[SEFF 2019]: ‘Tommaso’, o la pasión de Abel Ferrara

El director de ‘Teniente corrupto’ o ‘Pasolini’ demuestra su buena salud creativa con una contundente exploración sobre una masculinidad atormentada.

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16 de noviembre de 2019

En una entrevista a José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, el grandísimo Luis Buñuel decía sobre su película Él (1952): “Quizá es la película donde más he puesto yo. Hay algo de mí en el protagonista”. Ese filme, que cuenta la historia de un hombre paranoico dominado por los celos, resuena en la nueva obra de Abel Ferrara, Tommaso, un contundente trabajo que sigue a un hombre en lucha contra sus propios tormentos interiores y en la que no cuesta ver –o queremos adivinar– rasgos de la propia vida del cineasta. Es probable que, como le sucedía a Buñuel con Él, Tommaso sea la película en la que Ferrara haya puesto más de sí; aunque también es probable que el director de Teniente corrupto esté jugueteando con nuestras expectativas e interpretaciones. Sea como fuere, estamos ante un filme que roza lo excepcional. 

Con un extraordinario Willem Dafoe como Tommaso, trasunto del cineasta del Bronx, y con la actriz Cristina Chiriac, compañera de Ferrara,  y la pequeña Anna, hija de ambos, en los roles de la pareja e hija del protagonista, Tommaso nos cuenta la historia de un cineasta de pasado turbulento y con una nueva vida en Roma en la que ha tenido una hija, da clases de interpretación, aprende italiano y prepara una nueva película. Del mismo modo, la cinta nos arrastra a los miedos del protagonista a la hora de enfrentarse con el reto de construir una familia. La incomprensión, el desplazamiento, los celos o los errores del pasado son algunos de los elementos que, combinados, conforman el yugo que poco a poco va sometiendo al protagonista. ¿Será capaz de liberarse de ese peso del alma o, por el contrario, cederá a las pulsiones de control total que le agitan? 

Ese camino de pasión está hilvanado en Tommaso con momentos de luminosidad extrema junto a otros más oscuros y perturbadores. Las escenas de Dafoe con Anna poseen una ternura fuera de dudas, y Ferrara las filma captando un cariño cotidiano muy emotivo. Por la otra parte, el desafío familiar al que tiene que hacer frente Tommaso es asimismo el desafío de la rehabilitación y de un estar en el mundo sobrio, consciente y atajando tormentos sin la ayuda de la aguja. Ferrara nos enseña, en este sentido, a Tommaso a punto de ceder –¿o cediendo?– ante la tentación de dejarse arrastrar y abandonarse. “El trabajo del actor está entre el control y el abandono”, le dice Tommaso a una de sus alumnas en clase de interpretación, en una sentencia que nos da las claves de la procesión interior del protagonista.

En Tommaso, de hecho, seguimos un vía crucis que no tiene tanto que ver con el proceso como ex alcohólico y ex drogadicto del protagonista sino con la idea de ser capaz de dominar el deseo y controlar los impulsos para lograr un equilibrio y un estar en paz en la vida. Tommaso practica el budismo y la meditación (Ferrara se convirtió en 2007), pero no consigue quitarse de la piel una costra católica que envenena su visión del mundo y que se manifiesta en visiones impresionistas y sueños inquietantes. 

“¿Por qué estar ligado a la rabia?”, le pregunta un amigo a nuestro protagonista, con una ansiedad cada vez más lacerante. Cuando llegue por fin el desenlace de Tommaso, tras un clímax explosivo, la imagen que nos propone Ferrara como exorcismo de ese trayecto pasional no podría ser más poderosa. Es la imagen de un hombre autocrucificado, con la culpa como una cruz pública y doliente; pero, en contrapartida, y tal vez para liberarse del ahogo, Ferrara también propone, ya en el corolario, la imagen de una niña bailando, feliz, diciéndole a su padre que se acabó lo de filmar, que por fin ya “basta”

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