Todo lo que tienes que saber sobre el caso Polanski

El 10 de marzo de 1977, la vida de Roman Polanski y Samantha Geimer cambia para siempre. Cronología de un escándalo.

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04 de marzo de 2020

En marzo de 1977, Roman Polanski tiene 44 años. La revista Vogue Hommes le encarga un reportaje sobre “lolitas” de todo el mundo. No es algo inusual para Polanski: ha retratado a su novia Nastassja Kinski para Vogue en las Seychelles en 1976. Ella tiene 15 años. Para su nuevo encargo, Polanski declara que pretende “mostrar a las chicas tal y como son realmente en la actualidad: sexualmente atractivas, vivaces y absolutamente humanas”. Una de ellas es Samantha Gailey (más tarde Geimer). Ella tiene 13 años.

Polanski toma fotos de Samantha en exteriores. Son los retratos, hoy famosos, en los que se la ve con un vestido de algodón blanco, sosteniendo un ramo de flores y un sombrero, de espaldas, girando su cabeza hacia el objetivo de Polanski. El 10 de marzo, previo permiso materno, se acuerda una nueva sesión. Esta vez, en interiores. Concretamente, en la mansión de Mullholland Drive de una pareja amiga, la formada por los actores Jack Nicholson y Anjelica Huston. Nicholson no está en la ciudad; Huston no está en la casa. La sirvienta los deja pasar. Polanski insiste en fotografiar a Samantha en el jacuzzi, y en que se quite la ropa. A partir de aquí, las versiones difieren.

Según cuenta Polanski en sus memorias: “la experiencia y desinhibición de Sandra (no puede usar su nombre por cuestiones legales) resultaban evidentes. Separó las piernas y la penetré”. Según declaró Samantha décadas después en una entrevista con Larry King: “De ninguna manera hubo sexo consentido… Fue terrorífico y, echando la vista atrás, muy sórdido”. Lo que parece claro es que hay champán, hay Qualuude (la droga favorita de Bill Cosby y de El lobo de Wall Street), hay sexo oral, vaginal y anal. Según Samantha, pide irse de la casa en repetidas ocasiones, pero Polanski la retiene… hasta que llega Anjelica Huston y todo acaba… o empieza.

Polanski, detenido

Polanski lleva a Samantha a su casa en coche. Le enseña los contactos de las fotos a su madre mientras comparten un porro. Según las memorias de Samantha (The Girl), su madre se queda atónita cuando ve sus instantáneas desnuda. Según Polanski, es en una conversación de Samantha con su novio cuando se entera de lo que ha pasado en la casa de Mullholand Drive. Se escandaliza. Acude al juzgado a poner una denuncia. El día 11 de marzo detienen a Polanski. Es acusado de seis cargos: proporcionar medicamentos a una menor; cometer actos lascivos con una menor; mantener relaciones sexuales ilícitas; violación mediante uso de drogas; perversión y sodomía.

Entra aquí un tercer protagonista, el polémico juez Laurence J Rittenband, el juez de los famosos, el mismo del divorcio de Elvis y Priscilla Presley, la demanda de paternidad de Cary Grant, o la custodia de uno de los hijos de Marlon Brando… Todo un personaje que tenía dos novias, una 34 años menor que él.

Samantha contaría a Larry King: “Mi impresión fue que el juez disfrutaba con la publicidad del caso y no le importaba lo que me pasó ni lo que le pasó a Polanski. Era como si dirigiera un pequeño espectáculo”. Lo cierto es que aquello no podía ser más cinematográfico: el pequeño y nervioso polaquito de cara de niño, contra el severo juez con un aire siniestro a lo Boris Karloff. El momento más grotesco llega cuando el juez decide que la prueba definitiva, las braguitas de Samantha, deben ser cortadas en dos, atendiendo a las sospechosas manchas de semen, siendo una parte analizada por la acusación y otra por la defensa.

Pero es la vida real, con víctimas reales. Fuera del despacho se vive una Copa Ryder entre la prensa europea y la estadounidense. La europea juega fuerte: publica el nombre de Samantha, su foto, que ha mantenido relaciones sexuales con anterioridad y que ha consumido drogas antes de conocer a Roman. “Fue horrible –afirmó Samantha–. […] La prensa venía con cámaras a mi escuela […] Lo peor fue que nadie me creía. Todos pensaban que me lo estaba inventando”.  

90 días en la Prisión Estatal de Chino

Para evitar el juicio, Polanski se autoinculpa del cargo más leve: mantener relaciones sexuales ilícitas. La acusación acepta para preservar el anonimato de Samantha. Todo parece indicar que Polanski saldrá bajo libertad provisional. Pero eso no parece contentar a Rittenband: sentencia al director a pasar 90 días en la Prisión Estatal de Chino, con la excusa de un informe psiquiátrico previo a su libertad condicional.

Aun así, mantiene esta decisión en suspenso para que Polanski pueda localizar exteriores en Europa de su nueva película, el remake de Huracán sobre la isla (John Ford, 1937). Al director no se le ocurre otra cosa que dejarse fotografiar de parranda, habano en ristre, feliz y en compañía de dos jóvenes en la Oktoberfest de Múnich. Rittenband monta en cólera. Ordena que el examen psiquiátrico de Polanski dure los 90 días estipulados. Pasa 42 días en prisión haciendo tareas de limpieza en la prisión y preparando su película. La institución penitenciaria recomienda su libertad provisional. Pero Rittenband no está de acuerdo. En teoría, debe pasar otros 48 días en Chino, pero Polanski ya no se fía.

“Fue un año plagado de ansiedad, un año dramático para mí. Y creí que ya había sido suficiente. Que ya tenía bastante. Y por eso tomé la decisión de irme”. Coge el primer avión a Londres. Aterriza el 1 de febrero de 1978. Se instala en Francia, que se niega a extraditarlo. Nunca más ha vuelto a pisar suelo estadounidense.

En el documental Wanted & Desired, de Marina Zenovich, el abogado del Estado y el de la acusación particular afirman, sin negar la gravedad de los hechos, que Polanski no tuvo un tratamiento justo por parte de Rittenband y que comprenden lo que hizo. A salvo de la justicia en Francia, apenas un año después de su huida, Polanski concede una entrevista a Martin Amis y para pasmo del mundo declara: “Comprendí que si hubiera matado a alguien no se habría montado tanto revuelo mediático, ¿comprendes? Pero esto de follar… y con jovencitas. Los jueces quieren follar con jovencitas. Los jurados quieren follar con jovencitas. ¡Todo el mundo quiere follar con jovencitas!”.

En 1997, la víctima perdona públicamente a Polanski. Desde entonces, ha repetido en numerosas ocasiones que, para ella, el caso está cerrado, con algunos reparos… En su autobiografía afirma: “Seamos claros: gran parte de lo que dice Polanski en sus memorias es cierto. Pero hay mentiras flagrantes sobre mi familia y yo (que si mi madre flirteó, que si había una tensión erótica entre Roman y yo, y cosas así)”, pero concluye: “Ambos hemos sido castigados. Ambos queremos pasar página”. 

Nueva detención en Suiza

Polanski llega a un acuerdo y abona 500.000 dólares a Samantha. Pero el espectáculo, en el mundo del cine, siempre debe continuar. En 2009, mientras se ocupa de la postproducción de El escritor en Alemania, Polanski viaja a Suiza para recibir un homenaje del Festival de Cine de Zúrich. Es un lugar en el que se siente seguro, pues no en vano tiene una casa de su propiedad en Gstaad, cerca de las pistas de esquí que venera y donde reconoce haber tenido numerosos encuentros con menores tras la muerte de Sharon Tate. Nadie se explica por qué fue detenido.

Marina Zenovich, directora del documental Wanted & Desired dice que fue por su película, por desempolvar el caso. Es puesto en libertad tras pagar una fianza de 4,5 millones de dólares. Ni Suiza, ni Polonia, ni Francia (tiene doble nacionalidad de estos dos países), aceptan extraditarlo a EE UU.

Se reaviva el caso y se multiplican las denuncias: la alemana Renate Langer lo acusa de haberla violado en 1972, en Gstaad, cuando tenía 15 años; la británica Charlotte Lewis, de lo mismo en 1983 cuando tenía 16; ídem para la estadounidense Robin M, 1973, 16 años; Marianne Barnard, 1975, en California, cuando tenía 10 años…

En 2011 se estrena otro documental, Roman Polanski: A Film Memoir, en el que el director pronuncia lo más parecido a una excusa que ha salido de su boca sobre lo ocurrido aquel 10 de marzo de 1977: “Ella (Samantha) es una doble víctima: mía y de la prensa”. 

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