Steve Coogan: “Casi todas las cosas horribles que se cuentan sobre mí son ciertas, pero no son asunto vuestro”

El cómico británico peor exportado de las últimas décadas, que estrena 'Philomena' se enfrenta a algo más duro que los tabloides de las islas y los cotilleos de hollywood: sus primeros papeles dramáticos.

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27 de febrero de 2014

Encasillado y desconocido. Es la Paradoja Coogan, en un lugar personaje archifamoso al que le niegan la posibilidad de ser otro, y cuando media un océano se convierte en anónimo al que buscan en la lista de invitados antes de dejar entrar a la fiesta privada. Como para volverse loco. Ese caso digno de estudio clínico lleva el apellido de Steve Coogan (Middleton, Inglaterra, 1965), un tipo que no tiene problemas en reconocer que “ha perdido sus canicas”, que dirían los ingleses, más veces de las recomendables. “Tengo mucho barullo y ruido en la cabeza”, reconocía este año. “Algo tengo que hacer para sacarlo fuera”.

La terapia que se ha autoprescrito, proyectar todos sus demonios en personajes. Su especialidad son los héroes patéticos, tipos cínicos que se creen llamados para grandes misiones pero que apenas son capaces de realizar con dignidad pequeñas tareas del día a día. Si viviéramos en el Reino Unido bastaría con invocar a Alan Partridge y todos asentiríamos pronunciando un sonoro: “¡Ahaaaa!” Pero ni en la televisión se sintoniza la BBC ni eso a lo que pegas un trago es una taza de té, y hay que presentar a la creación más célebre de Coogan, un locutor lamentable que ha encarnado durante los últimos 20 años. Muchos miran a Santiago Segura y ven a Torrente con sólo cuatro películas; Alan Partridge ha tenido un programa semanal, cuatro temporadas de su propia serie, especiales navideños, programas de radio… incluso una película, Alpha Papa, que compitió de tú a tú el verano pasado en la cartelera inglesa con los blockbusters.

Formado en la cantera de Spitting Image, el show de marionetas al que llegó por su facilidad para imitar a celebridades que iban del Príncipe Carlos a Michael Caine –busca en YouTube a un nerviosísimo Coogan clavando a ambos en una gala real en 1988–, su salto a Hollywood ha sido un fracaso del que él mismo hace chanzas. Su amigo Simon Pegg se codea con Tom Cruise y viaja en la USS Enterprise. Ricky Gervais –no se llevan muy bien– puede reírse en la cara de Johnny Depp y beber pintas en los Globos de Oro, que sigue siendo el travieso favorito de las estrellas. “¿Steve qué?”, le preguntan aunque le presente Ben Stiller, su gran valedor en EE UU. “Lo reconozco, allí he hecho papeles mediocres”, asume pensando sin citarlas en Noche en el museo (2006), Tropic Thunder (2008) o Los otros dos (2010). “Tenía la sensación de que estaba peleando por debajo de mi peso”.

Lo dice sin rencor, ha conocido Hollywood y, al margen de experiencias surrealistas como compartir jacuzzi con Arnold Schwarzenegger y Jackie Chan en La vuelta al mundo en 80 días (2004) –”hice abdominales en mi caravana para poder estar a su lado sin sentirme un deshecho humano”, bromea–, lo que ha visto allí no le vuelve loco. O sí, pero de otra forma; su desenfrenado ritmo de vida por allí escandalizó a su entonces novia, Courtney Love, viuda de Kurt Cobain y famosa por su vida monacal, que incluso insinuó que Coogan había conducido a Owen Wilson, compañero de reparto y juergas, al borde del suicidio. “Eso fue un invento malicioso de un periódico”, resume el actor, que se ha convertido en el azote de la prensa sensacionalista inglesa. “Casi todas las cosas horribles que se han publicado sobre mí son ciertas, pero, ¿sabéis qué?: no son asunto vuestro”.

Tendente al pesimismo –“estoy bien informado”–, sin embargo se niega a ser un cínico. ¿Que le siguen viendo más como cómico que actor? Busca proyectos independientes como ¿Qué hacemos con Maisie?, una adaptación libre de Henry James en la que se mide con Julianne Moore. ¿No llegan papeles dramáticos? Escribe y produce Philomena, una emocionante historia real sobre niños robados que protagoniza junto a Judi Dench y le llevará con seguridad a los Oscar 2014. Todo apunta a que Steve Coogan está aprendiendo a vivir con una paradoja en casa.

 

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