última y más esperada novedad aún estuviese disponible al salir del trabajo… Nada más añorado por el verdadero nostálgico que el tan característico olor de aquel videoclub de barrio cuyo dependiente, con el paso de los años, terminaba por convertirse en el más fiable de los consejeros en cuestiones de cinefilia.

“Ese sigue siendo uno de mis lemas: el cara a cara con el cliente y la posibilidad de ofrecer una recomendación personalizada, lejos del sistema de algoritmos que impera ahora en todas las plataformas”, cuenta Aurora Depares, actual dueña de VideoInstan, el videoclub más antiguo de España y uno de los pocos que han logrado mantenerse en pie a día de hoy.

Y es que el alquiler de películas, que a comienzos de este siglo suponía todavía un negocio muy rentable, comenzó a ver mermada su capacidad de acción en el año 2005, con la expansión de la piratería y el top manta. A día de hoy, lejos de los 7000 videoclubs que aún podían contarse en España por aquel entonces, apenas resisten 200.

Foto: VideoInstan.

 

Con la proliferación de las plataformas online acontecida en los últimos años, el proceso de extinción de estos imperios de la cinefilia se ha visto decididamente acelerado, debiendo los negocios supervivientes optar por la especialización o terminar por convertir su local en una “multitienda”. VideoInstan es uno de esos eternos luchadores que continúa en pie de guerra.

Situado en Barcelona, fueron los padres de su actual dueña, Jenaro y Aurora, quienes tuvieron la idea para el negocio a comienzos de los años 80, en los albores de los primeros reproductores domésticos. “Recuerdo a mi madre como la mujer que más sabía de cine del mundo”, señala su hija, quien pasó buena parte de su infancia y adolescencia en el videoclub, comenzando a trabajar seriamente en éste tras cumplir los 16.

“Podías preguntarle por cualquier película que buscases y, simplemente con sugerirle cómo era la carátula o de qué iba, mi madre la identificaba al momento y te decía en qué estantería la teníamos”, comenta la actual dueña entre risas.

Tras un primer año en la Calle Comercio, el inmenso auge del alquiler y la venta de películas en España les llevó a trasladarse, en 1981, al número 30 de Enric Granados, un local más céntrico y con casi 400 m2 donde el videoclub permanecería durante treinta y ocho años.

Foto: VideoInstan.

 

Reinventando el negocio

En julio del pasado 2018, Aurora hija decidió reabrir –y reinventar–, de la mano de su amiga Montse, el negocio al que tanto cariño y esfuerzo habían dedicado sus padres bajo un nuevo nombre, Video Instan Café Cinema, ofreciendo, además de un catálogo con más de 46.000 títulos en VHS, DVD y Blu-Ray, un servicio de cafetería y una pequeña sala de proyecciones con 32 localidades donde, hasta la llegada de la pandemia, programaba ciclos de cine con temáticas muy diversas: de los grandes clásicos a los últimos estrenos, pasando por películas de culto y por sesiones dedicadas al cine familiar e infantil.

Entre todas sus propuestas, llama especialmente la atención la bautizada Ron Palillo’s VHSessions, programas dobles donde frikismo y Serie B congregan a multitud de fans bajo el haz de luz del proyector. En la última de esta sesiones, que tuvo lugar el pasado 27 de febrero bajo el mismo llamamiento de siempre (“¡Proyección en glorioso VHS!”), fue el turno para Kung Fu Kids (1986) y Ghoulies III (1991).

“Son una pasada. Estas sesiones fueron idea de un chico que es guionista y que nos ayuda con el videoclub. Él es quien escoge los títulos en VHS de nuestro catálogo, y cada vez que hay una proyección se escuchan las carcajadas desde fuera de la sala”, cuenta Aurora, satisfecha con lo innovador de una propuesta que no podría ilustrar mejor el auténtico espíritu del videoclub, esa suerte de templo del peregrinaje cinéfilo que ninguna plataforma online ha sido capaz de sustituir.

Foto: Ficciones.

 

Propuestas de reinvención que Marcia Seburo, gerente del madrileño videoclub Ficciones desde hace 12 años, no ha tenido siquiera la oportunidad de plantarse. De los tres locales con los que contaba su sobrino Andrés Santana, fundador del Ficciones allá por el año 2004, en los inicios de su andadura –Malasaña, Lavapiés y Tirso de Molina–, actualmente tan solo queda uno, situado hoy en el número 15 de la calle Juanelo.

“Andrés, que es profesor universitario, se volvió a Bolivia y me propuso quedarme a cargo del negocio. Al principio no lo tenía muy claro, pero con el paso del tiempo terminé por enamorarme perdidamente del videoclub”, cuenta Marcia. “Con el tiempo, sin embargo, la gentrificación y el auge de las plataformas han ido reduciendo notablemente la clientela, y tan solo he podido mantener en pie el Ficciones de Tirso de Molina”, añade, afectada.

Si VideoInstan tiene en su antigüedad, en su amplísimo catálogo y en su constante capacidad de reinvención sus principales –y tan necesarios– elementos diferenciadores, Ficciones supo encontrar su hueco bajo la definición de videoclub de autor. “De Kurosawa a Ozu, la clientela más fiel continúa viniendo al videoclub y llevándose filmografías completas a casa”, señala Marcia.

Foto: Ficciones.

 

Una diferenciación que, sin embargo, ha venido difuminándose en los últimos años por una cuestión de supervivencia: “Hasta hace poco no teníamos, por ejemplo, las dos películas clásicas de Terminator en nuestro archivo. Pero claro, ¿qué pasa si un día viene un cliente, te las pide y no puedes alquilárselas? Pues que se irá directo a las plataformas. Y ese es un cliente perdido”, se resigna Marcia.

De igual forma, Marcia ha visto en la oferta de merchandising un posible refuerzo que le ayude a mantener vivo el Ficciones. “Cuando cerró la tienda Cinemaspop, en el barrio de Malasaña, su dueño me cedió todos los posters, y desde entonces vamos a medias con los beneficios de esa parte; por otro lado, hace poco tuve la idea de vender figuritas originales del Studio Ghibli, que no son precisamente baratas, y al ponerlas en el escaparate no tardaron en atraer a la clientela”, asiente Marcia, quien no dudará en continuar haciendo las veces de proveedora para los coleccionistas interesados en el tan laureado estudio de animación japonés.

 

Hacer frente a la pandemia

Tanto Marcia como Aurora comparten el terrible varapalo que para ellas ha supuesto el confinamiento: cuando sus negocios parecían empezar a coger fuelle, la crisis del coronavirus arribó para golpearlas con dureza. El apoyo de sus clientes mediante donaciones económicas está siendo clave de cara a su recuperación, aseguran ambas, infinitamente agradecidas.

Fotos: Ficciones.

 

Pero hay otra cuestión, mucho más luminosa, que Marcia y Aurora también comparten: el hermoso recuerdo de los buenos tiempos. “Cuando yo empecé a encargarme del Ficciones, la cola que se formaba para alquilar una novedad salía por la puerta y se prolongaba varios metros a lo largo de la calle”, rememora Marcia. Aurora recuerda un caso concreto: “Cómo olvidar la revolución que supuso Titanic cuando llegó al videoclub: en los metros escasos que separaban el mostrador de la estantería, los clientes iban detrás de mi madre para cazar al vuelo la última copia que alguien acababa de devolver antes de que se la quitasen de las manos”, asegura entre risas.

“Siento el Ficciones como mi particular regalo a Madrid, esta ciudad que tan bien me acogió cuando llegué de Bolivia”, se despide Marga. Aurora, por su parte, confía en el poder de su VideoInstan para reunir de nuevo a las familias ante el televisor: “Ahora que cada uno se encierra en su habitación a ver su serie, alquilar una película puede ser la mejor forma de sentarnos juntos de nuevo ante la pantalla”.

Porque visitar el videoclub a día de hoy puede ser mucho más que un mero ejercicio de nostalgia: una muestra de amor infinito a los más antiguos –e imperecederos– imperios de la cinefilia. Un acto de resistencia insoslayable.

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