Solo ante el bigote: Charles Bronson y la saga ‘El justiciero’

Ahora que Eli Roth y Bruce Willis resucitan a Paul Kersey, es el momento de recordar la saga 'urban revenge' más bruta y polémica de los 70 (y los 80, y los 90).

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28 de marzo de 2018

Ahora que El justiciero llega a los cines, con Bruce Willis Eli Roth dándose a las cosas del urban revenge, toca hacer una confesión: para los arqueólogos de videoclub, seguir la saga original (titulada en inglés Death Wish) resultaba toda una yincana en tiempos anteriores a IMDb. Porque, si bien estaba claro que su primer filme (1974) se había titulado en España El justiciero de la ciudad, el resto de entregas habían sido rebautizadas según ignotos criterios.

Toda una metáfora para las aventuras de Paul Kersey, aquel pacífico arquitecto a quien el asesinato de su mujer y la violación de su hija convirtieron en exterminador de malhechores. De llevar en sus créditos el nombre del superproductor Dino De Laurentiis, la franquicia acabó luciendo los de Menahem Golan y Yoram Globus, los amos de la productora Cannon y emperadores de la serie B ochentera. Algo que cada capítulo fue acusando cada vez más, tanto en su calidad como en sus niveles de disparate.

Adaptando (de aquella manera) la novela homónima de Brian Garfield, El justiciero de la ciudad surgió a raíz de esa fiebre por las masacres urbanas que, habiendo llegado a Hollywood vía Harry el sucio en 1971, acabaría dando frutos tan dispares como Taxi Driver y El exterminador. Tras tentar a Sidney Lumet (que prefirió rodar Serpico) y ver cómo Jack Lemmon, Gregory Peck y Steve McQueen (entre otros) rechazaban el papel de Paul Kersey, De Laurentiis acabó quedándose con el director Michael Winner y el actor Charles Bronson, tándem que había guisado ya solomillos sangrantes como Fríamente… sin motivos personales (1972, remakeada en 2011 como The Mechanic).

Aparte de su interés sociológico, con los críticos buscando equivalentes a “fascista” en el diccionario de sinónimos, y del pasmo que supone ver a Jeff Goldblum como delincuente juvenil, la película no reviste un interés excesivo, pero en su día recaudó a espuertas. Y todavía hoy podemos encontrarle virtudes: el personaje de Bronson está relatado con calculada ambigüedad (entregas posteriores se dejarían de zarandajas sobre si es un héroe o un psicópata para optar por lo primero) y la facilidad con la que los malos le ponen las peras al cuarto recuerda a la del contusionado Charlie Cox de Daredevil.

Además, la BSO compuesta por Herbie Hancock resulta una delicia de jazz eléctrico: bendita sea la novia de Michael Winner, quien le recomendó al eximio teclista, porque Dino De Laurentiis quería “un grupo inglés famoso, pero no muy caro” para cubrir este ángulo.

Aun así, las secuelas se hicieron de rogar hasta que, en 1982, Cannon llamó a las puertas de Winner y Bronson ofreciéndoles el proverbial camión de dinero a cambio de rodar Yo soy la justicia (1984) y El justiciero de la noche (1985, conocida como la peor entrega del serial). El documental Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films ofrece una buena muestra del ambientillo que debía imperar en esos rodajes, con un Bronson sesentón reemplazado por su doble incluso para cruzar un paso de cebra. Aun así, Winner volvió a mostrar buen ojo para las bandas sonoras recurriendo a su vecino de al lado, un tal Jimmy Page. El ex guitarrista de Led Zeppelin grabó la música de Yo soy la justicia… y el espabilado director reutilizó algunos de esos temas en El justiciero de la noche para así sacar su nombre en los créditos.

No es extraño que, cuando tocó rodar Yo soy la justicia II (1987), Winner se retirara del cine para convertirse en crítico gastronómico, cediéndole su puesto a J. Lee Thompson (Los cañones de Navarone). Y tras El rostro de la muerte (1994) fue Bronson quien dijo “basta”: cuatro años después, se retiró del cine tras una operación de cadera. Fallecería a causa del alzhéimer en 2003.

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