[Toronto 2018] ‘Loro’ o la gran belleza de Silvio Berlusconi

Paolo Sorrentino dirige a Toni Servillo en un retrato emocional del hombre detrás de la máscara de poder: Silvio Berlusconi.

Por - 07 de septiembre de 2018

“Tutto documentato. Tutto arbitrario”. Así empieza Loro (Ellos), la nueva película de Paolo Sorrentino (La gran belleza, La juventud), el esperadísimo retrato del ex Cavaliere, Silvio Berlusconi, que en Italia se estrenó en dos partes y ahora llegará al resto del mundo transformado en un solo filme (al que ha cortado unos 20 minutos de la primera parte). “Todo documentado. Todo arbitrario”. Todo es verdad. Y todo es falso. ¿Qué creer sobre la vida y persona de este hombre que gobernó Italia y transformó para siempre la política de su país?

Centrado en los años del máximo apogeo del “bunga, bunga”, entre 2006 y 2011, cuando Berlusconi aún campaba completamente a sus anchas en Italia, y aborrecía a chistes a sus homólogos en las cumbres internacionales, Loro no es una crítica ni una defensa del político y empresario, según Paolo Sorrentino. Es un retrato emocional del hombre detrás de la máscara de poder. Un intento de afinar la brocha gorda con la que se le suele definir. Un esfuerzo por desentrañar su ego, sus aires de diva con los que reírse y morirse de la vergüenza al mismo tiempo. Una película estridente, llena de fiestas, de velinas, claro, de música pachanguera (oirás hasta el Aserejé), 100% Sorrentino, que, además, deja abierto al espectador el análisis no solo de “Lui, Lui”, Él, el hombre que lo dominó todo y no aparece en los primeros 40 minutos de la película, aunque está siempre presente, sino también de todos aquellos que le rodearon, que quisieron ser como él, que quisieron ser sus protegidos, tener una mariposa colgada de su cuello, que se deslumbraron con su fanfarria populista. Son los “ellos” del título.

Ellos, los que le amaron, hasta que dejaron de hacerlo. “¿Querías ser el hombre más rico del país, Primer Ministro y que todo el mundo te amara?”, le preguntan en el filme. “Sí, exactamente”, dice con soberbia y sorpresa. Si le hubieran dejado dirigir Italia como dirigía sus empresas, dice.

Ellos también son los que le odiaron y jamás pudieron entenderlo. Como Verónica, su segunda mujer, un poco la voz de ese público cuando al final se enfrenta a él al pedirle el divorcio y le dice lo que todos pensamos: es imposible entenderle, porque siempre está actuando, Berlusconi está constantemente interpretando un guion que él mismo se escribió.

Toni Servillo, cómo no, está inmenso en el retrato de este hombre que lleva tacones escondidos y tiene dos ovejas, un tíovivo y un volcán en su casa, y está convencido de que la “verdad es el resultado del tono de voz y la convicción con la que lo dices”.

Tras Il Divo o El joven papa, Sorrentino sigue en su búsqueda de explicar los mecanismos del poder. Y tras La gran belleza y La juventud vuelve sobre la preocupación y el miedo a la edad, a la pérdida de la belleza con el irremediable paso del tiempo. Sus dos grandes temas se entremezclan aquí regados del incomprensible carisma bufonesco de este hombre chiste.

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