[Sitges 2020] ‘Baby’, de Bajo Ulloa, es maravillosa

El sórdido lirismo de los grandes clásicos de Juanma Bajo Ulloa –'Alas de mariposa' y 'La madre muerta'– adquiere nuevo vuelo en esta discutida obra maestra.

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12 de octubre de 2020

Lo leí en algún sitio, o alguien me lo comentó: Bajo Ulloa había vuelto a los orígenes. Difícil de creer. Aunque quizás ni Frágil (2004), ni Rey Gitano (2015), merecían ser arrastradas por el fango, lo cierto es que al director de Airbag (1997), que fue la película española más taquillera antes de que Torrente nos enseñara cómo y cuando lavarnos las manos, se le daba por perdido. Lo que más cuesta de entender es que el de Vitoria pasara de un taquillazo como Airbag a lo que, de una manera un poco romántica, podríamos definir como director maldito.

Historia de un maldito contada por él mismo

El propio Bajo Ulloa, presente para competir en Sitges, aclara que Airbag fue un éxito accidental:Airbag ya fue una película maldita. En aquella época había unos grupos mediáticos que hacían películas y las promocionaban. Si ibas por libre, no había problema siempre y cuando tu cine alternativo no se llevara una parte del pastel. Si lo hacía, se lo tomaban como un ataque a su línea de flotación”.

Bajo Ulloa asegura que le hicieron el vacío. “Nadie nos entrevistaba. En El País apareció una página diciendo que éramos Número Uno al cabo de un mes, pero pagada por la productora. Ahora pasa lo mismo, aunque de manera mucho más extrema. Hay dos ramificaciones, la industrial y la ideológica. Al puritanismo de derechas de toda la vida, se ha sumado la inquisición de la izquierda, que tampoco es izquierda, porque las etiquetas no significan nada. Vivimos en una dictadura audiovisual y mediática. No hay libertad, y eso la cultura lo sufre de manera brutal”.

“Hubo algunos proyectos abortados, como el del Capitán Trueno, del que tuve que salirme, porque aquello no se sustentaba. Era un quiero y no puedo”, continúa (Antonio Hernández acabó dirigiendo El Capitán Trueno y el Santo Grial, y fue un desastre). “No me llamaba nadie. Estuve años sin oír una llamada”.

Pasaron los años, y aquí está de nuevo el mejor Bajo Ulloa, resurgiendo de sus cenizas a lo Ave Fénix con una película maravillosa, una fábula atemporal protagonizada por una encantadora princesa yonqui –Rosie Day, cual joven Nastassja Kinski–, cuya carrera de bailarina también se truncó, y que ahora sólo quiere recuperar a su retoño, cedido en fraudulenta adopción en un momento de debilidad heroinómana.

Una película que, de entrada, te deja sin palabras

No sabía gran cosa de la película cuando me metí en la sala, y sólo al cabo de un rato descubrí lo que probablemente ya sabía todo el mundo, que Baby no tiene diálogos. Al principio, como la protagonista está sola con su bebé, hundida en la miseria de su piso inmundo a lo largo de días en los que sólo importa pincharse en el pie, no se echan en falta las palabras. Pero luego, cuando interactúa con la camella o con su casera (Charo López), tampoco. En la película pasa lo contrario que en la vida, donde abunda la cháchara insustancial, el hablar mucho para no decir nada.

No se trata de otro pastiche de cine mudo, sino, tal y como explica el director, del resultado de un proceso de depuración: “En las diferentes fases del guion, que han sido muchas, he ido esenciándolo todo, como cuando de unas rosas extraes una gota con un determinado perfume. Al principio tenía todo un universo, pero fui eliminando personajes, decorados, figurantes, textos. Cada vez había menos de todo, y al final decidimos prescindir de los pocos diálogos que quedaban. Se trataba de confiar en los elementos cinematográficos. Las miradas, el silencio, la música”.

La conmovedora partitura de Koldo Uriarte tiene un tono retro y unos dejes que incluso me recordaron a Lana del Rey, y la película se abre con uno de esos clásicos –el River Mande Nick Drake–, con el que te puedes topar en cualquier momento y circunstancia. En cuanto a los elementos que quedan, después de ese proceso de depuración minimalista, son pocos. Del piso pasamos a un caserón en el que viven una aterradora señora mayor (Harriet Sansom Harris), una niña con alas de mariposa (Mafalda Carbonell) y una inquietante Natalia Tena convertida en una suerte de bruja albina.

“Me encantaría saber qué hará en la segunda parte”, dice de Tena el director. “Ah, ¿pero habrá segunda parte?”, le pregunto yo. “¡Yo qué sé!”, contesta. De momento no tiene ni distribución. Todo depende de cómo le vaya a la película en Sitges, y de si el mundo del cine no se acaba de hundir mientras tanto.

Malos tiempos para la lírica

“Algunos críticos se enfadan conmigo porque descubren que no soy todo lo cinéfilo que quisieran”, se ríe el vasco cuando le hablo de alguno de los más atípicos giallos que me vinieron a la cabeza contemplando Baby, un título, se me olvidó comentárselo, que es lo único que no me gusta de la película. “Hay directores que ven mucho cine para tener referencias antes de ir a rodar, pero yo soy más bien de los que se aíslan. Creo que cuando te obsesionas con lo que te gusta, te cierras. Pierdes en osadía”.

Más que un proto-giallo a lo The Duke of Burgundy –mi favorita de Peter Strickland–, por no hablar de las gélidas postales de Cattet y Forzani, Baby entronca, como decíamos, con Alas de mariposa La madre muerta, pero llevando ese sórdido lirismo marca de la casa a otra dimensión, explorando con renovado esfuerzo esa poesía visual que, en Frágil, se le fue de las manos volando en una dirección equivocada. Pero aquí, en la opinión (seguramente no demasiado popular) de este cronista, roza lo sublime. Hasta me gustan todas esas estampitas de la madre naturaleza que están ahí “para mostrar que todos formamos parte de un todo”.

Y realmente me fascina ella, tan hermosa, tan desconocida, tan ausente. Cómo mira, cómo camina, como se mueve con esa americana mugrienta que todavía lleva con las mangas arremangadas, como si la suciedad del mundo simplemente se le hubiera caído encima.

La ambientación de cuento de hadas, con ese caserón medio en ruinas, se ha armado con un barroquismo que, paradójicamente, respira, y no queda de juguete como en los universos ultradémodés de un Burton o un Jeunet, con aquellas puestas en escena tan asfixiantes como poco creíbles. Aquí, al contrario, la película discurre majestuosa sin que no sólo no se echen de menos las palabras, sino tampoco más trama, ni acontecimientos, ni nada.

El ritual de lo inhabitual

La repetición ritualizada de la acción en este huis clos, donde la heroína trata de salvar una y otra vez a su retoño, acaba adquiriendo un matiz de triste comicidad. Baby consigue finalmente resultar tan radical como asequible, y podría conquistar a un público relativamente amplio si de verdad yo tuviera ojo para esas cosas, que no lo tengo, y el mundo del cine no se encontrara al borde del abismo, como nunca antes estuvo.

En Sitges, donde la película va a concurso, la proyección del filme ya ha provocado reacciones de toda gama, desde el rechazo visceral a la adoración ciega, pasando por todas las modalidades de aceptación o renuencia con matices. Al menos no genera consenso. Esas son las peores, o como mínimo las menos interesantes.

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