Todas las vidas de Musidora

Vamp, actriz y musa, cineasta y productora, acérrima taurina y diva inigualable, nos detenemos en los diferentes perfiles de la artista tras el homenaje del Cinema Ritrovato 2019.

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26 de julio de 2019

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  • “¿Cómo fui capaz de conquistar mi lugar como estrella en el firmamento cinematográfico?”, se preguntaba Musidora en las páginas del número de junio de 1942 de Ciné-Mondial. Nacida Jeanne Roques (París, 1889), Musidora conquistó el cielo del séptimo arte gracias a su imagen de turbadora femme fatale –su silueta misteriosa, sus ojos inmensos– en los años del cine silente.

    Pero Musidora fue en vida y en el cine mucho más que una vamp. Realizadora, productora, aventurera, apasionada de España, del País Vasco, de Andalucía y también la tauromaquia, además de, ya en los últimos años de su vida, figura clave en la recuperación del patrimonio del cine mudo francés, la vida de Musidora es la de una pionera total, tanto en el ámbito profesional del cine como en el personal.

    Por todo ello, y a propósito del reciente homenaje que el Cinema Ritrovato de Bolonia le dedicó en su última edición con motivo de la restauración de La capitana Alegría (Pour Don Carlos,1921), guionizada y co-dirigida por la actriz, y del próximo ciclo que le dedicará la Cinémathèque Française en el invierno de 2020, repasamos todas las vidas de la diva, desde sus inicios en el music hall hasta su rol en la cimentación de la propia Cinémathèque.

    De Jeanne Roques a Musidora

    Jeanne Roques se convirtió en Musidora a través de su pasión por el teatro. La joven había nacido en el seno de una familia cultivada y llegó a realizar estudios de pintura, pero las tablas iban a ser el escenario en el que vehicularía su gran salto al espectáculo.

    Así le contaba la propia Musidora al periodista y guionista Francis Lacassin, cómo tomó su nombre artístico de la obra de la obra Fortunio. La muerta enamorada, de Théophile Gautier: “Leí Fortunio, de Gautier. Escogí el nombre de la heroína “Musidora” y comencé a vivir en un sueño. Me conmovió la “fe”: la escena, el telón que se levanta, la rampa, el maquillaje y los decorados, toda esta religión del “lo inventado”. Quería estar a su servicio… Y aprendí mi trabajo como una artesana”.

     

    Icono de la Belle Époque

    Los primeros pasos profesionales de Musidora fueron como actriz en el music hall, el celebrado y febril espectáculo de variedades donde gommeuses, artistas bohemios y ricos empresarios confluían noche tras noche durante los años de la Belle Époque parisina. Del Teatro de la Étoile al La Pie qui chante, el Ba-Ta-Clan y el Folies-Bergère, en esos años Musidora conoció a la escritora Colette, que pronto se convirtió en amiga y cómplice, y quien adaptaría para ella la historia de La vagabonde (1910).

    Los años del music hall catapultaron a Musidora como icono de la Belle Époque. En 1913, la compañía Pathé rodaría una pieza cinematográfica sobre varios espectáculos del Folies-Bergère y entonces se fraguaría el encuentro de una de las más fértiles colaboraciones de la historia del cine, el cine de Louis Feuillade con Musidora.

    De este modo lo recordaba la artista en las páginas de Ciné-Mondial (1942): “Hay que remontarse al año 1913. Ya tenía un poco de presencia en el cartel del Folies-Bergère, cuando el Sr. Gaumont y el Sr. Feuillade se perdieron una noche en esta deliciosa sala de espectáculos. Allí interpretaba a Virginie, aunque ciertamente no como había sido concebida por [Henri] Bernardin de Saint-Pierre. Las hojas de Troya bordadas en el tul ocultaban mi rostro y quince hebras de hierba hacían adivinar mi ombligo. Mi cara mostraba un gran aire de pureza y candidez, y esa candidez me ayudó a ser invitada al estudio de Gaumont para de ahí partir hacia Palestina y trabajar en una película sobre la Santísima Virgen. Tenía curiosidad por conocer los estudios de la Gaumont, en la Rue de la Villette, pero estaba muy decidida a no ir a Palestina […]”.


    Musidora en una imagen promocional de Lagourdette, gentleman cambrioleur, de Louis Feuillade (1916), en Ciné-Journal (diciembre de 1916) – Gallica/BNF

     

    La vampira

    Durante sus años en la Gaumont, Musidora participó en unos 30 filmes realizados por Louis Feuillade, los más conocidos, los seriales Les vampires (1915) y Judex (1916). Les vampires fue la gran sensación de la época, en buena parte debido a la presencia fascinante de Musidora. En la película, la artista interpretaba en los episodios 3 (Le Cryptogramme rouge) y 6 (Les Yeux qui fascinent) a la misteriosa Irma Vep, convertida en icono gracias al mono negro de seda ajustadísimo que vestía, y, con ello, en emblema de un erotismo perturbador y diabólico.

    Acusada de violenta y hasta censurada por la prefectura de policía local, Les vampires elevó a Musidora al estatus de estrella total, al de mito. No está del todo claro si la palabra vamp, abreviatura de vampiro, se incorporaría al léxico cinematográfico a raíz de la película de Feuillade, porque tal y como recuerda la investigadora de la Cinémathèque Française Marién Gomez Rodriguez, “en la serie de Feuillade, los vampiros son una sociedad secreta criminal y no unos chupasangres y seres no-muertos”. Con todo, no cabe duda de que su interpretación de Irma Vep iba a marcar la estética de una nueva feminidad y un ideal de fotogenia.

    “Se tiene que ser ‘fotogénica’ de los pies a la cabeza. Entonces puedes permitirte tener talento”, firmaba Musidora en las páginas de Cineá (agosto de 1921), revista dirigida por Louis Delluc. (Public Domain).

     

    La décima musa

    “De alguna manera, Musidora es la mujer moderna. La figura que representa es lo opuesto a la conciencia”, escribió André Breton, padre del grupo surrealista de París, sobre la actriz. Breton se enamoró de la diva nada más verla en Les vampires, de Feuillade, aunque su pasión continuó fuera de las salas de cine para expandirse hacia los escenarios teatrales.

    Es conocida la anécdota protagonizada en julio de 1917, durante una representación de la obra Le maillot noir con Musidora sobre el escenario. En un momento dado, Bretón lanzó un ramo de rosas a escena con una nota manuscrita que decía: “¿Qué poeta no se sentiría honrado de tenerla como intérprete? ¿Cómo decir lo que has venido a encarnar para algunos: ¡qué hada moderna adorablemente dotada para el mal, pueril! ¡Oh, tu voz de niña!”.

    El otro padre del surrealismo, François Aragon, la bautizaría por su parte como la décima musa en un texto de 1919 para Le Film: “Podría mencionar la exaltación que buscábamos, nuestro grupito de amigos jóvenes y libres de prejuicios literarios, cuando la décima musa, Musidora, protagonizaba en la pantalla la epopeya semanal Los vampiros”.

    Y con tal derroche de elogios, no es de extrañar que Breton y Aragon cristalizaran su pasión desbordada por la actriz en la pieza teatral Le trésor des jésuites (198), que rinde homenaje a Musidora a través del personaje de Mad Souri, y que lleva a la ficción el polémico asesinato real de un oficinista de las misiones católicas francesas en febrero de 1928. Mad Souri, por cierto, es la asesina de la víctima en la obra surrealista.

    Musidora en una imagen de la revista francesa Comedia Illustré (febrero de 1920) – Gallica/BNF

     

    Cineasta y productora

    Convertida en toda una celebridad, era cuestión de tiempo que Musidora saltara al otro lado de la pantalla, máxime si atendemos a que la artista también dejó blanco sobre negro su discurso crítico en relación al séptimo arte en varias revistas del gremio, como por ejemplo el magazine Comedia Illustré.

    Tras un par de filmes algo frustrantes, Minne (1916) y La Vagabonde (1917), adaptaciones de obras de Colette, la artista se da cuenta de lo difícil que es mantenerse autónoma, tanto económica como creativamente y decide fundar la Société des Films Musidora, con el fin de tener independencia económica y continuar el camino emprendido por las cineastas Alice Guy y Germaine Dulac. Escribiría y rodaría La Flamme cachée (1918), junto a Roger Lion, y Vincenta (1919), película con la que Musidora descubriría nuestro país.

    España (y los toros)

    “Nuestra España no cesa de dar asuntos a las cinematografías extranjeras. Después de Sangre y arena, de Blasco Ibáñez, se está filmando en Madrid según anuncian pomposamente las revistas profesionales francesas, otro «film» de verdadero asunto español. Se titula La tierra de los toros («La terre des toros») y son sus protagonistas la conocida artista Musidora y el célebre «toreador» don Antonio Cañedo. El principal momento de la película es—no podía ser de otro modo—una corrida sensacional. ¿No resultará como otras tantas una «españolada» verdaderamente lamentable?”, se anunciaba en diciembre de 1923 la sección Vida cinematográfica de La Vanguardia.

    La tierra de los toros es la tercera y última película de Musidora en España; país que marcaría tanto profesional como personalmente a la artista durante los cinco años que vivió. Había visitado el País Vasco durante el rodaje de Vincenta, cuyos exteriores se rodarían en varias localidades de Euskadi, como explica el historiador Koldo Larrañaga; pero Musidora aparece en los anales históricos del cine vasco por haber co-dirigido, junto a Jacques Lasseyne, la primera película de temática carlista de nuestro cine y una de las primeras cintas de ficción del cine vasco: La capitana Alegría (Por Don Carlos) (1921), co-dirigida con Jacques Lasseyne, pseudónimo del aristócrata Jaime de Lasuen.

    Basada en una novela de Pierre Benoît, La capitana Alegría nos lleva al conflicto entre Carlistas y Borbones a finales del siglo XIX a través del personaje de Alegría Detchard, fiel partidaria de Carlos V, y de su relación con Olivier de Préneste, a quien la joven habría suplantado para capitanear la rebelión contra las fuerzas borbonas.

    Musidora como La capitana Alegría, en una imagen extraída de la revista Cineá. (Public Domain).

    La versión definitiva de La capitana Alegría medía casi 2500 metros –más de tres horas de duración–, aunque en Madrid se estrenó una más corta por motivos comerciales obvios, y la película significaría un punto de inflexión en su carrera, que se desarrollaría a partir de entonces y hasta 1926 en nuestro país. La cinta también sería el encuentro de la artista con el torero Antonio Cañero, quien trabajó de consejero en el filme y de quien se enamoraría.

    “Hoy, tras el almuerzo, hablé mucho. He hablado de Andalucía. Como puedo. Como la amo. Como tú, mi amor”, le escribía Musidora a Cañero en una misiva de octubre de 1922, y sin duda estupendo ejemplo del fervor que sentiría la actriz por el sur de España y su imaginario; un fervor que plasmaría en Sol y Sombra (1922), segunda colaboración con Lasseyne , y en La tierra de los toros, performance escénica y cinematográfica en cinco actos que firmaría ella sola y que interpretaría junto a Cañero, y del que quedaría como testimonio un peculiar filme, en la frontera entre el documental y la ficción, que no tendría demasiada buena acogida.

    Musidora regresaría a Francia en 1926 con el corazón roto y dejando huella en nuestro país, porque, aparte de los tres filmes realizados en España (y de temática patria), la artista también llegó a posar para el pintor cordobés Julio Romero de Torres. En Retrato de la Musidora (1922) vemos a la modelo recostada y cubierta con un mantón, a excepción del pecho, como si fuera una diva de la copla bajo los sensuales colores del artista, aunque la mirada indolente de vamp la delata. El cuadro, que Romero de Torres vendió con bastante celeridad –para disgusto de Musidora–, se encuentra actualmente en Buenos Aires.

    Retrato de la Musidora (1922), de Julio Romero de Torres.

    Piedra angular de la Cinémathèque Française

    Musidora se casaría al año de su regreso a París con el doctor Clément Marot, de quien se divorciaría en 1944. Para entonces, la artista comenzó a alejarse del séptimo arte para dedicarse a las artes escénicas y a la escritura (escribió dos novelas, Arabella y Harlequin en 1928, y Paroxysms en 1934, además de poemas, canciones y cuentos).


    Musidora y su marido Clément Marot, celebrando el bautismo de un cachorro de león en 1927. (Agence Rol/Gallica BNF/Public Domain).

    Pero los últimos años de Musidora están consagrados a la consolidación de la Cinémathèque Française, creada en 1936 por Henri Langlois y Georges Franju. Musidora no sólo confío en el tesón del cineasta y del coleccionista de cine al depositar buena parte de sus películas y sus archivos, sino que se convirtió en una de sus más activas promotoras al fundar la Comisión de Investigación Histórica de la cineteca, de carácter multidisciplinar al combinar clases magistrales para animar a otros nombres propios del cine silente a que apoyaran a la recién nacida institución

    Desde 1942, la artista también trabajó como jefa del departamento de prensa y documentación de la Cinémathèque, hasta que el 7 de diciembre de 1957 falleció a causa de problemas cardíacos en el Hospital Broussais de París. El mundo del séptimo arte lloraba a su décima musa, a un icono vanguardista que nació con el cine –el mismo año que Chaplin y la Torre Eiffel, como llegaría a decir la artista– y que murió contribuyendo a construir su Historia.