¿Puede el cine acabar con la soledad no deseada? Escribe a este teléfono

Varios vecinos del barrio de la Ventilla se reúnen el último domingo de cada mes para hablar de cine, disfrutar de una agradable charla y hacer frente a la soledad

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25 de noviembre de 2019

18.30, barrio de la Ventilla, domingo 24 de noviembre. Concretamente, Avenida Asturias número 13, un local llamado Mesón Manchego. Vacío. Me encuentro en la barra, esperando a que lleguen los miembros de una tertulia cinéfila muy particular. Se trata de un espacio en el que, el último domingo de cada mes, un grupo de personas del barrio se junta tras haber visto una película, buscando comentarla y desconectar de cualquier posible sensación de aislamiento o marginación.  

18.45, mismo lugar. Me llega un mensaje de una de las personas que participa en la tertulia. Que no es que me hayan abandonado, por maravillosamente irónico que pueda sonar. Que han cambiado de sitio. Ahora tengo que dirigirme a la Pizzería Bella, en la calle San Leopoldo número 68. Sigue estando en el barrio, así que no tardo mucho en llegar. Por el camino, todo desierto. Calles sin ninguna actividadsin bares o restaurantes, tan solo algún un ocasional vecino paseando a un perro o alguien entrando en un chino para comprar un refresco. Contrasta con la visión de las cuatro torres de la Castellana, tan próximas, o de las torres KIO, repletas de movimiento a sus pies, a tan solo unos metros del lugar en el que me encuentro. 

Este mes toca ‘Parásitos’ de Bong Joon-ho
Llego a la pizzería. En una mesa alargada se sientan unas diez personas. Pregunto por Maruxa, mi contacto allí, sentada en el centro, moderando el debate. Me confirma que es el sitio adecuado y me siento a escuchar su conversación. La película elegida es Parásitos de Bong Joon-ho, última ganadora de la Palma de Oro en Cannes. La mayoría ha ido en grupo a verla a los Verdi esta misma tarde.

Descubro, para mi alegría (ya hablaremos otro día de esto) que a nadie le ha entusiasmado. Hay un sentimiento generalizado de reverencia hacia su estética y hacia ciertos momentos clave, pero en general les ha parecido excesivamente larga y con soplos de confusión.

Me detengo, desde mi rincón, a valorar a cada participante en la tertulia. Me fascina lo respetuosa y animada que es. Por supuesto, hay algunos que participan más y de manera más entusiasta, pero en general intervienen todos. Los participantes son mayores, entiendan este término desde la amplitud de mis veintisiete años. Casi todos tienen papeles con notas sobre la película e incluso uno de ellos está tomando, de manera diligente, apuntes sobre lo que se dice en la mesa. Hay cafés repartidos y ocasionalmente aparece algún vino y alguna caña.  

Se discute sobre las emociones que provoca la película, sobre las implicaciones morales o sobre las decisiones de los personajes. Algo se menciona sobre puesta en escena, duración o guion, pero en general es un debate alrededor de la historia que vemos en la cinta. ¿Están justificados los actos de la familia protagonista? ¿Es culturalmente trasladable a España el conflicto que vemos en la pantalla?

Todos responden con una mente abierta, pero sin olvidar sus propias experiencias. Uno de los integrantes trabajó como taxista y asegura que varias escenas en el coche no deberían haberse desarrollado de esa manera. “Mira mucho hacia atrás, algo que un conductor profesional jamás habría hecho”. Otra de las asistentes es peruana y confiesa que conoce a varias mujeres filipinas que trabajan limpiando casas, y que cuando los dueños de estas se marchan, le envían de forma inocente fotos suyas en algunas auténticas mansiones. La vida, un filtro más importante que ningún otro para valorar la ficción.

Quedadas por Whatsapp
 Poco a poco la gente se va yendo. Yo me animo a comentar alguna cosa. No he querido preguntar nombres ni historias particulares. Intuyo una búsqueda de desconexión en el ambiente que quiero respetar. Una señora a mi lado me pide el nombre y mi número para incorporarme a un grupo de WhatsApp para posteriores ediciones. Maldita sea, se lo doy, quizá vuelva, ya más relajado. Desde luego, lo que he oído sobre Parásitos esta noche es mucho mejor que la mayoría de lo que he leído en las últimas semanas. Me asegura además que el grupo será solo informativo, que no se darán ni las gracias ni los buenos días. Cada vez me cae mejor esta gente.  

Estamable congregación ciudadana nace como una iniciativa adscrita a un proyecto piloto del Ayuntamiento de Madrid para luchar contra la soledad no deseada. Si bien la reunión permanece, esta iniciativa y todo lo que la rodeaba se ha paralizado, dejando en manos de particulares la supervivencia de estas tertulias que se realizan desde mayo. Si están interesados, la próxima cita es el 29 de diciembre y la película está por decidir. Ecartel anuncia que está abierta a toda persona interesada y los teléfonos de contacto son 912977499 y 637028438.  

Salgo del bar con Melchor, uno de los pocos de los que quiero publicar el nombre, porque me parece un nombre increíble. Lo trato de usted y al poco se rebela. Hablamos de su situación, de cómo su familia sufrió la subida del alquiler impuesta por un fondo buitre, de dónde vivía él en Madrid cuando llegó hace años, de dónde vivo yo, de todo un poco. Setenta y dos años, si mi memoria no me falla.

Las calles que dejamos atrás recuerdan, salvando ciertas distancias, a aquellas de los barrios pobres surcoreanos que refleja Parásitos: repletas de cables, olvidadas por el resto de la ciudad. Como decía Bong Joon-ho en esa cita que ya se ha hecho célebre, “todos vivimos en el mismo país, llamado capitalismo”. Y para su versión más atroz, la resistencia más auténtica que he encontrado está formada por un pequeño grupo de once personas que ha encontrado en el cine y en el diálogo su salvación. Y, quizá sin saberlo, la de todos nosotros. 

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