Solo un inadaptado como Tim Burton podía dirigir ‘Dumbo’

¿Por qué Tim Burton era el cineasta más adecuado para hacer una nueva versión del 'Dumbo' de Disney? Su historial va en paralelo al del elefantito volador.

Por - 02 de abril de 2019

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  • Tim Burton ha vuelto, con un remake notable del clásico animado de Disney Dumbo —con actores de carne y hueso y guion de Ehren Kruger— que, a decir verdad, tiene más de libérrima versión que de remake. Pero esa es otra historia. Según el propio cineasta, Dumbo es la película animada “más rara” de Disney y sintió que debía meterle mano al clásico cuando le ofrecieron el proyecto porque, de algún modo, lo que se narra guardaba ciertas similitudes con su propia historia con los estudios —la factoría, con la que Burton se ha mantenido siempre en un tira y afloja, ha producido la cinta—.

    Si uno ha seguido la pista al estadounidense se da cuenta de que Burton estaba predestinado a, antes o después, hacer su versión del clásico de 1941. A fin de cuentas, siempre ha sentido fascinación por los frikis talentosos y los seres solitarios. Y la historia del pequeño y tierno Jumbo Junior —un bebé elefante del circo del que todo el mundo se burla por sus enormes orejas y que no coincide con lo que se espera de él— tiene mucho de Burton, outsider confeso.

    Burton dice que él es un poco Dumbo. Y un poco Frankenstein también. Siempre se sintió un niño marginado y, al mismo tiempo, un tipo muy normal. De pequeño, solía pasar el día encerrado en su habitación, mirando a través de las dos ventanas de la estancia y protegiéndose de ese mundo exterior que tan poco le gustaba. Por eso, se llevó un gran chasco el día que sus padres decidieron tapiarlas y se vio obligado a mirar solamente a través del pequeño hueco que dejaron entre los ladrillos. Y lo cierto es que lo hicieron para que, de algún modo, el retraído chico pudiera identificarse con esos héroes de Edgar Allan Poe que fueron enterrados vivos —Burton siempre fue un gran fan de las historias del escritor—.

    Creció infelizmente en el soleado vecindario de Burbank, un suburbio de Los Ángeles cercano a los estudios Disney. Se crió en la cultura de la televisión, y pasaba la mayor parte de su tiempo dibujando, viendo pelis de terror e imaginando cómo podría hacerlas él algún día. O bien recreando, para horror de sus vecinos, escenas de famosos crímenes y asesinatos junto a su hermano pequeño Daniel (a veces tan bien que sus vecinos llegaron a creérselas y llamar a la policía).

    Nunca se llevó bien con su madre y a los 12 años decidió mudarse a vivir con su abuela. A los 16 ya residía en un piso propio. Tras terminar el bachillerato, ingresó en CalArts (Instituto de las Artes de California) para aprender animación. Consiguió sesenta mil dólares para hacer un corto narrado por su ídolo, el actor Vincent Price, a través de la técnica del stop-motion, con textos de Edgar Allan Poe.

    Tras hacer unas prácticas en la compañía de Walt Disney, Burton trabajó varios años allí, antes de decidir que trabajaría por su cuenta. “Fue increíble tener 21 años y ser pagado por estar dibujando todo el día, pero después de un par de años tuve la sensación de que no iría a ninguna parte”, admitió en una entrevista. Fue poco después cuando comenzaría su relación con Warner.

    Parece que el universo creativo del cineasta estadounidense ha sido, en gran medida, una respuesta imaginativa a las privaciones emocionales que vivió durante aquellos años. De hecho, los padres suelen aparecer siempre retratados de una forma bastante negativa en sus películas —muertos, como en Batman (1989); deliberadamente negligentes, como en Batman vuelve (1992); o ausentes y pasotas, como en Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet (2007)—.

    Con un estilo fuertemente visual y oscuramente cómico, el sesentón californiano ha escrito, dirigido y/o producido desde entonces más de veinte películas tan dispares como Beetlejuice (1988) —su primer largometraje—, Batman —objeto de varios altercados con la Warner, que al principio temían que la cinta resultase demasiado oscura—, Eduardo Manostijeras (1990) —donde comenzó su colaboración con Johnny Depp, su actor fetiche—, El planeta de los simios (2001) —donde conoció a la que fue su esposa hasta 2014, Helena Bonham Carter— o Big Fish (2003) —uno de sus filmes más aplaudidos por la crítica—. Todas ellas cintas que han obtenido distinta recepción crítica y comercial, pero en las que siempre subyace un estilo arraigado en el afecto de Burton por los monstruos y los seres inadaptados.

    Así es su obra. Un cine basado en la representación de personajes introvertidos que escapan a la comprensión de las grandes masas, y en la recreación de ambientes oscuros. El aislamiento interior es una constante en sus protagonistas, que se identifican con esos monstruos clásicos que siempre veneró el cineasta desde que era niño. Ahí están el sombrío personaje de Winona Ryder en Bitelchús (1988) o los peculiares papeles de Johnny Depp en Charlie y la fábrica de chocolate (2005), Eduardo Manostijeras (1990) o Sleepy Hollow (1999).

    Personajes que siempre solían partir de los dibujos del bloc de notas en el que a Burton le gustaba comunicar sus ideas y sentimientos. Lo curioso es que, generalmente, todavía sigue llevando consigo papel y lápiz, aunque ahora se muestre bastante más discreto a la hora de trabajar en esos bocetos, por temor a ser atrapado en pleno acto de creación por los paparazzi o por la cámara de algún smartphone imprudente.

    Burton es un genio y figura. Admite que nunca ha sido buen orador (ni tampoco, quizás, un gran entrevistado), y que ha tenido que trabajar bastante para mejorar en ese aspecto. Su exmujer (y madres de sus dos hijos) aseguró que la pareja optó por vivir en casas separadas conectadas a través de un pasillo para que sus retoños pudieran estar con ambos progenitores, sin que estos tuvieran que renunciar a su intimidad y espacio (ya que, según admitió, Burton roncaba como un condenado y le costaba trabajo dormir a su lado).

    Amante de todo lo alternativo, aficionado al universo Bollywood y caótico por naturaleza, es considerado por muchos como el rey del kitsch. No en vano, siempre que tiene ocasión recuerda que sus dos primeras películas, La gran aventura de Pee-wee (1985) y Bitelchús, estuvieron en las listas de las diez peores del año. Y bien es cierto que, a lo largo de todos estos años, sus largometrajes se han movido (como pez en el agua) entre lo marginal y lo mainstream.

    Vale que el californiano no vuela ni es orejudo. Y tampoco le gustan los circos —aunque reconozca que le fascina el número de frikis e inadaptados que una carpa circense es capaz de aglutinar—. Pero (al igual que Dumbo) ha sido capaz de transformar su singular carácter —una aparente desventaja— en una poderosa ventaja frente a la masa que en su día le hacía bullying. Tanto, que no sería exagerado afirmar que es el solitario más ampliamente aceptado en el cine contemporáneo.

    Todavía sigue manteniéndose fiel a sus principios y a su filosofía de vida. A fin de cuentas, y como él mismo dijo una vez, “hay una extraña libertad en no tener gente que te trate como parte de la sociedad o en no tener que cumplir con relaciones sociales”.

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