‘Sophia Antipolis’: la cara menos luminosa de la Riviera francesa

Cineteca de Madrid estrena el viernes 14 de junio la segunda película de Virgil Vernier ('Mercuriales'), un director a tener muy en cuenta

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10 de junio de 2019

Si alguien curioso busca información en internet sobre Sophia Antipolis descubrirá que se trata de “un parque tecnológico situado al noreste de Antibes y sureste de Niza (departamento de los Alpes Marítimos, Francia) fundado en 1969. Ocupa 2.300 hectáreas en un entorno natural de bosques de pinos y tiene una población de 9.102 habitantes”. Así empieza la entrada que le dedica a este lugar la Wikipedia. El director francés Virgil Vernier (París, 1976) solía acudir allí cuando era un niño, “porque mi abuela tenía un hotel justo al lado”, y años más tarde decidió rodar allí su segunda película –que se presentó en el pasado Festival de Locarno y que, tras su paso por el DA, se estrena el día 14 en Cineteca (Madrid)– y titularla justamente como ese conjunto de factorías, viviendas, piscinas privadas y zonas verdes donde refleja desde cierta distancia el azul del Mediterráneo. 

 

“Me atrajo su luminosidad y las relaciones extrañas que se establecen entre la gente allí. Son a la vez cálidos y violentos, no hay máscaras, actúan de manera real”. A Vernier le atraen los lugares extraños, marcados por sus particulares arquitecturas, que condicionan la interacción entre sus habitantes, como las torres a las afueras de París. Allí se desarrollaba Mercuriales (2014), su primer filme con el que se dio a conocer como un cineasta con una visión distinta (casi oblicua) sobre espacios y no-lugares que pasan desapercibidos, pero que están ahí formando pequeños ecosistemas con seres anónimos. “En estos lugares sucede como en los cuentos de hadas, allí hay más misterios”. Algo que le viene a la perfección para su objetivo: ¡No quiero denunciar algo en particular, quiero mostrar el absurdo y la locura ordinaria del mundo moderno!”. 

 

Y en Sophia Antipolis teje una tela de araña en torno a varios misterios. La desaparición de una joven, y su búsqueda por parte de la madre y la hermana, consigue que pensemos por un momento que nos encontramos ante un thriller. Pero también aparece una secta, y sus procesos de captación; asistimos a la formación de un grupo de violentos fanáticos que deciden impartir justicia por su mano y el director nos invita también a visitar una clínica de cirugía estética. En este filme trato de mezclar diferentes géneros de cine: desde el cine negro hasta el cine íntimo. Creo que todas estas diferentes atmósferas pueden trabajar juntas en la misma película”. Todo con una mirada que oscila entre la realidad y la ficción, entre el relato cinematográfico y la mirada observadora de un documentalista. “No es realmente una elección consciente, pero espontáneamente es la forma en que tiendo a contar historias, a veces tomo prestado de la vida real y otras de mis fantasías”.  

Rompiendo el relato
En esta forma de concebir el concepto de ficción tiene un papel determinante la opción de elegir repartos en los que predominan los actores no profesionales. “Rara vez trabajo con profesionales, elijo personas para jugar en mis películas porque me gustan como son en la vida real. En el momento del casting, busco personas cuyas situaciones sean cercanas a las de los personajes que imaginé para la película”. Y eso se transmite en pantalla, a través de unas imágenes que incomodan y desconciertan a pesar de su indudable belleza. En este sentido Virgil Vernier es un director que conecta con cierto cine europeo de comienzos de este siglo en el que se diseccionaba Europa desde una perspectiva crítica y acentuando las diferencias y la violencia. Y aquí caben directores como Michael Haneke o Ulrich Seidl, según los gustos. Aunque Vernier prefiere no acotar su metáfora solo a Europa “sino el mundo occidental de hoy gobernado por el capitalismo”. 

 

Y en cuanto a ese estilo de vidas cruzadas en el que se asienta su relato, asegura que su inspiración tiene una procedencia claramente literaria. “Me han influido escritores como, por ejemplo, Roberto Bolaño y William Faulkner. Me gusta el hecho de que construyeron sus narrativas en diferentes partes que no se conectan entre sí, sino que crean un todo, como un tríptico en la pintura”. Si se le preguntan por referencias visuales, a partir de las cuales construye ese estilo tan especial, la selección resultan realmente ecléctica, algo que explica muchas de las cosas que vemos en su cine. “Me gustan todo tipo de imágenes de hoy en día, desde reality shows a vídeos amateur de YouTube, Brian de Palma, Cronenberg y las películas más recientes de Verhoeven”. 

 

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