[Sitges 2020] ‘Dos tontos muy tontos’ + ‘La mosca’= ‘Mandíbulas’

Quentin Dupieux firma la película más hilarante de su carrera, casi una comedia clásica en la que una irresistible Adèle Exarchopoulos rompe su propio molde.

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11 de octubre de 2020

Dupieux, antes conocido como Mr. Oizo –ya saben, entre otras cosas, el compositor French Touch de aquel mítico anuncio de Levi’s, con el peluche Flat Eric siguiendo el ritmo–, se le quiere desde que hizo historia con Rubber (2010), su tercera película, que protagonizaba un neumático asesino, y que arrancaba con toda una declaración de intenciones sobre las que ha edificado su cine: un policía norteamericano monologaba mirando a cámara, preguntándose por una serie de asuntos a los que sólo encontraba una explicación: No Reason, o lo que es lo mismo, Non Sense.

El humor absurdo es

A este crítico le robó el corazón, porque entre la serie de preguntas que se hacía aquel policía fronterizo, destacaba una: “¿Por qué E.T. era tan feo?”. En realidad no hablaba explícitamente de la fealdad, por lo demás obvia, del muñeco más popular de Steven Spielberg, sino que simplemente se preguntaba por qué era de color marrón. Ese color tan horrible.

Se dice que las películas le hablan a uno. Pero pocas veces me he sentido tan interpelado como con Rubber, que ponía entre interrogantes algo que me venía trabajando la mente desde mi más tierna adolescencia, sobre todo desde que a uno de mis mejores amigos le regalaron una lámpara de E.T. Se la pueden imaginar. Por las tardes, después del colegio, iba a casa de mi amigo, y ahí estaba, entre nosotros, la incomprensible lámpara de E.T., con aquel dedo iluminado que me parecía de una fealdad tan desagradable como obscena.

Tampoco entendí nunca que a Spielberg se le considerara tan absolutamente intocable después de haber hecho una película como aquella. Era algo que prácticamente me veía obligado a sufrir en silencio, abrumado por el consenso generalizado que formaba un círculo amenazante a mi alrededor. Hasta que apareció el policía de Rubber, y lo preguntó alto y claro. Suspiré de alivio, solté un lastre de décadas y sentí que, aunque no he conocido nunca a Dupieux en persona, se creaba entre nosotros un vínculo de amistad inquebrantable.

Amigos para siempre

Amigos en el sentido de que intento no perderme ninguna de sus películas. Pero amigos también como ese colega cuyo humor un tanto extraño al principio hace gracia, y al final empieza a hacerse cansino a base de repeticiones. Eso sí, sigue siendo amigo. Han sido seis largos desde Rubber. Después de Wrong (2012), vino Wrong Cops (2013), que no era lo mismo, pero casi. Es cierto que, con Réalité (2014) o La chaqueta de piel de ciervo (2019), innovó siempre dentro de su universo No Reason, pero ya se había convertido en ese amigo con aliento a cerveza.

A Sitges, vaya por Dios, no ha podido venir, pero ha mandado un simpático vídeo filmado con el móvil mientras conducía su coche por Francia, donde dice que está filmando otra película. Todo bastante No Reason –sólo faltaba Flat Éric– hasta que ha dicho algo significativo: “No sé cómo se dice Mandíbulas en inglés”. En ese momento supe que volvíamos a estar conectados, ya que, como todo el mundo sabe, Mandíbulas –Jaws en la lengua de Trump– es el título original de Tiburón, el otro muñeco más famoso de Spielberg, un muñeco que se comería a E.T. sin dudarlo. Supe que volvíamos a ser tan amigos como al principio de nuestra relación, y no me equivocaba.

Todo esto –una introducción, convengamos, que demasiado larga–, para decir que, tal y como anunció el propio Dupieux conduciendo su coche, Mandíbulas es una película sobre la amistad. Una amistad entre dos tontos muy tontos, a la francesa, en una desglamourizada Costa Azul: David Marsais sería Jim Carrey, y el inenarrable Grégoire Ludig, un Jeff Daniels con trazas de El Nota, Frédéric Beigbeder y Depardieu joven.

Ahora viene el argumento

El argumento puede parecer No Reason, pero fluye. Ya no es un simple encadenamiento de gags post humorísticos, sino una comedia de toda la vida que ha provocado no pocas carcajadas desacomplejadas en el Meliá. La historia, que siempre está bien avanzar un poquito de qué va, versa sobre dos perdedores completamente estúpidos que tienen que llevar un maletín de un punto A a un punto B, misión sencilla que evidentemente se complica cuando encuentran una mosca gigante en el coche robado que se han agenciado, como si fuera el marciano radioactivo de Repo Man (Alex Cox, 1984). Ahí también salía un policía, cuyas botas acababan echando humo.

¿Qué provecho se puede sacar de una mosca gigante? Pues obviamente entrenarla para que vaya al banco, coja el dinero y lo traiga, sin que estos famélicos gañanes tengan que mover un dedo. Lo que se dice un plan perfecto. Con estos mimbres, el francés arma una road movie delirante, que tiene dos grandes paradas: la caravana de un anciano que acaba siendo pasto de las llamas, y la casa de veraneo de una supuesta amiga de la infancia, en la que hace su gran reaparición la gran Adèle Exarchopoulos, que por fin rompe el cascarón de su rol consagratorio con un personaje tremendamente divertido. Divertido, insistimos, en el sentido tradicional de reír de buena gana.

Ya está bien de verla llorar. Aquella Adèle de mejillas sonrosadas y mirada temblorosa es aquí una pobre chica que se ha quedado pallá después de un accidente de esquí, y sólo puede hablar pegando gritos. También es hipersensible, de una hipersensibilidad muy francesa, y no encaja muy bien la intrusiva aparición de estos tontos muy tontos, que acarrean clandestinamente una mosca gigante envuelta en una manta, como si fuesen Elliott y su inefable pandilla. Hay que decir que también hay una escena con bicicletas. En este caso, por limitaciones de la producción independiente, sólo una, pero tuneada de unicornio rosa y capaz de remolcar un coche: ¡Spielberg, chúpate esa!

Así, para concluir

Habría que detenerse en el posado de Adèle en la pasada Mostra de Venecia, donde se presentó la película antes de acabar en Sitges. La musa de Kechiche pisa alfombra hermosísima con un ceñido vestido negro, pero haciendo cuernos con las dos manos, en genuina actitud punk, o más bien heavy-metal, una combinación de glamour, sensualidad e insolencia que ya le habíamos visto en el pasado, pero que aquí adquiere un nuevo sentido, ya que esos cuernos son el saludo cómplice de los dos amigos en la película, que cada vez que se dicen hola, adiós, están contentos o celebran algo, hacen cuernos con las manos, las entrechocan y gritan “¡Toro!”. No reason.

Ese gesto ritual de entrechocar las manos haciendo cuernos se ha propagado entre todos los críticos con profundísimos lazos de amistad que han visto la película, en perfecta armonía y comunión ante la pantalla gigante del Meliá, sobre todo en circunstancias tan extraordinarias como las presentes, cuando cabe la posibilidad de que sea el último festival de cine. Las noticias que van llegando desde Mundo Exterior no pueden ser más desalentadoras. Se anuncia un futuro como el de Península, con las salas de cine cerradas, y el mundo del cine en ruinas, reducido a “contenidos” para plataformas. En cualquier caso, en tiempos de muerte y destrucción, Mandíbulas es medicina para el alma. Se estrena el 8 de enero. Una inmejorable ocasión para apoyar el cine.

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