[SEMINCI 2016] Día 4: Gerarda, Chema Prado y la lucha por la preservación del patrimonio

'La madre' y 'Aquarius' elevan el nivel de la competición oficial.

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26 de octubre de 2016

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  • En las corrientes de transmisión subterráneas que van conectando las películas del festival, ayer fue la foto de un auto con la familia “posando” al lado, la que tendió un puente de significado entre dos películas tan aparentemente distantes como son Aquarius (Doña Clara) y Dokhtar (Hija). La imagen es además la clave para entender la evolución del tiempo en las relaciones sociales que se establecen entre las personas: el coche, de ser un miembro más de la familia, ha pasado a convertirse en un factor de ostentación más, en indicativo del estatus social (o de la casta) de cada uno, pasando a prevalecer incluso esta condición sobre las relaciones de parentesco familiar. De la familia también, o de la ausencia de ella, habla La madre, la película de Alberto Morais cuya programación hace justicia con uno de los cineastas más interesantes en el panorama actual del cine de autor.

    Pero además de las películas, hoy toca hablar de los dos mitos vivientes que ayer recogieron sendas Espigas de Honor del Festival, y que son Geraldine Chaplin (“Gerarda” para los amigos, desde que su ex Carlos Saura la bautizara así) y José María Prado, garante durante los últimos cuarenta años de la conservación, restauración y difusión del patrimonio cinematográfico español.

     

    Los ojos de Geraldine y la cabellera de Chema Prado

    Geraldine Chaplin y Chema Prado 1[1]

    Acompañada de su hija Oona y derrochando un humor y simpatía sin parangón en el Festival, Geraldine Chaplin se confesó enamorada de España desde que llegó para rodar Doctor Zhivago: “Estuve tanto tiempo y dejé tantas maletas que ya me quedé aquí”. Con Carlos Saura rodó nueve películas, pero su concurso fue al principio una imposición del director Elías Querejeta, quien pensó que la actriz sería un buen reclamo publicitario. Ser la hija de Charlot no fue una carga, sino un aliciente para ella: “Voy a ser actriz. Esto debe ser facilísimo con el apellido que tengo”, confiesa que pensó al principio. Cuando Javier Angulo, en el transcurso de la clase magistral que impartió en la Universidad de Valladolid, le preguntó sobre el género que le gustaba más, Geraldine aludió a la evolución en su físico a la hora de ir pasando por distintos roles: “Es lo que provoca que haya empezado a hacer de abuelitas, y el camino siguiente evidentemente es el terror”. De sus trabajos con directores como Pedro Alomdóvar dice “me encanta como dirige, a la misma velocidad que galopa su cerebro, galopa su corazón. Aunque nunca más me llamó”. J. Antonio Bayona contó con ella desde su primera película: “Con El orfanato, tuvo éxito, así que se creía que le daba suerte”. Según la actriz, por eso la llamó para sus siguientes trabajos, y así hizo dos pequeños papeles en Lo imposible y en Un monstruo viene a verme.

    Chema Prado estuvo arropado sobre el escenario del teatro Calderón por los directores de todas las filmotecas autonómicas y por parte del equipo con el que ha compartido trabajo en la Filmoteca Española. En nombre de todos ellos habló Alfonso del Amo, quien destacó, por encima de todo, que Chema Prado “nos dio la oportunidad de desarrollar libremente nuestro trabajo”. Al recibir la Espiga de Honor de manos del director Pere Portabella, Prado reconoció sentirse “muy abrumado” por el reconocimiento, que quiso compartir con todas las personas presentes sobre el escenario, de las que “he aprendido mucho, son unos profesionales muy capaces y con ellos hemos trabajado para hacer crecer la Filmoteca Española y hemos contribuido a dignificar el patrimonio fílmico, no siempre bien tratado por las administraciones”. El homenajeado quiso reivindicar a la Filmoteca Española como institución “y al resto de filmotecas y cinetecas, por ese esfuerzo tan grande que hacen por conservar el patrimonio”. La última meta de Prado, todavía inconclusa, fue luchar porque la Filmoteca fuese homologada como organismo autónomo con Ley Propia, con un estatus jurídico similar del que disfrutan instituciones patrimoniales como El Museo del Prado, el Centro de Arte Reina Sofia o la Biblioteca Nacional.

     

    Lo que hemos visto

    Aquarius (Doña Clara) es otra película clave para entender el efervescente momento por el que atraviesa el cine brasileño. Es un filme que habla del cruce generacional, de los nuevos y despiadados tiempos que han venido para quedarse y que amenazan con transformarlo, con degradarlo todo. También a la burguesía urbana de la que Doña Clara (una gigantesca Sonia Braga) y su familia son representantes. En su segundo largometraje, Kleber Mendonça Filho también nos habla de la lucha de clases (la línea de playa que separa el barrio rico del barrio pobre, la “segunda madre” que asiste a cada primera), pero sobre todo de la resistencia de una mujer ante las sibilinas presiones de un grupo inmobiliario por hacerse con el último rincón de un edificio junto al paseo marítimo de Recife. La resistencia de Doña Clara no responde a un principio de supervivencia (la película se encarga de aclararnos que la vivienda familiar es solo uno más de los cinco inmuebles patrimoniales que posee la mujer), sino que es fruto de una dignidad social y humana que incluso es confundida con locura por alguno de sus hijos. Aquarius es frondosa y nostálgica en lo musical, en la descripción de ambientes y tipos, y contiene diálogos rebosantes de arrojo y sabiduría, pero sobre todo atesora un personaje, y una actriz, como es Sonia Braga, capaz por ella misma de transmitir todos esos valores, y también esos ardores (no falta el homenaje a El principiante con la veterana actriz montándose a un prostituto pollón), que se le presuponen a todo ser por el mero hecho de llevar acoplado el atributo “humano”. No sé si será la mejor película del Festival, pero sí la que, por el momento, más me ha gustado.

    Dokhtar (Hija) empieza contando la escapada rebelde de una adolescente iraní cuando su rígido padre no la deja asistir al cumpleaños de su mejor amiga, pero el argumento pronto se desdobla para contarnos la vieja historia de rencillas y de rechazo familiar entre ese pater familias y su hermana, que vive en Teherán. La película, estupendamente realizada y narrada, ofrece además un retrato fresco y urbano de la juventud iraní.

    Alberto Morais no ha sido profeta en su tierra. Hasta ahora, su cine fue mejor visto en festivales extranjeros que en los patrios. La madre es su tercera película de ficción, tras Las olas y Los chicos del puerto. De nuevo protagonizada por Laia Marull, y por el debutante Javier Mendo, es su película más psicológica, un retrato del desamparo en la onda de Nadie sabe, o de La influencia. La película gustó más a la crítica que al público, quizás impaciente por el lento transcurrir de los acontecimientos y por la desvencijada paleta de colores: de eso se trataba…

     

    Lo que nos hubiera gustado y no hemos podido ver

    La ciénaga- entre el mar y la tierra, de Manolo Cruz y Carlos del Castillo: teníamos entrada, pero los mohines de Geraldine se impusieron a una premisa argumental que me recordaba un poco a la de Mar adentro (y no soporto ese Amenábar).

     

    Espigadera: Aquarius, La madre, y Dokhtar son películas premiables. Pero por mitomanía y por su expansivo y descomunal trabajo, y también porque hoy, la cosa va de actrices, apuesto por el Premio a la Mejor Intérprete para Sonia Braga.

     

    ¿Qué esperamos de la jornada de hoy?: Dos platos fuertes (y no de albóndigas –aquí cine todo el que quiero, pero de comida, a palo seco-), como son The Salesman (Forushande), de Asghar Farhadi, y Maravillosa familia de Tokio, de Yôji Yamada.

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