Tromsø International Film Festival 2020: cómo se hace un festival de cine al borde del Ártico

Pasamos una semana en uno de los festivales más septentrionales del planeta, conviviendo con indígenas canadienses y caminantes infatigables.

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31 de enero de 2020

Para quienes vivimos en lugares donde ver nevar supone todo un acontecimiento, tan solo el aterrizar en Tromsø puede darnos la impresión de estar viviendo una epifanía. Allí la nieve es parte indisociable de un paisaje que, en invierno, recibe pocas horas de luz; si no hay nubes, durante la mañana puedes recorrer sus calles bajo una cierta claridad, pero el sol rara vez impone su presencia. En esta ciudad de casas de madera donde los edificios altos escasean, principal núcleo urbano de la pequeña isla de Tromsøya, tiene lugar desde 1991 un festival de cine que en 2020 ha celebrado sus 30 años de vida.

Aunque la ciudad se extiende más allá de su zona comercial (un puente sobre el mar la separa del continente y de la célebre Catedral del Ártico), podríamos decir que el perímetro del festival es harto asequible: un bus lanzadera va y viene del Hälogaland Teater, el cine más alejado del centro, pero a poco que no seamos perezosos o que el tiempo no se presente inclemente, podemos ir a pie a todas partes.

En el Verdensteatret, la sala más antigua y encantadora de la ciudad, retrocedí en el tiempo una mañana: Martha Otte, que este año abandonaba la dirección del festival tras estar vinculada al mismo prácticamente desde sus inicios, introducía The Forest for the Trees, el debut de Maren Ade en 2004, leyendo un emotivo correo electrónico en el que la cineasta alemana se disculpaba por no haber podido regresar al primer festival que confió en su película fuera de su país. Un año después, el filme cosecharía premios en festivales como Sundance o la Mostra de Cinema Jove de Valencia.

Ade recordaba también cómo, al no disponer de dinero para subtítulos profesionales, ella misma tuvo que ir introduciéndolos a mano desde la cabina de proyección. La película formaba parte de un pequeño ciclo en el que Otte escogió algunos de los títulos más representativos de su paso por el festival. Entre ellos también estaba Barking Dogs Never Bite, el primer largo de Bong Joon-ho.

En la programación del Tromsø International Film Festival conviven películas procedentes del circuito de festivales con algún que otro estreno mundial o europeo, y si uno quiere empaparse de la idiosincrasia norteña puede acercarse a Norwegian Horizons o a Films from the North, secciones que, como su propio nombre indica, se ocupan del cine rodado en estas latitudes. Lo que sigue son algunas de las películas más interesantes que se pudieron ver en el certamen.

One Day in the Life of Noah Piugattuk

A mediados de los noventa, poco antes de que Noah Piugattuk muriera, el cineasta Zacharias Kunuk le filmaba en un plató, cantando una tonada inuit. Piugattuk fue un carismático líder de esta comunidad indígena que habita principalmente las regiones árticas de Canadá, aunque también en Groenlandia y Alaska, y a la que Kunuk también pertenece.

Este metraje que vemos brevemente al final de la película le confiere un fulgor adicional a lo que hemos presenciado, como si persiguiendo un gesto que filmó décadas atrás el cineasta quisiera reconstruir o hacer emerger, mediante una ficción mínima, parte de la historia de la gente con la que creció.

One Day in the Life of Noah Piugattuk narra el encuentro, a principios de los sesenta del siglo pasado, entre Piugattuk y un funcionario del gobierno canadiense que trata de convencerle de que abandone su forma de vida y se vaya a vivir a los asentamientos. Es una película sencilla, que se beneficia de la naturalidad de sus intérpretes y de la blancura majestuosa de un paisaje que Kunuk siempre filma desde el suelo, a la altura de sus personajes.

 

Kuessipan

Si el filme de Zacharias Kunuk captura la resiliencia de quien se resiste a ceder, a abandonar su casa, la cineasta quebequesa Myriam Verreault describe en Kuessipan, su primer largo de ficción, un trayecto algo distinto: Mikuan es una joven innu —que no son lo mismo que los inuit, aunque el nombre sea parecido— que se dispone a abandonar la reserva donde ha crecido para ir a la universidad y dejar atrás a Shaniss, su mejor amiga, que trata de hacer de madre adolescente lo mejor que puede.

Adaptando una novela de la también canadiense Naomi Fontaine, Verreault da forma a un relato de iniciación juvenil menos condescendiente y más amargo de lo que puede parecer a primera vista, donde a veces las canciones hacen comunidad y nos brindan momentos de ternura.

 

Lillian

También debuta en la ficción el documentalista austriaco Andreas Horvath (quizá hayáis visto su Helmut Berger, actor) con una propuesta singular, producida por Ulrich Seidl. Tomando como punto de partida el legendario viaje a pie de Nueva York a Siberia que hizo en 1926 la inmigrante de Europa del este Lillian Alling, Horvath realiza su propia travesía filmando a la actriz polaca Patrycja Planik, cuyo personaje emprende un viaje similar.

Sin apenas decir una palabra en toda la película, Planik encarna una tenaz reivindicación del acto de caminar, desafiando no solo las distancias sino también las miradas de los extraños y los visores de las cámaras de seguridad que hacen que cada vez sea más difícil ser invisible. La tensión entre individuo y paisaje (el cineasta no prescinde de panorámicas y tomas aéreas que resalten la enormidad de los distintos paisajes) es otro de los atractivos de una película susceptible de ser abordada desde distintos ángulos.