¿Simba o Kimba? El caso de ‘El rey león’ japonés

El estreno de la nueva versión fotorrealista de 'El rey león' reaviva una nueva polémica: ¿plagió Disney a Osamu Tezuka su propia película felina?

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31 de julio de 2019

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  • El rey león se ha estrenado envuelta en polémica. Y es que, si bien ha funcionado perfectamente en taquilla, tampoco es algo nuevo que Disney triunfe sumergida en la polémica. A fin de cuentas, El rey león siempre ha estado teñida de controversia. Y donde ahora lo cuestionable ha sido su decisión de escorar hacia el realismo sin personalidad, en la original lo fue la posibilidad de que no fuera nada más que un plagio de una obra de Osamu Tezuka.

    El emperador de la selva, o Kimba, el león blanco en Latinoamerica, fue un manga escrito y dibujado por Osamu Tezuka para la revista Manga Shōnen entre noviembre de 1950 y abril de 1954. Debido al éxito que arrastro durante casi una década, entre 1965 y 1966, Eiichi Yamamoto dirigiría y escribiría una adaptación animada para televisión, siendo este la primera serie de anime a color de la historia, tras haber adaptado otra de las obras clásicas de Tezuka: Astro Boy. Y como no pudo ser de otro modo, fue todo un éxito. Algo que se tradujo en numerosas secuelas en formato serie, un par de remakes y varias películas, algunas de ellas llegando a emitirse fuera de Japón. Por ejemplo, en EE UU, vía la NBC, gracias a los esfuerzos de Fred Ladd, uno de los primeros impulsores del anime fuera de las fronteras del país del sol naciente.

    Ahora bien, ¿por qué se acusa a Disney de plagiar la obra de Osamu Tezuka? Para empezar, porque tienen tramas generales muy similares. Ambas tratan sobre un cachorro de león que, tras quedar huérfano, debe reclamar su lugar como rey de la selva. Ambos hablan con sus padres que se les aparecen en las estrellas después de muertos. Y además, ambos tienen a un babuino por protector y a las hienas y a un viejo león por rivales.

    Pero ahí no acaba la cosa. También hay escenas que son sospechosamente similares, con composiciones prácticamente idénticas entre ambas. Y además, sus dos personajes protagonistas son prácticamente un calco, no sólo porque porque haya diseños previos del protagonista de El rey león donde es sospechosamente similar al de El emperador de la selva, sino porque hasta sus nombres, Simba y Kimba respectivamente, han causado más de un malentendido debido a su más que sospechosa similitud.

    De todos modos, no neguemos lo evidente: hasta aquí no hay nada conclusivo. Si alguien quiere defender que es todo casualidad, puede. En las selvas hay cierta clase de animales, las casualidades existen, ambas películas se basan en Hamlet. Pero además de que esto último es falso, por más que insista el fandom —El rey león sólo se parece a Hamlet en que el tío de Simba mata a su padre y, en consecuencia, busca venganza; en El emperador de la selva directamente no hay ningún paralelismo—, es difícil decir que todo sea fruto de la casualidad cuando empezamos a rascar un poco la superficie.

    La primera persona en señalar los más que casuales parecidos fue Matthew Broderick, la voz adulta de Simba. Desde el principio, y por la sinopsis y los guiones que le habían dado, él pensaba que estaba haciendo una versión americana de Kimba, el cual era muy popular entre los niños de su generación. Idea que compartió con familiares y amigos, hasta que Disney le dijo que no. Que se equivocaba. Que nadie en Disney jamás había oído hablar de Kimba, el león blanco. Algo que parece, en el mejor de los casos, bastante dudoso.

    Tenemos un buen puñado de razones para dudar de las declaraciones del estudio. Y al menos una para decir que es directamente falso. Para empezar, Walt Disney conoció en persona a Osamu Tezuka en la feria mundial de Nueva York de 1964, donde no sólo compartieron impresiones, sino que Disney reconoció que le gustaría ser capaz de hacer algo como Astro Boy, la obra de animación que produjo inmediatamente antes de El emperador de la selva. También porque, como señalaba Broderick, la serie no era precisamente desconocida en EE UU. No cuando fue emitida en la NBC gracias a los denodados esfuerzos de Fred Ladd, quien siempre ha expresado incredulidad ante la taxativa negación de Disney sobre lo que parece una inspiración evidente. Especialmente porque, según afirma, tiene conocimiento de que al menos uno de animadores que trabajó en la producción es un ávido fan de Kimba y fue muy vocal durante la misma sobre las similitudes entre ambas obras.

    Esto, por supuesto, ha sido sistemáticamente negado por algunos de los trabajadores del estudio. Especialmente el director de la película, Roger Allers, ha afirmado taxativamente no conocer en absoluto la obra de Osamu Tezuka y no recordar que fuera nombrado en absoluto durante las reuniones de preproducción o durante la producción en sí. Algo que no solo choca contra las declaraciones de Ladd, sino también con su propio historial. No por nada, Allers trabajo como animador en Tokio durante los 80s, Tezuka es y ya era entonces uno de los artistas vivos más famosos del país, si es que no el más famoso, y un remake de la serie original se estaba emitiendo justo en ese momento en televisión en prime time, engendrando toda una nueva generación de fans del león blanco. De ahí que, salvo que Allers estuviera completamente aislado de su entorno y la sociedad en general, es absolutamente imposible que trabajara durante años en Tokio de animador sin haber conocido la existencia de una institución como Osamu Tezuka.

    Para compensar, si bien otros miembros del equipo se circunscriben a la misma idea, lo hacen en un tono más marcadamente tibio. El codirector Rob Minkoff también ha declarado no estar familiarizado con El emperador de la selva, pero afirma que tampoco es raro que haya babuinos, pájaros y hienas en una historia ambientada en África. Algo que, si bien está ahí y ambas se parecen en eso, en ninguna medida deniega todo lo demás que no se puede justificar con un “esto es África”.

    De similar modo, Tom Sito y Mark Kausler, creadores de la historia original, admiten haberla visto, y que seguramente la mayoría de sus compañeros también, pero que aquella no fue su influencia en absoluto, sino Bambi. Algo, de nuevo, como poco dudoso, si tenemos en cuenta las más que limitadas similitudes entre ambas, y que ya niega de pleno la afirmación de Disney: que nadie en el estudio conocía de absolutamente nada una famosísima producción japonesa.

    El lado japonés de la historia

    Hasta aquí queda clara la postura de Disney. No sabemos nada, no hay intención de nada, no se nos puede acusar de nada. Pero, ¿qué piensan en Japón? Nos tememos que allí son más de asumir la postura de la mala fe.

    Por una parte, está la compañía que atesora los derechos de El emperador de la selva, Tezuka Productions. Fundada por Osamu Tezuka en 1968 para producir sus propios animes, incluso tras el éxito de sus primeras producciones, no pudieron hacer nada contra el atropello de Disney. Según declaraciones de Yoshihiro Shimizu, director y animador de la compañía, se plantearon la posibilidad de denunciar a Disney, pero dado que la compañía es conocida por tener algunos de los abogados más implacables del mundo, sumado a la dificultad de ir a un juicio largo y costoso en otro país, podría significar la quiebra para ellos. Demostrando así, una vez más, los desmanes del sistema capitalista americano.

    Pero lo que no se puede ganar en los tribunales a causa de un sistema corrupto siempre se puede pelear en la calle. Ese fue el caso del estreno de la película, que hizo que 488 mangakas y animadores, liderados por la ilustre mangaka Machiko Satonaka, firmaran una petición acusando a Disney de plagio y demandando que le dieran el crédito que se merecía a Tezuka. Algo que no tuvo efecto alguno, pero sirvió para mostrar que, al menos en Japón, todavía existe la solidaridad de clase.

    Después de todo, si es o no plagio, es algo que no podemos saber. No cuando llevarlo ante el juez para que se lleve a cabo una investigación sería es, en esencia, imposible. Porque, al final, el problema es la actitud de Disney. Su tendencia a borrar todo lo que vino antes de ellos, o de fuera de ellos, para apropiarse del mérito ajeno. Porque añadir un “inspirado en El emperador de la selva” o añadir en los agradecimientos a Osamu Tezuka les hubiera salido, esencialmente, gratis. Y aunque no, Disney tenía dinero de sobra para comprar los derechos de la obra, como los tenía para destruir el legado de una de las leyendas más importantes del medio si, pese a todo, hubiera querido revolverse contra ellos. Porque en el capitalismo, como en la selva, no existe la justicia: existe la ley del más fuerte.

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