[Sitges 2020] ‘Saint Maud’: “No malgastes tu dolor”

La puesta de largo de la británica Rose Glass, con el sello de calidad A24, bien podría ser la película icónica de esta edición marcada por el dolor y el sacrificio.

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16 de octubre de 2020

Ya en los últimos resquicios del festival, con el aforo menguado y los bares cerrados, agotado el club sandwich del room service y pensando en la película que meteríamos en la maleta si tuviéramos que llevárnosla a casa, esta podría ser Saint Maud, primer largo de Rose Glass, que no ganará el premio gordo, más que nada porque compite en la exquisita sección Noves Visions.

Nacida en 1990 y nieta de un párroco, Glass se educó en un colegio católico de chicas de Chelmsford (Essex) antes de graduarse en la National Film & Television School, y darse a conocer con un puñado de cortos, entre los que destaca Room 55, donde una modélica ama de casa suburbial de los años 50 vive su primera noche de emancipación gracias a una sesión de BDSM en un misterioso hotel de su subconsciente.

Saint Maud, que llegó con el indefectible sello de calidad de A24, figuraba entre lo más esperado de la temporada, por lo menos en Sitges, y no ha decepcionado en absoluto, por muy altas que estuvieran las expectativas. Antes incluso de ver la película, estaba esa idea que siempre nos ha perseguido: que una santa como Juana de Arco –recientemente inmortalizada en el divino díptico de Bruno Dumont (completamente distinto, por no decir opuesto, a Saint Maud)– acabara en la hoguera, justo como a las que, en la época, se condenó por brujería.

En el fuego de la Iglesia, acabaron purificadas tanto las siervas de Dios como las del Diablo. Esa idea de la posesión, llegue de donde llegue, que no se sabe si es locura o línea directa con el Más allá, ya sea el del ático o el del subsuelo. Para Rose Glass tuvo que ser una fuente de inspiración, pues Saint Maud es la historia de Maud (Morfydd Clark, actriz que aquí demuestra tener un aura muy particular) una devota enfermera, cuidadora de enfermos terminales, a la que Dios dice cosas.

Evidentemente, igual sólo es que está enloqueciendo progresivamente. La película juega con esa ambigüedad hasta el último fotograma, y no parece pretender ser la exposición de un caso clínico, más bien tomado como pretexto de una aventura estética.

 

En el caserón de la bailarina condenada

Perseguida por un traumático pasado, Maud empieza a cuidar a la que fuera una gran bailarina y coreógrafa, Amanda (Jennifer Elhe), que ya ha perdido todo su pelo y tiene los días contados. La accidentada relación entre ambas precipitará los acontecimientos. Mientras Maud proviene de un cuartucho solitario decorado con imágenes religiosas, Amanda se resiste a despedirse de la vida, y sigue teniendo una activa vida sexual (Lily Frazer la visita a menudo).

El contraste resulta turbador para Maud, que quisiera “salvar” a Amanda, cuyas fiestas me recordaron a las del principio The Souvenir (Joanna Hogg, 2019), en el sentido de que ambas realizadoras tienen una manera similar de salpimentar las escenas festivas con extractos de hits ultrareconocibles (mucho ESG) que suenan como apagados, en segundo plano, aunque You’re no Good, en particular, se te queda en la cabeza. Si es que es imposible que no se te pegue.

La tragedia se desarrolla entre el gótico caserón de la bailarina y el deprimente pueblo de la costa británica donde se encuentra, iluminado con audacia por el poco conocido Ben Fordesman, con una fotografía decididamente oscura: un sórdido preciosismo de costumbrismo siniestro que puede recordar a la mirada de Daniel Landin en aquella inmersión en lo más profundo del lumpen británico que fue Ray & Liz (Richard Billingham, 2018), aunque aquí hay momentos en los que hace rotar la cámara por puro efectismo, y los planos tienen por fuerza un sentido más icónico, en la línea pseudoreligiosa de la propuesta.

 

Espiral de locura en la mente de la enfermera

Previsiblemente, la historia de Maud se estructura en un delicado crescendo, en el que se van sumando escenas con autolesiones (memorable el paseo con chinchetas en los zapatos), devaneos sexuales impropios de una santa al uso (manola en el bar) y violencia hacia el prójimo cuando este se resiste a ser salvado, como si fueran las sucesivas pruebas de su acceso a la santidad. Una santidad muy suigeneris, que no obtendría visado en el Vaticano.

En ese pedregoso camino, Glass nos brinda también algunas estampas difíciles de olvidar, como la aparición de esas alas angelicales-pop, un momento de levitación que recuerda a El espejo (Andrei Tarkovski, 1975) más que al de La posesión (Andrei Zulawski, 1981), o ese final en el que cristaliza la ironía del conjunto, antes apuntada de manera deliberadamente equívoca.

El dolor y el sacrificio como única vía de escape al tedio de la existencia conecta con el ama de casa liberada de Room 55, y se perfila como una manera práctica de tomar el control de la vida en estos tiempos aciagos que podrían muy bien tener como lema la frase de la película: “Never Waste Your Pain”. Un consejo a tener en cuenta, puede resultar útil.

Estudio de personaje torturado, retrato de una soledad insalvable y pequeño laberinto mental visto desde dentro (salvo en la escena final), Saint Maud es una seductora pequeña fábula a la que seguimos dando vueltas, ya que no podemos estar muy seguros de a qué juega la película.

A un primer nivel, Glass nos impide empatizar con su personaje (sospecho que aquí intervienen cuestiones de género), aunque luego la atracción hacia el abismo puede ser una tentación irresistible. La sensación que deja la película es que está intentando decirnos algo, y que muy pronto empezaremos a oír voces. Ojalá nos salgan alas.

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