#TERRORMANÍA: ¿Por qué nos gusta tanto el terror de los 70?

La década de la música disco también generó los sustos más memorables del cine. Te explicamos por qué fue así.

Por - 10 de marzo de 2015

En la lista de mejores filmes de terror de la historia que CINEMANÍA en su terrorífico número especial, los títulos estrenados en los años 70 son mayoría. Desde lo más arty (Arrebato, Cabeza borradora, Amenaza en la sombra) y los clásicos indiscutibles (El exorcista) hasta la ilustre casquería del giallo italiano, pasando por los primeros triunfos de maestros como Cronenberg Brian De Palmala década de la crisis del petróleo, la música disco y los pantalones de campana estuvo también llena, por lo que se ve, de miedos memorables. ¿Por qué fue así? ¿Qué provocó tanto pavor, y tan bueno, durante esos diez años de celuloide? Nosotros nos hemos devanado los sesos haciéndonos estas preguntas, y ahora te ofrecemos las respuestas.

Calles de fuego, cines de miedo

Para empezar, y nostalgias aparte, los 70 fueron una década muy chunga tanto en EE UU como en Europa. Y, si nos ponemos, en todo el mundo. Al otro lado del Atlántico, la Guerra de Vietnam seguía revolviendo conciencias (y estómagos), a base de reclutamientos forzosos e imágenes atroces en los noticiarios, hasta su conclusión en abril de 1975, mientras que un monstruo muy feroz llamado Richard Nixon instalaba sus reales en la Casa Blanca. En nuestro continente, la resaca de los movimientos sociales de los 60 trajo consigo mucha agitación, y también mucha violencia: en Italia, uno de los países europeos más fecundos en cine de sustos, transcurrían los llamados ‘Años de Plomo’, un período de crisis económicas y terrorismo (de extrema izquierda, y también de extrema derecha) que habría de prolongarse al menos hasta 1980. En cuanto a España, dejémoslo en que entonces se vivía ese carnaval político sin gracia alguna llamado tardofranquismo. Con tanta bulla en el mundo real, no debería sorprendernos que la pantalla se contagiara de inquietud, incertidumbre y otras emociones próximas al terror…

Contracultura, contra natura

Ya que hablamos del legado de los 60, cabe comentar también que la ‘década prodigiosa’ había dejado un buen poso de espantos: en 1969, los crímenes de la ‘Familia Manson’ no sólo segaron la vida de Sharon Tate, esposa de Roman Polanski y actriz secundaria en El baile de los vampiros, sino que también provocaron un supino clima de paranoia donde había lugar para las sectas (satánicas o no), los allanamientos de morada, las drogas como propiciadoras de conductas asesinas… Vamos, que los hippies y otros ‘hijos de las flores’ habían pasado de figuras pintorescas a monstruos potenciales, tal y como nos revela Wes Craven en La última casa a la izquierda. A lo cual hay que sumar un renovado interés en el esoterismo, que infectó primero al cine underground de autores como Kenneth Anger para después pasar a las producciones generalistas. Así, mientras Led Zeppelin Black Sabbath esgrimían símbolos cabalísticos en su ascenso al estrellato del rock, obras maestras como El exorcista, El hombre de mimbre Suspiria nos devolvían al Maligno y a sus acólitos como villanos de cine, vistiéndoles con nuevos ropajes pero manteniendo su poder para generar pesadillas.

La nueva ola de la nueva ola

A primera vista, un trabajo tan clásico como Tiburón, un desparrame hormonal como Carrie y una obra tan inclasificable como Amenaza en la sombra tienen poco en común, aparte de tratarse de tres peliculones de mucho miedo. Pero, ¿tan seguros estamos de esa falta de parentesco? Pensémoslo mejor, y hallaremos que el terror de los 70 se aprovechó mucho, y para bien, de sus conexiones con el cine de vanguardia y los movimientos en la periferia de la industria. Por una parte, tanto a Steven Spielberg como a Brian De Palma se les encuadra dentro del ‘Nuevo Hollywood’, esa corriente de directores jóvenes, gamberros y muy cinéfilos a la que también pertenecieron William Friedkin (El exorcista), Scorsese Coppola, entre otros titanes: tan amantes de los viejos maestros como proclives a jugársela (bueno, en el caso de Spielberg, un poco menos…), estos cineastas habían afilado sus colmillos en el underground y en la serie B, así que abordaban el cine de género con inusitada frescura. En el caso de Nicolas Roeg, y también en el de otros directores como Iván Zulueta (Arrebato), nos encontramos con la apropiación de novedades debidas a la Nouvelle Vague y demás corrientes radicales: en las películas de Godard, Bergman Brakhage podían aprenderse recursos que, empleados con tino, se traducían en sustos de órdago para el espectador.

El renacer de los engendros

Cuando se estrenó Drácula 73, ni siquiera los más encallecidos fans de Christopher Lee, Peter Cushing y las producciones Hammer en general pudieron quedarse impasibles ante semejante bodrio: catorce años después del primer Drácula de Terence Fisher, y más de cuatro décadas después de la película de Tod Browning Bela Lugosi, modernizar al conde transilvano era una empresa ociosa, en el mejor de los casos, e inútil, en el peor. Así, aunque los 70 sigan proporcionándonos grandes muestras de horror clásico (Frankenstein y el monstruo del infierno, sin ir más lejos), también engendran nuevos monstruos, de factura más moderna y funcional. En esta cosecha entran desde nuestros queridos zombies (siempre guiados por su máximo codificador, George A. Romero) hasta los asesinos en serie, como el Michael Myers pergeñado por John Carpenter para La noche de Halloween, pasando por los palurdos con motosierra de La matanza de Texas  Las colinas tienen ojos o, por supuesto, esa amenaza xenomorfa del espacio exterior a la que se enfrentan los protagonistas de Alien, el octavo pasajero. Muchas de estos engendros tienen precedentes ilustres, es cierto, pero es en el momento que nos ocupa cuando adoptan sus rostros definitivos, aquellos por los cuales les conocemos ahora… y por los que seguiremos conociéndoles, hasta que algún guionista avispado halle la forma de darles otra vuelta de tuerca.

Nuevos mapas del infierno

Si empleamos ahora este epígrafe (que nos presta amablemente don Kingsley Amis), es por una buena razón: en los 70, gracias a la inspiración de señores como Stephen Kingel cine de terror aprende que su ámbito no tiene por qué consistir en la tradicional casa encantada, en el castillo tenebroso de rigor o en los páramos por los que se movía Lon Chaney con su pelambrera de licántropo. Ahora, los sustos pueden provenir de ambientes tan cotidianos como un instituto (Carrie), un edificio de apartamentos (El quimérico inquilino, La centinela), una playa (Tiburón) o una muy turística isla del Mediterráneo, como nos enseñó Chicho Ibáñez Serrador en ¿Quién puede matar a un niño? Las ciudades de EE UU, podridas por la recesión económica, son sentinas de vicios en las que acecha La invasión de los ultracuerpos, mientras que los nuevos espacios producto de la expansión urbana tampoco ofrecen asilo: si has visto Zombi, sabrás que, cuando los muertos salen de sus tumbas, lo primero que hacen es irse de tiendas al centro comercial.  Y la clase media se equivoca al cobijarse en sus urbanizaciones de la periferia,  porque cualquier día de estos caerá pasto de un serial killer. El peligro, pues, acecha en cada rincón de la Tierra… y también fuera de ella: desde 1979, todos sabemos que “en el espacio, nadie puede oír tus gritos”.

¡Que fluya la sangre!

Durante los 70, la demolición de tabúes que comenzó durante la década anterior no sólo no se detiene, sino que gana nuevos bríos. Y, en lo que al cine se refiere, eso afecta a dos de los nutrientes básicos del terror: el sexo y la violencia, siempre tan presentes en los recovecos de nuestra conciencia colectiva. Aunque Herschell Gordon Lewis, el padre putativo del género gore, se haya retirado del cine en 1973 (para trabajar en publicidad: que cada uno saque sus conclusiones) su huella permanece, y los directores se cortan cada vez menos a la hora de ofrecer higadillos por toneladas y hemoglobina por litros. Desde Italia, malas bestias como Dario Argento, Lucio Fulci Aristide Massacesi ponen a prueba el estómago del espectador, en dura competencia con un jovenzuelo llamado David Cronenberg y sus pioneras Vinieron de dentro de… Rabia: puestos a inspirarse en escritores tan herméticos como Burroughs Ballard, debió pensar el canadiense, mejor hacerlo con doble dosis de casquería. Y, aunque parezca raro, el culmen de esta apoteósis putrefacta lo trae David Lynch con su debut Cabeza borradora. Muy lejos aún de Twin Peaks y sus sutilezas, el genio de Montana puso en dicho filme los cimientos de un bioterror radicalmente nuevo.

La serie B se lava la cara

Por mucho que los grandes estudios apuesten por él de cuando en cuando, el espacio natural del terror en la industria del cine siempre ha sido el bajo presupuesto y la producción indie. Así, aunque los 70 nos deparen sustos de tronío, como El exorcista, el grueso de su producción terrorífica trabaja con los proverbiales cuatro céntimos y un chicle. Ahora bien: esta serie B no es la misma que la de los 50 y los 60, sobre todo porque cuenta con nuevos medios técnicos. La película en color ya no es un lujo (con lo cual la sangre luce mejor), las cámaras y otras piezas de equipo son más baratas y más ligeras (lo que permite emanciparse de los decorados y llevarse a los monstruos a las calles, o a campo abierto) y, aunque siguen resultando caros y difíciles de programar, los sintetizadores permiten la confección tanto de bandas sonoras low cost (algo de lo que John Carpenter, compositor además de cineasta, sabe cuatro cosas) como de efectos de sonido con los cuales subrayar los momentos de susto. A lo cual hay que sumar la revolución que supuso el látex para la confección de efectos especiales y maquillajes adecuadamente truculentos. Piensa en todo esto la próxima vez que veas La matanza de Texas, filme en el que lo más caro fue la motosierra de Caracuero.

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