[Seminci 2018] ‘Utoya. 22 de julio’, terrorífica matanza en una sola toma

Erik Poppe sigue a las víctimas del atentado de 2011 en un thriller de acción tan cinematográficamente impecable como moralmente controvertido

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24 de octubre de 2018

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  • “Tranquila, esto es un campamento de verano. Es divertido”, dice una de las asistentes al campamento juvenil del Partido Laborista Noruego en Utoya, isla del lago Tyrifjorden. Se lo dice a Kaja (personaje ficticio basado en supervivientes de la masacre), una chica de 18 años, perfeccionista, preocupada por su hermana menor, a la que seguimos desde hace rato entre tiendas de campaña y conversaciones con sus compañeros sobre la bomba que ha explotado en Oslo esa misma mañana. Erik Poppe se acerca al grupo desde el naturalismo, con una mirada documental desprovista de efectismos. Nos entretiene con la discusión ideológica de los jóvenes para que el sonido de unos disparos, a lo lejos, nos sorprenda igual que a ellos.

    Comienza entonces el tren de la bruja. En una sola toma, en un plano secuencia, seguimos a Kaja y revivimos la matanza de Utoya siempre a su lado. Compartimos la angustia de su carrera desesperada, su confusión sobre lo que está pasando y la información que va llegando caótica, sin contrastar, de que todo es un simulacro, primero, de que es la policía quien dispara, después. Seguimos a Kaja en busca de su hermana como un Salvar al soldado Ryan a tiempo real, escondiéndonos con ella, corriendo hacia el mar, bordeando cadáveres amontonados en el suelo y disparos que retumban en el aire. Así, durante los eternos 72 minutos que la policía tardó en desarmar al terrorista que aquella mañana de julio se cobró 77 vidas en la isla de Utoya y que Poppe solo retrata de lejos o a través de sus disparos.

    Utoya. 22 de julio no llega libre de controversia, como tampoco lo hizo 22 July, la versión de Paul Greengrass sobre el atentado. Su visionado incomoda tanto por la brutalidad de los hechos como por la sensación de estar asistiendo a un espectáculo a partir de los mismos.  Y, por respetuosa que sea la aproximación de Erik Poppe a la catástrofe y necesaria la llamada de atención sobre el auge de la extrema derecha en Europa, es inevitable plantearse cuánto hay de denuncia y concienciación y cuánto de disfrute al verla, como quien sufre con cualquier otra película de terror.

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