Sion Sono: Pasado, presente y futuro de un extremista

'El club del suicidio', 'Love Exposure', 'Himizu'… Repasamos la filmografía de un cineasta capaz de inquietar hasta a Nicolas Cage.

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25 de octubre de 2019

Hay directores que aunque sean poco conocidos por el público general pueden estar entre los más importantes de su generación. Personas que no es sólo que apelen a un público cinéfilo o sean de culto, sino que, al no hacer cine en inglés, fuera de las coordenadas de Hollywood, no tienen la misma repercusión que sus coetáneos americanos. Y si hay un director que ejemplifica a la perfección esta diatriba, ese es Sion Sono.

Nacido en la prefectura de Aichi en 1961, el primer amor de Sono, incluso antes que el cine, fue la poesía. Alternando entre la escritura y la realización de cortos en Super 8, durante sus años formativos, el futuro cineasta ya apuntó a cuáles serían sus obsesiones ya de adulto: no entender la frontera entre géneros, medios o disciplinas artísticas.

A pesar de todo, su carrera no comenzó hasta filmar, ya en 1987, su primera película: Otoko no hanamichi, traducible como El camino de flores de un hombre. Sin nada demencial en su premisa, la película nos hace seguir el paso a la edad adulta de un hombre que se ve asfixiado por la pobreza, su familia, la sociedad y también su propia incapacidad para encontrar su lugar en el mundo; un relato clásico, pero que nunca se agota.

De hecho, este será un tema que compartirán el grueso de sus primeras películas, incluida su tercera película, estrenada en 1990, Jitensha Toiki, que podríamos traducir como Largo suspiro en bicicleta. Otra película sobre jóvenes que no ven un futuro claro, esta vez producida gracias a una beca del Pia Film Festival, importantísimo certamen japonés que ha servido de plataforma para muchos directores hoy relevantes. Algo que, en el caso de Sono, le sirvió como lanzadera para empezar a hacerse conocido en Japón a principios de los 90.

A partir de entonces, Sono no paró de crecer. Con su siguiente película, Heya (La habitación), donde un asesino en serie va en búsqueda de una habitación en un distrito de Tokio sin futuro, participó en la edición tokiota del festival de Sundance, ganando el premio especial del jurado. Algo que le llevó a girar por los festivales de todo el mundo; lo cual, desde entonces, se ha convertido ya en norma con su trabajo.

En cualquier caso, una vez revisados sus inicios en el cine, se hace imperativo empezar a cribar, seleccionar y aceptar que, en última instancia, es imposible escribir un artículo atendiendo a la totalidad de su obra. No porque tenga altibajos, que apenas los tiene, sino por su extensión.

Sono ha firmado hasta el día de hoy 54 películas y series como director, de las cuales ha escrito 46. Por esa razón vamos a limitarnos no necesariamente a sus mejores películas, sino a aquellas que han definido de una forma más evidente su cine y la recepción que se ha tenido del mismo. Porque incluso si quisiéramos abarcarlas todas, hablar, aunque fuera someramente, de todo lo que ha hecho tanto en cine como en televisión, la extensión del artículo sería mucho mayor de lo que mucha gente podría considerar aceptable.

Si hemos de elegir, es lógico pensar que, tras asentarse como un prometedor director en Japón, el siguiente paso natural es fijarse en cómo consiguió hacer lo mismo en el escenario internacional. Y eso ocurrió en 2001 al estreno de una de sus películas más conocidas: El club del suicidio.

Si tuviéramos que elegir un filme como ejemplo del estilo de Sono, El club del suicidio sería nuestra mejor baza. En teoría es una historia de terror, pero no asume el grueso de tropos del género; también tiene toques de cine detectivesco, pero sin aceptar los principios del mismo; y su pulso es el de un thriller, a pesar de que no basa su narrativa en la tensión constante.

Todo comienza cuando un grupo de colegialas se lanzan a las vías del metro en un suicidio sin ninguna explicación aparente. Algo que dará lugar a un guion que trasciende cualquier clasificación en género alguno para adentrarse en un terreno que colinda entre el drama, el existencialismo y la aventura psicotrónica más pura. Todo ello sin dejar de ser fácilmente comprensible y apta para todo tipo de públicos, siempre que no les asusten las generosas cantidades de sangre o las desconcertantes salidas de tono, especialmente por el lado más humorístico.

Con esos peculiares mimbres, El club del suicidio sería todo un éxito internacional, lo cual convertiría a Sono, de la noche a la mañana, en un director de culto. Algo que le llevaría, en 2005, a hacer una secuela de película llamada Noriko’s Dinner Table y otra nueva película, Strange Circus, donde revalidaría su título de autor de culto al presentarnos dramas cargados de erotismo, problemas psicosexuales y gore en dos (muy) relativamente contenidos ejemplos de la obsesión de Sono con la estética puesta al servicio de la narrativa.

Para que se convirtiera en algo más que un autor de culto y se convirtiera en un autor respetado y venerado por la crítica y la prensa especializada habría que esperar hasta 2008, año en que estrenó Ai no mukidashi, más conocida como Love Exposure (Exposición de amor). Todo un tour de force de casi cuatro horas de duración que se pasan volando donde el catolicismo, las perversiones sexuales más bien tirando a inocentes, las sectas y un afinadísimo sentido del drama, el romance y la comedia dan lugar a un artefacto que sólo se puede definir como pop en el sentido de su propia presentación: llena de colores, referencias y sacudidas desconcertantes que pueden recordar, con sus abismales diferencias, al cine de Quentin Tarantino. Algo que le hizo ganar no pocos premios en numerosos festivales internacionales, además de la opinión unánime de obra maestra.

Como es lógico, tras el éxito de Love Exposure su recepción ya fue muy diferente. Ya no se le consideraba una rareza, un autor de culto, sino uno de los grandes cineastas japoneses de su generación. Sino es que del mundo. Y eso se empezó a notar con el mayor entusiasmo con el que se recibía cada uno de sus nuevos títulos.

De ese modo, entre 2010 y 2013 estrenaría cinco películas que se consideran como absolutamente imprescindibles dentro de su filmografía: Cold Fish, Guilty of Romance, Himizu, The Land of Hope y ¿Por qué no jugamos en el infierno?. Algo a lo que se sumarían, ya en 2015, tres películas más, Love & Peace, Tag o The Whispering Star. Demostrando de ese modo que lo prolífico no tiene porque estar reñido con la calidad final de las obras. Especialmente si consideramos que las películas que nos estamos dejando fuera son, en su mayoría, más por ser particularmente peculiares dentro de su filmografía que porque sean menores en cualquier aspecto posible.

Si decimos que Sion Sono no ha parado de trabajar en los últimos años probablemente no se sorprenda nadie. Entre los ejemplos más notorios de su obra reciente está Tokyo Vampire Hotel, una historia apocalíptica donde dos grupos de vampiros, unos japoneses y otros rumanos, se enfrentan por la supremacía absoluta mientras un grupo de humanos se encuentran encerrados en un hotel de Tokio durante los próximos cien años bajo el supuesto, no saben si verdadero o falso, de que el mundo fuera de sus puertas se ha acabado para siempre. Siendo todo un derroche de inventiva, imaginación y estética y escritura siempre a punto, Tokyo Vampire Hotel es una de las obras más accesibles del japonés, ya que se puede ver en todo el mundo en Amazon Prime Video, todo ello sin comprometer su personalísima visión del cine.

De hecho, parece que Sono le ha cogido el gusto a las plataformas de streaming porque, recientemente, ha desembarcado en Netflix con su última película: The Forest of Love. Una película sobre un grupo de chicos que quieren hacer una película, un estafador que quiere sacarle todo el dinero posible a mujeres a las que enamora y un grupo de chicas que comparten un pasado trágico. Tres historias que, cuando se aúnen, colapsarán de un modo imprevisible, asfixiante y dirigido con mano maestra, no dejándonos ni un segundo para racionalizar lo que está ocurriendo ante nuestros ojos. Una auténtica joya que está entre lo mejor del catálogo de la plataforma.

Hasta aquí, Sion Sono hasta hoy. Pero, ¿qué le deparará el futuro? Pues de momento, sabemos que en 2020 podremos ver el estreno de su primera película americana, Prisoners of the Ghostland, una película sobre cómo la hija del presidente de EE UU es secuestrada y llevada a una dimensión desconocida a la cual tendrá que ir a rescatarla un convicto condenado a muerte con bombas instaladas en todo su cuerpo al cual dará vida Nicolas Cage. Teniendo en cuenta que Cage ha afirmado que es la película más increíblemente demencial que ha hecho hasta ahora no tenemos ningún miedo en decir que, al menos en un futuro próximo, Sono va a seguir siendo uno de esos directores que, a pesar de no tener los medios de sus compatriotas anglosajones, da mucho, pero mucho, que hablar.

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