‘Trilogitis’: 10 trilogías de cine que no hacían ninguna falta

¿De verdad hace falta endosarle dos secuelas a cualquier filme de éxito? Repasamos los ejemplos más clamorosos, de las precuelas de 'Star Wars' a 'El Hobbit'.

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17 de octubre de 2014

Ella sabrá lo que hace: al fin y al cabo, con tanto pirata que pulula por la industria del entretenimiento, J. K. Rowling parece conservar dos virtudes cardinales como son el cariño hacia sus personajes y el respeto al público. Pero, por mucho el texto de marras sea de lectura obligatoria en el colegio Hogwarts, por aquí nos parece que un libro tan breve como Animales fantásticos y dónde encontrarlos no da para una trilogía. Es más: este futuro spin off de la saga Harry Potter parece un ejemplo estupendo de una plaga que arrasa en Hollywood desde hace mucho tiempo, tan letal como la de los universos compartidos, o incluso más.

Hablamos de la trilogitis, un desorden que empuja a directores y productores (sobre todo a estos últimos) a endosarle dos secuelas, como mínimo, a sus películas de éxito. Secuelas que, en general, suelen estar de más, sobre todo porque el primer filme no solía ser para tanto en el fondo. Como paciente cero de la plaga podríamos señalar a George Lucas, el hombre que convenció a la industria de que eso de contar una historia en tres entregas quedaba muy clásico, y además daba grandes réditos en taquilla. Y mencionar aquí al patriarca galáctico nos viene al pelo, porque el caso de trilogitis que hemos elegido para iniciar nuestro repaso es el de…

Las precuelas de Star Wars (George Lucas, 1999-2005)

¿Por qué nos sobran? A la hora de analizar trilogías desastrosas, hay que contar con algo muy importante: algunas fallan por concepto (cuando maldita la falta que hacía expandir la historia original) y otras por ejecución. Es decir: la idea era buena, pero su forma de llegar a la pantalla resultó tirando a fatal. Tras largos debates y mucha meditación Jedi, nosotros hemos decidido que el caso de La amenaza fantasma, El ataque de los clones La venganza de los Sith cabe en el segundo cesto. Porque, cuando uno acude al cine ansiando encontrar las respuestas a preguntas cruciales de la existencia humana (¿cómo se convirtió Anakin Skywalker en Darth Vader? ¿Qué fueron exactamente las Guerras Clon? ¿Era Obi-Wan Kenobi así de pelma en su juventud, o fue la falta de riego?) y, en su lugar, se da de morros con Jar Jar Binks, con los malditos midiclorianos y con unas fallidas pretensiones de profundidad emocional y política, es que al Ala-X le falla el carburador. Por más que tengan sus defensores, estos filmes acabaron resultando amasijos de ideas a medio cocer (Lucas, recordemos, nunca ha planificado su saga de manera rigurosa) aliñados con una dirección de actores que no parecía haber evolucionado mucho desde esos “¡Más rápido!” “¡Más intenso!” que sacaron de sus casillas a Harrison Ford allá por 1977.

Robocop (1987-1993)

¿Por qué nos sobran? El espabilado de Paul Verhoeven, siempre en el límite de la genialidad y el cachondeo, le coló una canasta de tres puntos a Hollywood con su primigenia Robocop en 1987: si los productores querían una cinta vendible de acción y ciencia-ficción, el holandés acabó entregando una febril sátira de la cultura yuppie y el neoliberalismo que, para colmo, esquivó por los pelos la clasificación X debida a su extrema violencia. “Visto que esta cosa rojeras ha triunfado en taquilla, ¿cómo seguir exprimiendo el limón?”, se preguntaron los ejecutivos. Y la respuesta fue: “Fichando a un guionista un poco más facha que George Bush”. Es decir, a Frank Miller. El futuro autor de Sin City se empleó a fondo con sus libretos, pero las intromisiones del estudio fueron tales que Robocop 2 (Irvin Kershner, 1990) acabó resultando una sombra de la diatriba bestial que pudo haber sido. Y, a la altura de Robocop 3 (Fred Dekker, 1993), la saga sufrió el abandono de sus protagonistas (un Peter Weller que ni se molestó en aparecer, y esa Nancy Allen que al menos tuvo el gesto de dejarse matar frente a la cámara) cual si de un serial de serie B se tratase. Ante tal acumulación de despropósitos, está claro que la historia debería haber acabado sencillamente con aquel “Mi nombre es Murphy”.

Matrix (Hermanos Wachowski, 1999-2003)

¿Por qué nos sobran? Aunque algunos hoy lo negarán como bellacos, la imagen de Keanu Reeves alzando el vuelo al final de Matrix (1999) le puso un nudo en la garganta a medio mundo cinéfilo. Cuatro años más tarde, y aun a riesgo de pecar de pejigueras, algunos pensamos que hubiese sido el justo colofón para un relato que, como probaron sus continuaciones, no pasaba de ser un ejercicio de cyberpunk con pretensiones filosóficas. El empeño de los Wachowski por dotar de densidad conceptual a la guerra entre humanos y máquinas es, desde luego, loable, pero su forma de llevarlo a cabo es harina de otro costal: la superpersecución automovilística de Matrix Reloaded sólo sirvió para alargar innecesariamente un filme sin demasiado fuste, mientras que las fiestas mayumaná en Sión daban un poco de vergüenza ajena. Y por mucho que Matrix Revolutions elevase un poco el listón, lo endeble de sus diálogos ‘existenciales’ hacía sospechar que el filósofo Jean Baudrillard tenía algo de razón cuando tachó a Andy Lana de seudointelectuales a sueldo del capital.

Acorralado, Rambo Rambo III (1982-1988)

¿Por qué nos sobran? Vayamos por partes: merced a un tema que, por entonces, hacía pupa (los veteranos de la guerra de Vietnam convertidos en parias sociales), a la interpretación de un Sylvester Stallone aspirante aún al reconocimiento crítico (sí, mucho reírse del “No siento las piernas”, pero a ver quién repite eso en casa) y a su violencia cotidiana, Acorralado queda como un filme, si bien coyuntural, muy aprovechable. Pero, aun a riesgo de que los fans de la acción ochentera se nos echen encima a machetazos, señalemos que lo peor que pudo pasarle a John Rambo fue convertirse en profeta del rearme moral y bélico impulsado por Ronald Reagan. Aun manteniendo una cierta ambigüedad ideológica en su guión, gracias a las aportaciones de un James Cameron sutil cual rinoceronte en celo, Rambo pervive en la memoria por su valor como icono de una época, pero vista hoy resulta un filme de tiros y explosiones muy rutinario. Y en cuanto a Rambo III… pues, amén de dar muy poquito la talla en lo que a calidad se refiere, ha acabado provocándole vergüenza ajena incluso al ‘halcón’ más enfebrecido del Pentágono: quién iba a decir que esos mujahidines afganos tan simpáticos acabarían dándose un garbeo por las Torres Gemelas trece años más tarde. Stallone, que de tonto no tiene un pelo, se desquitó regresando a las raíces más honestas del personaje en su muy apañada John Rambo de 2008.

Resacón en Las Vegas (2009-2013)

¿Por qué nos sobran? Que las fórmulas se agotan es un hecho tan triste como conocido, que suele cebarse especialmente en las sagas cómicas. Y, puestos a elegir un ejemplo, los filmes de Todd Phillips sobre la pandilla de amigos en perpetua bajona vienen que ni pintados. Hace cinco años, cuando Resacón en Las Vegas llegó a las salas, fue imposible no quedarse pasmado ante su capacidad para aprovechar una premisa muy escueta (el “trágame, tierra” que suele seguir a una noche de francachela) para provocar severos dolores de mandíbula a base de hipérbole. Y a base de Zach Galifianakis, de Bradley Cooper y del tigre de Mike Tyson, también. Pero, al estrenarse Resacón 2. ¡Ahora, en Tailandia!, las peores predicciones se cumplieron: cual si de una secuela de Loca academia de policía se tratase, el filme recurría al socorrido truco de contarnos la misma historia en una localización distinta y con los gags aún más exagerados. En cuanto a R3sacón (2013),  supuso un loable esfuerzo por poner punto y final a la saga a partir de una premisa (todos los actos tienen consecuencias, y todos los excesos se pagan, básicamente) que resultó lesiva para su potencial cómico. Dicho todo lo anterior, reconozcamos que ese epílogo valía su peso en oro.

Underworld (2003-2012)

¿Por qué nos sobran? A veces no son sólo las malas ideas o los deseos de exprimir la taquilla los que convierten una trilogía en fiasco: las vicisitudes empresariales también pueden agriar el guiso o, como en este caso, coagular el RH positivo. Después de que Underworld se convirtiese un éxito gracias a la fórmula “Matrix más vampiros más Kate Beckinsale y sus pistolas”, la ira de la compañía White Wolf (cuyos juegos de rol habían ‘inspirado’ el filme un poco más de lo legalmente aconsejable) mantuvo paralizada la franquicia durante la friolera de tres años. De este modo, Underworld: Evolution acabó concentrando cual sopicaldo lo que deberían haber sido dos películas en una sola, y no muy buena por lo demás. Tras el mediano paréntesis que supuso en 2009 la precuela Underworld: La rebelión de los licántropos (protagonizada por Michael Sheen, en su rol de hombre-lobo con pechopalomo), la muy postrera Underworld: El despertar llegó en 2012 para acabar de una vez por todas con la historia de Selene, Michael Corvin y su progenie, dejando a los fans fríos cual ataúd transilvano dada su más que obvia desgana. Por si todo esto fuese poco, Beckinsale podría regresar en otro filme más, al que se añadirían un spin off titulado provisionalmente Underworld: Next Generation y una serie televisiva. Algo objetable, si consideramos que a estas alturas lo de los chupasangres vestidos como para ir a una rave y esgrimiendo artillería ha pasado a ser un lugar común más visto que el TBO.

Hora punta (1998-2007)

¿Por qué nos sobran? Que el exceso de longitud puede acabar con cualquier chiste es algo conocido por cualquier humorista de talento, desde Bill Murray hasta Chiquito de la Calzada. Contando con ello, saber que Chris Tucker se convirtiese en el actor mejor pagado de Hollywood a la altura de Hora punta 3 (23 millones de euros, que se dice pronto) sólo puede ser acogido con estupor en el día de hoy. Y es que la saga policíaca de artes marciales y cachondeo protagonizada por el afroamericano y Jackie Chan empezó de forma más o menos modesta… Y durante sus dos entregas sucesivas se mantuvo así, siempre con un ‘solvente artesano’ como Brett Ratner a la dirección y ateniendo sus guiones a una sinopsis que el dependiente de nuestro videoclub favorito hubiera enunciado como “un poli negro y otro chino que dan muchas tortas, y te ríes y tal”. Tras sendos viajes a Hong Kong (en la segunda parte) y a París (en la tercera), los buenos amigos Tucker y Chan decidieron que ya habían tenido bastante, y se fueron cada uno a lo suyo: sabia decisión.

Superdetective en Hollywood (1984-1994)

¿Por qué nos sobran? Puestos a hablar de sagas protagonizadas por detectives socarrones de piel oscura, no podía faltar la que convirtió a Eddie Murphy en astro rompetaquillas. Tras una primera entrega que le hizo la peineta a Los cazafantasmas Indiana Jones y el Templo maldito en los rankings estadounidenses, la saga de Axel Foley tuvo dos entregas más, muy innecesarias ambas, y en las que se cumplieron las leyes impepinables en este tipo de maniobras: abandono de la (relativa) seriedad del original para potenciar los aspectos más cómicos de la franquicia, deserciones sucesivas en el reparto (a la altura de Superdetective en Hollywood III, sólo quedaban Murphy y Judge Reinhold) y una progresiva disminución de las recaudaciones. De las críticas no hablamos, porque siempre fueron tirando a horribles. Ahora bien: con esa carrera suya, que parece el Guadiana, a nadie debería extrañarle que Murphy lleve tiempo tratando de resucitar al bueno de Axel: si todo va bien, y tras muchísimas salidas en falso, Superdetective en Hollywood IV se estrenará en marzo de 2016, dirigida por… Brett Ratner. Esperemos que, por lo menos, la musiquilla sintetizada de Harold Faltermeyer se quede como estaba.

Solo en casa (1990-1997… y más allá)

¿Por qué nos sobran? Al leer este epígrafe, seguro que a más de un lector o lectora se le han vuelto los ojos del revés. ¿Es que las aventuras del pequeño Kevin tuvieron una tercera parte? Pues sí, y también una cuarta y una quinta, pero como estas dos últimas aparecieron en forma de telefilmes, vamos al lío centrándonos en la gran pantalla: con los veteranos ochenteros John Hughes (guión, producción) y Chris Columbus (director) rigiendo el cotarro y con el rostro adorable de Macaulay Culkin enamorando a las mamás del mundo (si ellas hubieran sabido…), la primera entrega se convirtió en el megabombazo de 1990 amasando 653 millones de euros. La secuela, pues, era inevitable… y la degradación, también: pese a un estreno más millonario que el de su predecesora, Solo en casa 2: Perdido en Nueva York (1992) acabó recaudando menos. En 1997, cuando Culkin ya era un púber amigo de la farra, Solo en casa 3 enfrentó a su sustituto (Alex D. Linz) contra un grupo de terroristas norcoreanos: estaba claro que los sufridos Joe Pesci Daniel Stern ya no estaban para recibir más golpes en la cabeza. Y de ahí a los infiernos del directo a dvd, no había más que un paso…

El Hobbit (Peter Jackson, 2012-2014)

¿Por qué nos sobran? Sabemos que, en su condición de director tolkieniano por antonomasia, Peter Jackson está en condiciones de hacer lo que quiera con la Tierra Media y sus cosas. Sabemos, también, que Martin Freeman, Ian McKellen, Cate Blanchett y compañía no sólo tienen nuestro amor incondicional, sino también el del público (y bien ganado que se lo tienen). Y afirmamos, para terminar, que a Evangeline Lily le quedan divinas esas orejillas en punta. ¿Por qué incluimos, pues, a la trilogía El Hobbit en este repaso? Pues porque, con resultados mejores o peores, es el ejemplo perfecto de la trilogitis que hoy en día afecta a Hollywood: tras los inconvenientes que todos sabemos (abandono de Guillermo Del Toro, desgracias varias en el rodaje), el neozelandés decidió expandir la novelita de J. R. R. Tolkien en tres películas muy, muy largas. Y, aunque su decisión funcione durante la mayor parte del metraje, en otras es incapaz de disimular que la anécdota original está estirada como un chicle. Habrá que ver cómo queda La batalla de los cinco ejércitos para saber el resultado final. Y, ahora, si nos disculpáis, tenemos que salir pitando, porque un batallón de elfos de Rivendel, de orcos de Mordor y de tolkienistas del mundo viene a por nosotros para hacernos pagar por semejante herejía…

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