Todo lo bueno de ‘Yesterday’ se lo debemos a Richard Curtis (y a los Beatles, claro)

El guion de lo nuevo de Danny Boyle está firmado por uno de los mayores talentos salidos de Gran Bretaña en las últimas décadas. Esta es su historia.

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07 de julio de 2019

Yesterday es una de esas obras que parecen primorosamente calculadas para convertirse en la película del verano. Tiene en su reparto a Lily James, a quien no sería descabellado apodar como la sonriente novia de Gran Bretaña. Tiene como director a Danny Boyle que, vale, ha visto tiempos mejores, pero que se ha sabido mover lo justo para seguir constituyendo una personalidad más o menos relevante en el cine mainstream sin dejar de ser él mismo. Ah, y tiene a los Beatles, claro. Pero, sobre todo, Yesterday tiene a Richard Curtis.

En la promoción del film que protagoniza Himesh Patel la presencia de este guionista británico ha sido tan o más importante que el nombre de Boyle o los clásicos pop por los que los productores han querido dejarse una millonada. “Del guionista de Love Actually, se puede leer en los carteles. Que se utilice a un guionista como parte de la maquinaria promocional es un recurso únicamente a la altura de lo grandes, como podría ser un Aaron Sorkin, una Diablo Cody o una Gillian Flynn, pero es que Curtis ha hecho méritos suficientes para aguantarles la mirada a todos ellos sin pestañear.

Como estos otros guionistas, Curtis también ha hecho sus pinitos como realizador, pero ya que anunció su retirada de estas labores paralelamente al estreno de Una cuestión de tiempo, le ha querido dejar hueco a Boyle. Algo que no ha impedido que Yesterday resulte ser una película puramente Curtis, repleta de sus tics y de unos rasgos de estilo que se vislumbran a kilómetros, y ante los cuales se ha doblegado la puesta en escena del autor de Trainspotting. Yesterday, por tanto, parece destinada a arrasar y a cautivar a los espectadores como sólo puede lograr el llamado rey de la comedia romántica… que empezó su carrera haciendo sátiras de un humor negrísimo y misántropo.

El camino hacia el buen rollo

Los inicios de Curtis, en efecto, distan mucho de esas historias bienintencionadas por las que se haría famoso, y es imposible entenderlos sin la presencia de otro talento humorístico al que tampoco asociaríamos de primeras con artilugios punkys y salvajes: Rowan Atkinson. Ambos se conocieron cursando en la Universidad de Oxford y de inmediato empezaron a actuar juntos, participando tanto en obras de teatro como en espectáculos de humor improvisado de los que, a finales de los setenta, acabó surgiendo su primer éxito: The Akinson People.

Se trataba de una serie radiofónica de humor escrita por Curtis e interpretada, imitando distintas voces de personajes famosos, por Atkinson. Tras una corta emisión fue sustituida en la parrilla por el serial de Guía del autoestopista galáctico desarrollado por Douglas Adams antes de dar pie a la saga de novelas del mismo nombre, pero el dúo ya había encontrado otro sitio donde recalar y pasear su vena cáustica. Un año después Curtis y Atkinson saltaban a la televisión para ponerse al frente de Not the Nine O’Clok News, informativo de carácter paródico que en 1983 acabaría dando lugar a Blackladder, acaso la primera obra maestra de Curtis.

Blackladder, cuya andadura se prolongaría hasta 1989, se convirtió en un producto alabado unánimamente por público y crítica, hechizados por la sátira de diversas épocas históricas que había manufacturado Curtis (escritor de la totalidad de sus episodios), bien acompañado del talento escénico de su inseparable Atkinson. No obstante, ya entonces a Curtis empezaba a mosquearle cómo su colega se llevaba casi todos los elogios por este tipo de productos, y este pensamiento acabó derivando en su primer guion cinematográfico.

Contando con la financiación de Working Title, productora asociada a Universal Pictures que se haría cargo de casi todas sus películas a partir de entonces, Curtis desarrolló la historia de Un tipo de altura, estrenada en 1989 con Jeff Goldblum en el papel protagonista. Que supusiera el debut de Curtis en estas lides no le impidió dar pie a un producto furiosamente de autor, donde la presencia del realizador Mel Smith era poco menos que testimonial: Un tipo de altura contaba la historia del propio Curtis, y de su rivalidad con Rowan Atkinson.

De hecho, el mismo Atkinson aparecía en la película interpretando a su álter ego Ron Anderson. Su dúo cómico con Dexter King (Goldblum) obedecía a las dinámicas habituales de tipo alocado frente a tipo serio, estando Dexter harto de tener que ser siempre este último, y de la escasa fama que le reportaba. No obstante, aunque el film contara con mimbres suficientes para convertirse en una especie de Muertos de risa a lo brittish, ya entonces Curtis empezó a apartarse de ese aguerrido nihilismo que atesoraba su obra televisiva, y todo gracias al amor.

Un tipo de altura pretendía ser una amarga comedia sobre el mundo del espectáculo y el ego, pero estas ambiciones eran fagocitadas en el momento en que Curtis introducía un interés amoroso para su criatura: la enfermera Kate Lemmon, encarnada por Emma Thompson. Su romance con Dexter King, como tantas otras veces ocurriría en su filmografía, era sólo entorpecido por las distracciones del mundo exterior y el ensimismamiento del personaje de Goldblum, pero se encaminaba a un final forzosamente feliz que oficiaba de consuelo y retribución.

Richard Curtis, en efecto, llegó a esto de la comedia romántica por la puerta de atrás, y sin apenas darse cuenta de lo que hacía. Según él, esto es justo lo que le pasó en su siguiente película: Cuatro bodas y un funeral, estrenada en 1994 y actualmente con un remake televisivo en marcha.

“¿Sigue lloviendo? No me había dado cuenta”

La totalidad de la obra de Curtis se compone de un buen número de momentos capaces por sí solos de resumir su visión cinematográfica, pero Cuatro bodas y un funeral cuenta con la particularidad de conseguirlo a cada segundo. Dirigida por Mike Newell (otro profesional que, como Mel Smith o más tarde Danny Boyle, sabe que lo mejor es dejar que Curtis lleve la batuta), es la primera película donde el guionista británico da plena cuenta de sus inquietudes temáticas, así como de los puntos fuertes de su cine.

Por supuesto, ya estrenando Un tipo de altura hubo quien pensó que el despiadado guionista responsable de Blackladder se había domesticado en función a un optimismo que no se le acababa de ajustar, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, como para ir preparando el terreno, en 1985 Curtis ya se había asociado con Lenny Henry para crear una iniciativa tan encomiable como Comic Relief, asociación benéfica comprometida a combatir el hambre en Etiopía que años más tarde dio pie al famoso Red Nose Day.

La faceta humanitaria de Richard Curtis es inseparable de la importancia de su personalidad en Reino Unido, y atestigua que nuestro hombre no precisó de mucho tiempo para apartarse de la oscuridad de sus primeras obras y afrontar un futuro prometedor, consciente de los problemas del mundo pero convencido de que las cosas podrían cambiar. Una ambivalencia que es perfectamente visible en Cuatro bodas y un funeral, esa comedia romántica “por accidente”, que escribió pensando inicialmente en un relato coral.

En una entrevista para GQ, Curtis confesó que su forma de inspirarse a la hora de crear sus historias era invitar a varios amigos a cenar a casa y, una vez pasaban las 11 de la noche y todos estaban borrachos y contentos, limitarse a registrar los chistes que iban surgiendo. Es algo notorio en gran parte de sus films, pero especialmente en el de Mike Newell, cuya historia se desarrolla en torno al grupo de amigos de Charles (Hugh Grant) y Carrie (Andie McDowell) asistiendo a los eventos que enumera el título.

Cada uno de estos personajes supuestamente secundarios está excelentemente perfilado y es capaz de robar la película en algún momento, como sucede en la famosa escena del Funeral blues donde Matthew (John Hannah) homenajea a su pareja muerta mediante los versos de W.H. Auden. “Ya no quiero las estrellas, apagadlas todas (…) porque ya nunca nada podrá acabar bien”, recita, y ante la potencia de algo así resulta milagroso que el romance central entre los protagonistas no llegue a ser eclipsado.

Curtis hace equilibrismos entre subtramas y al final consigue lo que pretende, que es que el romance de Charles y Carrie sea más poderoso gracias al contexto detallado en el que ha surgido. Estos personajes no están solos en el mundo, sino que sufren y se preocupan por sus amigos, y de este modo las distintas dificultades que han de superar para estar juntos pasan por realistas y mundanas incluso aunque parte de los conflictos sean propios de un episodio de Friends. O, más bien, serían propios de esta en el futuro, pues las dudas de Charles en el altar antecedieron las de Ross.

Cuando al final de Cuatro bodas y un funeral se declaran amor eterno, la lluvia que moja a Andie McDowell son los problemas que le ha llevado hasta allí y los problemas que se vislumbran en el futuro de la pareja. Y, por eso, que ella asegure no darse cuenta de que sigue lloviendo es toda una declaración de intenciones. Porque por mucho que los más críticos al viraje de Curtis pensaran lo contrario, no hay nada complaciente en ser optimista.

Atrapado en el mainstream

Cuatro bodas y un funeral se convirtió en la película más taquillera de Gran Bretaña, lo que a su vez convirtió a Curtis en uno de los guionistas más cotizados de su país. No obstante, el éxito cinematográfico no motivó que se apartara del medio televisivo o pusiera fin a su relación con Rowan Atkinson (mucho más cordial de lo que daba a entender Un tipo de altura), y así pasó que en 1990 ambos crearon el personaje de Mr. Bean.

Más o menos. Atkinson ya había esbozado al personaje durante sus días en Oxford, pero en su paso a TV este pudo beneficiarse de la sensibilidad de Curtis. Así, las situaciones cómicas a las que daba lugar este personaje estaban inspiradas en el humor torpón de Jacques Tati o el Peter Sellers de El guateque, pero al mismo tiempo se hallaban bañadas por la ternura que inspiraba este protagonista: un niño atrapado en el cuerpo de un adulto cuyo traslado a la gran pantalla motivó la tercera película destinada a los cines escrita por Curtis.

Bean, lo último en cine catastrófico fue estrenada en 1997 y enriqueció la psicología de su protagonista al rodearlo de otros personajes que trataban de entenderlo y cuidar de él. El amigo Richard, curtido en la escritura de relaciones personales, diseñó para la ocasión una preciosa camaradería entre Atkinson y el personaje de Peter MacNicol, que llegaba a una suerte de culmen en la escena donde estos dos, borrachos como cubas, cantaban Yesterday. Momento importante del cine de Curtis no sólo por su carácter profético, sino por la presentación de la música como un elemento imprescindible en la felicidad que los personajes buscan alcanzar desesperadamente.

Desde entonces, prácticamente cada película de Curtis puede ser identificada con una canción, como en 1999 pasaría con su segundo bombazo: el She de Elvis Costello ambientando la melancolía de Notting Hill. Dirigida por Roger Michell, aquí nuestro hombre renueva su interés por ambientar romances dentro de historias corales, pero hay un mayor esfuerzo de concreción, incluso clasicismo, al presenciado en Cuatro bodas y un funeral.

Ambientada en el barrio donde el amiguete tiene la suerte de vivir, el film protagonizado por Hugh Grant y Julia Roberts va replicando todos los puntos que en el film de Newell funcionaban obscenamente bien, desde la escena donde un personaje secundario se luce y convierte en icónica (Rhys Ifans distrayendo a los paparazzis), hasta la imprescindible declaración amorosa que deja frases para el recuerdo. “Sólo soy una chica parada frente a un chico pidiéndole que le ame”, le dice la superestrella Anna Scott (Roberts) al tontolaba de Hugh Grant, para más tarde confirmar que esos dos tienen futuro con una sencilla y preciosa palabra: “Indefinidamente”.

El taquillazo de Notting Hill terminó de consolidar el estatus de Curtis, y empezaron a llegar los encargos. Su amistad con Helen Fielding motivó que escribiera un tratamiento cinematográfico de su novela El diario de Bridget Jones (2001), pero tuvo el buen tino de pedir ayuda al guionista Andrew Davis. Bridget Jones era, en esencia, una actualización del legendario Orgullo y prejuicio de Jane Austen, por lo que lo más sensato era recurrir a uno de los responsables de la exitosa miniserie (protagonizada también por Colin Firth) emitida en 1995.

Sin embargo, es a partir de El diario de Bridget Jones (otro éxito, para variar) donde se puede percibir cómo Curtis se acomoda en su papel de guionista asalariado, y su personalidad se va diluyendo en proyectos sin grandes ambiciones creativas. Como demuestra precisamente Bridget Jones: Sobreviviré, la secuela estrenada en 2004 del film protagonizado por Renée Zellweger, que expande sin mucho sentido la historia de la protagonista. Dado lo ocurrido con Daniel Cleaver (otra vez Hugh Grant perfeccionando su rol de capullo integral) en el film anterior, era poco creíble imaginarse a Bridget volviendo a tener dudas sobre sus sentimientos hacia él, como también lo sería imaginar a Elizabeth pensando en volver con Wickham.

Pero la pasta es la pasta. Y por ello que Curtis se animó a escribir otra secuela, Las vacaciones de Mr. Bean (2007), que nuevamente malograba las esencias del film precedente. La diferencia es que ahora lo hacía por propio impulso autoral, ya que el guionista, como si se tratara de una comedia romántica de las suyas, se empeñaba en rodear a Mr. Bean de otros personajes sin lograr emular la camaradería descrita por Bean, lo último en cine catastrófico.

La introducción de Curtis en la industria no sólo acabó derivando en films deficientes, sin embargo. En 2011, por ejemplo, Steven Spielberg le encargó personalmente que reescribiera la historia de War Horse, desarrollada por Lee Hall, y aunque es cierto que entre las múltiples virtudes que tiene este extraordinario film el guion no es una de ellas, no le vino nada mal para engrosar currículum. O, al menos, le vino algo mejor que la terrible Trash, ladrones de esperanza (2014), escribiendo para Stephen Daldry con la idea de encauzar sus propósitos solidarios en una película que, sin embargo, nunca podía despegarse de su tono irritantemente paternalista.

Por suerte, Richard Curtis ya había empezado a dirigir sus propias películas.

Hazlo tú mismo

“Siempre que me siento pesimista por cómo está el mundo pienso en la puerta de llegadas del aeropuerto de Heathrow. La opinión general es que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así. A mí me parece que el amor está en todas partes, que siempre está ahí”.

Con este monólogo comenzaba Love Actually, la primera película de Richard Curtis como director. Acaso porque era consciente de la importancia histórica de la empresa, el británico quiso inaugurar su debut por todo lo alto: con un conjunto de frases que resumían la filosofía de su cine (tan edulcorada como, en cierto modo, valiente), y que daban paso a una narrativa no menos ambiciosa. Compuesta por multitud de pequeñas historias entrelazadas, a día de hoy sigue siendo un milagro que Love Actually emocione en la medida que lo hace.

No sólo debido a los distintos códigos humorísticos que maneja (del ingenuo de las historias de Hugh Grant y Liam Neeson al más socarrón existente en los tramos de Bill Nighy y Martin Freeman) y que prueban la buena mano que Curtis conservaba para la comedia pura, sino por los tonos. Love Actually cuenta historias de amor destinadas a un final feliz de cuento de hadas, pero también muestra interés por relatos algo menos luminosos, como aquel en el que Alan Rickman le es infiel a Emma Thompson, y que no parece casualidad que sea el mismo al que ha invitado a unirse a su amigo Atkinson, reflejo de sus años más ominosos.

A través de esta historia, Curtis vuelve a retratar escenarios destruidos por la mezquindad de las personas y los pone en contraste con el amor que puede tratar de paliarla, manejando un sentido tragicómico enormemente estimulante que no cultivaba tan bien desde Cuatro bodas y un funeral. Su siguiente película como director, sin embargo, se apartó totalmente de estos postulados, y se centró con exclusividad en una de sus facetas menos exploradas hasta ahora. La melómana.

Radio encubierta pertenece al escueto conjunto de fracasos económicos de Richard Curtis, pero pertenece con la cabeza bien alta, y se preocupa de cultivar un discurso extrapolable a toda la filmografía del guionista. Centrada en una emisora de radio pirata que en 1966 llenó de euforia y bailes enloquecidos las vidas de los británicos, la película tiene un reparto tan extenso como Love Actually y conduce el interés de Curtis por los relatos corales a su máxima expresión, quedando recluido a un solo y limitado escenario (el barco desde donde emiten).

La película, por lo demás, es demasiado larga y no consigue disimular que sus productores se han gastado demasiado dinero en derechos de temazos, cayendo el guion en numerosas escenas contemplativas cuya única justificación es que casen bien con el gusto musical de Curtis. Hay ocasiones, no obstante, en que esta combinación da lugar a momentos realmente hermosos, como cada vez que la cámara sale del barco para entrar en los hogares de los oyentes de Rock Radio o cuando So Long, Marianne ambienta el primer desengaño amoroso de James (Charlie Rowe), para a medida que pasen los segundos y sucedan los acordes de Leonard Cohen consiga superar esta tristeza.

La función terapéutica de la música, no obstante, alcanzaría su perfección formal en la que es, sin duda alguna, la más perfecta de las películas de Richard Curtis. Esta es Una cuestión de tiempo, dirigida y escrita por él, y de entre todo su maravilloso metraje destaca la secuencia de Il mondo. La boda de Tim y Mary (Domhnall Gleeson y Rachel McAdams) tiene lugar a mitad de la película como queriendo certificar de una vez por todas lo poco que le interesan realmente a Curtis las comedias románticas, y los problemas que encuentra la ceremonia son sorprendentemente ambientados por esta memorable canción de Jimmy Fontana.

Sopla un viento del carajo, comienza a llover, y los invitados a la boda han de correr tratando de no mojarse y de que sus vestidos aguanten la jugarreta. Tim y Mary corren en medio, sin dejar de reír, y su actitud contrasta con lo que, teóricamente, unos novios habrían de sentir en una situación de este estilo. La boda se ha echado a perder, como quien dice, pero ellos no dejan de reír. E Il mondo no deja de sonar. Porque el amor y la música son capaces de sobreponerse al caos, y si eres consciente de esto lo único que puedes hacer es reír. Sin parar.

Haceos un favor y volved a ver esta escena.

All my troubles seemed so far away

Hay una relación fundamental entre Una cuestión de tiempo y Yesterday, y esta no se reduce a la increíble coherencia que sostiene la obra de Richard Curtis, y que conduce a que en su último film como director latan las mismas inquietudes por disfrutar del momento y buscar la felicidad que se rastrean hasta Cuatro bodas y un funeral. El parentesco más significativo, en cambio, es cómo Curtis envuelve sus sempiternas temáticas en un argumento más arriesgado de lo habitual, al que no le preocupa coquetear con la fantasía o la ciencia ficción.

Una cuestión de tiempo tiene viajes en el tiempo, sí, pero esto solo es una herramienta para alternar escenas como la descrita antes o ese delicado momento en el que Gleeson y su padre Bill Nighy (cuya relación es el verdadero corazón de la película) aprovechan sus poderes para pasar una tarde en la playa cuando el primero era niño y el segundo más joven. El elemento de los viajes en el tiempo, tan sobreutilizado en el mainstream, sólo obedece a las reflexiones que quiere desarrollar Curtis, y deriva en esa fábula deliciosamente vitalista que supuso su despedida de la realización.

Es la misma jugada efectuada en Yesterday, a cargo de un high concept capaz de invocar toda la financiación del mundo en pocos minutos. Un mundo donde la gente ha olvidado a los Beatles, pero un músico sin éxito (Patel) es capaz de recordarlos y tocar sus canciones, y aprovechar para relanzar su carrera. Es algo que se vende solo, y cuyo primer tráiler obviamente desató una histeria colectiva hace unos meses, pero que a la larga no acoge más trascendencia que la de un punto de partida.

¿Un punto de partida hacia dónde? Pues a una historia típica, furiosamente, made in Curtis. Persiste el grupo de amigos. Persiste la mujer a la no le importa confesar su amor (interpretada por una Lily James con la que además ya trabajó el año pasado, cuando Curtis ideó el esqueleto de la estupenda Mamma Mia! Una y otra vez). Persiste el pobre hombre incapaz de ver lo que tiene delante, obnubilado por una serie de problemas que a la larga no significan gran cosa. Por mucho que seas el único que puede mantener vivo el legado de los Fab Four.

Con unos rasgos tan marcados en el guion, es obvio que a la dirección de Danny Boyle no se le permite respirar, y el empeño de este realizador por gritar “estoy aquí” a través de sus típicos planos aberrantes y sus montajes desquiciados acaba derivando en las mayores fallas de Yesterday. Aunque tampoco importe gran cosa porque asumámoslo: el film protagonizado por Himesh Patel no es lo mejor que ha alumbrado la mente de Curtis. Ni de lejos.

¿Pero importa acaso? Yesterday sigue conservando su magia en pequeñas dosis, y la maniobra de distracción a la que obedece el high concept se imbrica punto por punto en esa necesidad de la música a la que Curtis lleva aludiendo años y años. Una necesidad que tiene poco de épica y mucho de mundana, y por eso es tan brillante que la canción que suena en su escena final sea Ob-La-Di, Ob-La-Da: uno de los temas menos celebrados de la banda de Liverpool, que aquí sirve para enmarcar la parte menos glamurosa de los romances, pero la parte que siempre le ha interesado más a este escritor deslumbrante.

Y es lo que pasa después de que esos romances se consolidan. La vida que, como cantan los Beatles sobre el idilio de Desmond y Molly, goes on.

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