‘Star Wars: El Imperio contraataca’: La guerra de Lucas

Muertes, drogas y deudas. La entrega más oscura de la saga fue también la más difícil de rodar.

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04 de mayo de 2020

Cuando Carrie Fisher visitó a George Lucas después de la fenomenal taquilla de Star Wars, no dio crédito: Lucas estaba derrengado, la viva imagen de Jabba el Hutt en su sofá californiano. La película casi le cuesta la salud. Pocos meses después declararía a Rolling Stone: “Odio dirigir. Es como un combate diario de doce asaltos contra un peso pesado. Vas a trabajar sabiendo cómo quieres que sea la escena, pero cuando acaba el día, estás deprimido porque el trabajo no es suficientemente bueno”. Lucas, sin embargo, tenía que mover el culo del sofá. En caso contrario, la franquicia pasaría a manos de Fox. Y no estaba dispuesto a permitirlo. Tampoco quería que se repitiera lo que había ocurrido con la primera entrega: “Es solo un 25% de lo que yo quería. Aun así es una buena película, pero se queda muy corta con respecto a lo que yo ambicionaba”.

Minimizando el disgusto, copió a su más genial compañero de promoción: como Francis Ford Coppola con El padrino II, pretendía producir él mismo la secuela, para obtener libertad creativa… y llevarse esos beneficios que habían ido a parar a Fox. Contaba con el capital inicial de los millones obtenidos por la venta de figuritas en toda la galaxia. Si pensaba que con eso disminuirían sus problemas, la realidad se encargó de demostrarle que estaba equivocado: para Michael Kaminksi, uno de los grandes estudiosos del filme, el rodaje de El Imperio contraataca se convertiría en “el Apocalypse Now de la ciencia-ficción”.

Para atenuar el roce, la producción se dividiría en dos, a la manera de la aventura narrada en el filme: un director trabajaría en los estudios Elstree, en Londres; mientras, Lucas se ocuparía de los efectos especiales desde California. El elegido fue Irvin Kershner, que había sido su profesor en la universidad. A sus 55 años, Fox lo consideraba demasiado mayor para enrolarse en el Halcón Milenario, y el propio Kershner tenía sus dudas. El antiguo maestro contó a Sound and Vision por qué Lucas lo consideraba el idóneo: “Sabes todo lo que un director de Hollywood debe saber, pero no eres parte de Hollywood”. El plan era perfecto, pero pronto el rodaje se vería afectado por serias perturbaciones en la Fuerza.

A Lucas no solo le daba pereza dirigir, también escribir. Bosquejó un tratamiento para el que recurrió, de nuevo, a Akira Kurosawa. Si en La guerra de las galaxias se había inspirado en La fortaleza escondida, ahora lo haría en Dersu Uzala. La base de la trama en los planetas de Hoth (el rescate nevado) y Dagobah (el maestro espiritual en armonía con la naturaleza), beben de la epopeya del maestro nipón. Ahora solo había que buscar quien lo desarrollara. Llamó a Leigh Brackett, la leyenda tras los créditos de Río Bravo, El Dorado o El sueño eterno… Dos semanas después de entregar su primera versión, Brackett moría de cáncer. Lucas contrató entonces a un jovencísimo Lawrence Kasdan, que tenía encandilado a su amigo Steven Spielberg con el guion de En busca del arca perdida.

En marzo de 1979, con el libreto sin terminar, el equipo se trasladó a Finse, en Noruega, la localización del gélido planeta Hoth. Las condiciones climáticas eran terribles: la mayor tormenta de nieve en 50 años y 29 grados bajo cero. El equipo veía caer la nieve tras la ventana, porque hacía tanto frío que las cámaras corrían riesgo de estropearse. Kershner se lo tomaba con humor: “¿Sabes cuál era el mayor problema de trabajar allí? ¡Ir al baño! ¡Nos moríamos de frío!”. Volvieron a Londres, a los estudios Elstree, con la mitad del metraje que esperaban obtener, pero tampoco pudieron rodar: un tal Stanley Kubrick tenía los estudios ocupados con el rodaje de El resplandor, que se alargaba hasta el infinito.

La nieve había sido un problema en el exterior… y lo era ahora en el interior. Carrie Fisher retomó su vieja costumbre de darle a la cocaína. Entre el elenco, en general, el ambiente no era muy festivo. Mark Hamill había tenido un accidente de tráfico en 1977 y las cicatrices habían deformado su virginal rostro. Hubo que convencer a Lucas de que, siendo un guerrero, era totalmente verosímil que un rayito láser de algún guardia imperial le hubiera rozado su delicado cutis. De todos modos, la caricia de la garra de un wampa en la primera escena solventaría el problema.

Harrison Ford, por su parte, se acababa de separar de su mujer, y se había reencontrado con una Carrie Fisher con la que había tenido un romance durante el rodaje de Star Wars. Según Fisher, no pasó nada en esta nueva entrega, pero la tensión sexual no resuelta entre ambos provocaba broncas constantes en el plató. Eso sí, de noche se reconciliaban y se pegaban la fiesta padre. Ford y Fisher se curaron las penas con la mejor de las (malas) compañías: los Rolling Stones y los Monty Python. Para la leyenda ha quedado su aterrizaje en Ciudad Nube, rodado tras llegar Harrison y Carrie de empalmada y todavía bajos los efectos de la ‘muerte tunecina’, un brebaje especialmente estimulante preparado por el python Eric Idle. Fisher lo confirmó en el Daily Telegraph: “Recuerdo que no nos acostamos, así que no teníamos resaca. Estábamos todavía borrachos cuando llegamos a Ciudad Nube al día siguiente. No reíamos mucho en la película, pero ahí, lo hacemos”.

El ritmo de Irving Kershner, por otra parte, no era el que Lucas había esperado. El veterano director hacía caso del plan de rodaje, empujando al equipo, una y otra vez, a improvisar. De ahí salió el diálogo entre Han y Leia antes de que al primero lo convirtieran en carbono solidificado (el “te quiero” de ella y el “lo sé” de él). Y a eso se sumaban los fallos en lo efectos especiales y el atrezzo. Según Kershner, para los seis segundos en los que Yoda levanta la nave de Luke en el pantano de Dagobah se emplearon más de 10 horas: alguien tuvo la feliz idea de hacer el caza Ala-X de madera, y con el agua quedó inservible.

El que más sufría la meticulosidad de Kershner y su empeño por acortar las escenas de acción y alargar el estudio psicológico de los personajes era Mark Hamill. “El Imperio… me parecieron nueve meses de tortura […]. Se supone que soy un actor, no un especialista. Debido a los problemas mecánicos con Yoda, yo era el único humano que actuaba durante meses. Lo demás eran marionetas y efectos especiales”. ¡Ah, Yoda! ¡Qué de quebraderos de cabeza! Nadie esperaba una secuela, así que Lucas había matado a Obi-Wan en Star Wars. Y Luke estaba tierno todavía, ¿cómo debía ser su nuevo mentor? George llamó a su amigo Jim Henson, y Stuart Freeborn lo diseñó mezclando su propio rostro con el de Albert Einstein, en una mezla de la Rana Gustavo y la cerdita Peggy.

A Lucas no le llegaba la camisa al cuello. El día no tenía horas para gestionar los 763 efectos especiales del filme, y sus compañías ILM y Lucasfilm. Sufría de constantes jaquecas y problemas estomacales. Su matrimonio se iba a pique. Era evidente que estaba de los nervios… y peor que se iba a poner cuando empezase a leer filtraciones de la trama en la prensa. El director tenía un sospechoso y, cómo no, tenía que ser el malo de la película, Dave Prowse, el hombre que puso cuerpo a Darth Vader (la voz original era de James Earl Jones). Lucas hizo todo lo posible para que Prowse no arruinara el mayor cliffhanger de la historia de la ciencia-ficción y no supiera quién era el padre de Luke.

De hecho, ni siquiera Mark Hamill sabía quién era su padre hasta la noche antes del rodaje. A Prowse le hicieron decir “Obi-Wan Kenobi es tu padre” y a Hamill, que pensara en que en realidad estaba escuchado: “No, yo soy tu padre”.

El presupuesto de 15 millones se había disparado hasta los 33. Lucas estaba más cabreado con el productor Gary Kurtz que Chewbacca con la traición de Lando. Desesperado, se vio obligado a pedir un tercer crédito, pero esta vez el banco se negó a firmarlo a no ser que Fox figurara como avalista. Al final, tuvo que volver a su detestado Hollywood. Como Apocalypse Now, había sido una producción desastrosa, pero en tres meses pasó de los 300 millones de recaudación, aunque lejos de los datos de las otras dos entregas de la trilogía original. Hoy se considera una de las mejores secuelas jamás filmadas, pero en su momento costó entender el final abierto y la paternidad de Vader. “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”, recomienda el problemático enano verde orejudo a Luke. Lucas lo hizo. Y la Fuerza lo acompañó.

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