#TERRORMANÍA: 6 directores ‘serios’ que empezaron dándonos miedo

¿Creías que David Cronenberg era el único? Todos estos titanes del séptimo arte también debutaron metiéndonos el miedo en el cuerpo.

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06 de marzo de 2015

Cada vez que nos mira desde sus fotos, con ese rostro enjuto y esos ojillos inyectados en sangre, todos sabemos que David Cronenberg trama algo malo, muy malo… aunque el miedo, como género cinematográfico, ya no sea lo suyo. Aproximadamente desde Inseparables (1988), y aunque al principio hiciera excepciones como El almuerzo desnudo, Crash eXistenZ, el que fuera aclamado como ‘Rey del Horror Venéreo’ se ha esforzado en insistir que la sangre y los higadillos ya no le interesan, y que ahora se dedica a explorar situaciones igual de pútridas, pero menos reventonas, con o sin sus queridos Viggo Mortensen Robert Pattinson en el reparto. Así pues, aunque Maps to the Stars nos demuestre que Cronenberg sigue siendo el ciudadano más morboso de Canadá, las posibilidades de que regrese algún día a los territorios sanguinolentos de Vinieron de dentro de…, La mosca Videodrome (tres títulos suyos que puedes encontrar en nuestra lista de mejores películas de terror de la historia) son extremadamente escasas.

Ahora bien, ¿es Cronenberg el único auteur respetado que debutó en el cine con películas de mucho susto? Pues va a ser que no: como comprobarás en este informe, los cineastas de prestigio que dieron sus primeros pasos dándole miedo al espectador son más de los que parecen. Algunos de estos titanes del celuloide se estrenaron con el género por imperativos laborales (la serie B es lo que tiene, sobre todo si Roger Corman anda de por medio), otros lo hicieron sencillamente porque les apetecía, e incluso los hay que ahora reniegan de sus comienzos en el género. Pero ni siquiera éstos últimos podrán escapar de la realidad…

Oliver Stone

Le conocemos como… El cronista por excelencia del lado oscuro del sueño americano, ya sea mediante relatos épicos en la guerra de Vietnam (Platoon, con la que ganó su Oscar), sobre rockeros desaforados (The Doors) o acerca de las corruptelas del mundo financiero (Wall Street y su secuela Wall Street: El dinero nunca duerme). Todo ello aliñado con referencias a su amistad con Fidel Castro (protagonista del documental Comandante) y a los tripis que el cineasta se comió cuando pegaba tiros en el Delta del Mekong.

Pero empezó con… La mano (1981). En puridad, el primer largo de Stone fue Seizure (1974), también adscribible al género de terror y rodado con su responsable recién llegado de ‘Nam. Pero este filme nos merece una especial atención por dos razones: la primera, que está protagonizado por Michael Caine, en esa faceta suya de mercenario que tanta gracia nos hace. Y, la segunda, que el astro británico encarna en ella a un dibujante de cómics perseguido por su apéndice manual amputado, asesino y animado por el gran Stan Winston. Exacto: estamos hablando de la antepasada directa de El diablo metió la mano. Piensa en ello la próxima vez que veas a Gordon Gekko (Michael Douglas) luciendo traje y gomina.

Francis Ford Coppola

Le conocemos como… Megalómano y excesivo, este director puede ganarse burlas debido a su propensión a pegársela con todo el equipo. Pero, aun así, nos ha dado tres obras maestras indiscutibles (El Padrino, El Padrino II Apocalypse Now), así como otros clásicos de envergadura (Rebeldes, La ley de la calle) y cintas infravaloradas, pero imprescindibles, como Corazonada Tucker. Por otra parte, su familia también da mucho que hablar, desde los piccolini Sofia Roman hasta ese sobrino llamado Nicolas Cage.

Pero empezó con… Dementia 13 (1963). Coppola escribió el guión de esta joyita en una noche, rodó el filme entero en nueve días… Y su productor, un tal Roger Corman, se frotó las manos pensando en lo mucho que prometía aquel ragazzo, capaz de entregarle en tiempo récord un festín de sustos con niñas muertas, sesiones de espiritismo fraudulentas y un ilustre veterano como Patrick Magee poniendo el punto de calité. Los tifones de Filipinas y los derroches multimillonarios estaban aún muy lejos en el tiempo.

Peter Weir

Le conocemos como… Ya en sus proyectos más personales (Picnic en Hanging Rock, Gallipoli, La costa de los mosquitos) como en sus muy dignos trabajos de encargo (Único testigo, El club de los poetas muertos, Master and Commander), el que fuera exponente principal del ‘Nuevo Cine Australiano’ se ha caracterizado siempre por un matizado paisajismo y un elegante sosiego en la puesta en escena. Cosas todas ellas, como veremos, insospechables si le juzgamos por su debut.

Pero empezó con… Los coches que devoraron París (1974). Pero, ojo, no el París de Francia, sino el de Australia: un poblacho cuyos habitantes se ganan la vida provocando accidentes automovilísticos para vender después la chatarra y emplear a los supervivientes como cobayas en experimentos médicos. Así, el primer largo de Weir supone un híbrido muy cachondo entre el terror campurriano de La matanza de Texas y las barbaridades que habría de perpetrar su compatriota George Miller en Mad Max, cinco años más tarde: todo un cambio respecto a las clases del profesor Keating, sin duda.

James Cameron

Le conocemos como… Cuando un auteur consagrado como Jacques Rivette dice de ti eso tan bonito de “no sabría dirigirse a sí mismo ni para salir de una bolsa de papel”, la etiqueta de ‘director serio’ tal vez no te pegue mucho. Pero entonces recuerdas que Andrei Tarkovsky era fan confeso de tu Terminatoramén de que has batido dos veces el récord de película más taquillera de la historia (con Titanic y con Avatar), y las murrias se te pasan… hasta que llegamos nosotros y te recordamos cuál fue tu primer filme.

Pero empezó con… Piraña II: Los vampiros del mar (1981). Iniciado en los círculos de la serie B por Roger Corman (por quién iba a ser…), Cameron estrenó dos filmes en 1981. El primero fue La galaxia del terror, una estimable película que bien podría ser el borrador de Aliens: El regreso, pero en cuyos créditos figuraba sólo como director de segunda unidad y diseñador de producción. El segundo de dichos títulos, en el que nuestro hombre sí aparecía como máximo responsable, fue este megabodrio del que James siempre ha renegado: según explica, se tuvo que hacer cargo de la película tras la deserción del director original, y ni siquiera le dejaron entrar en la sala de montaje. Hay maneras peores de empezar, pero es difícil pensar en cuáles son.

Michael Haneke

Le conocemos como… Sí, es él. El mismo Haneke emblema del malrrollismo con derecho a Palma de Oro, que considera a sus espectadores como un rebaño de borregos y a Tarantino como un destructor de la cultura occidental. Pero ojo con este austriaco, porque, cuando quiere hacer denuncias sobre la frivolización de la violencia en el cine contemporáneo, le salen clásicos involuntarios del horror como Funny Games… O como la película con la que, siendo ya un bigardo de 47 años, debutó en las cosas del dirigir.

Pero empezó con… El séptimo continente (1989). Una familia de clase alta vive su vida en un casoplón de lujo. Los tres miembros del clan (el papá es ingeniero, la mamá, oculista, y la niña estudia en un colegio pijo) desarrollan sus rutinas con aparente normalidad, hasta que estalla un horror inexplicable, y sobre el que no pensamos darte pistas. Y es que, por mucho que Haneke reniegue de todo ello, a veces es el cine más contemplativo el que nos depara los sustos más gordos.

David Fincher

Le conocemos como… La Academia de Hollywood le odia, pero a él le da igual: cuando uno ha redefinido para los restos el thriller mediante trabajos de precisión matemática (Se7en,  El club de la lucha, Zodiac, la magistral Perdida), sin privarse de entregar por el camino dramas tan redondos como La red socialun ‘hombrecito’ de más o de menos en la estantería tampoco importa tanto. Total, si a Kubrick tampoco le dieron ninguno…

Pero empezó con… Alien 3 (1992). La tercera batalla de Ripley (Sigourney Weaver) contra la amenaza xenomorfa tiene sus valedores… Y también sus detractores, el primero de los cuales es su propio director: Fincher, conocido a sus 28 añitos como “el tío que dirigió el vídeo de Vogue para Madonna”, entró en el proyecto como sustituto de última hora de Vincent Ward (Navigator), y desde su fichaje se vio arrastrado por un maelstrom de complicaciones. Harto de tanto conflicto con el productor Walter Hill (que se refería a él como “un vendedor de zapatos”, recordando sus spots para Nike) y con el siempre levantisco diseñador H. R. Giger, el cineasta acabó abandonando la película como una criatura no deseada: “Nadie en este mundo la odia más que yo”, sentenció en 2009.

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