[SEFF 2019]: ‘De repente, el paraíso’, o el rostro perplejo de Palestina

Tras un hiato de diez años, Elia Suleiman presenta en el Festival de Sevilla su nuevo trabajo, reconocido con mención especial del jurado en el último Cannes.

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09 de noviembre de 2019

“¿Cómo se define el hombre? Por el hecho de que tiene conciencia de ser hombre. ¿Dónde se manifiesta esa conciencia? En cien puntos, pero todos relacionados con el rostro”, dice Jacques Aumont en su canónico El rostro en el cine. En ese libro, el teórico desgrana la historia y significados que hemos dado a nuestras caras y sus representaciones, tanto en escultura y pintura como en el cine, y apunta que el rostro puede reflejarlo todo y a la vez ser un muro hermético que proteja nuestro yo de la hostilidad del mundo. Nada sobre lo que a estas alturas no hayamos reflexionado en algún momento, pero esas líneas vienen a propósito del nuevo filme de Elia Suleiman, De repente, el paraíso, porque en esa tensión de la expresividad facial encuentra el cineasta palestino el dispositivo de su última película ya que a través de su rostro conocemos, o nos hace creer que conocemos, su comentario del presente. 

Había expectación por ver el nuevo trabajo de Suleiman por varios motivos. El primero, el hiato de 10 años acontecido entre De repente, el paraíso y The Time that Remains (2009), sobre el desarrollo del estado de Israel desde 1948 hasta la actualidad. El otro motivo, y al hilo de los anteriores filmes del cineasta, era saber de motu propio si Suleiman había logrado salir del envite de crear una comedia sobre el conflicto palestino, un oxímoron en toda regla y más teniendo en cuenta las sensibilidades varias actuales ante según qué temas sobre los que hacer chistes. Pero De repente, el paraíso no es una comedia chistosa ni de grandes risas, sino un trabajo que ahonda en la perplejidad del mundo contemporáneo a partir del absurdo. Da igual que nos encontremos en Palestina, Europa o Estados Unidos, porque la sinrazón lo invade todo. De ahí que Suleiman ponga cara de póquer y observe su alrededor con la máscara de Buster Keaton y Jacques Tati

Observar un rostro es también imaginar aquello que observa, y el contraplano que devuelve la mirada de Suleiman, protagonista absoluto y central de la película, es uno terrible. Del hogar en Nazaret, en el que el vecino que cuida el limonero parece un extraño, y las callejuelas de Palestina, en constante amenaza, a un París primero altamente erotizado para luego convertirse en un desierto por el que campan tanques y cortan el silencio aviones caza, y a un Nueva York armado hasta los dientes, no hay descanso para el alma del Suleiman en el rol del palestino errante, exótica figura sobre la que reflexiona una vez más, aunque en esta ocasión desde fuera y con un tierno rictus tragicómico. Más que un ciudadano del mundo, como apunta irónicamente en uno de los sketches del trabajo, Suleiman es un extranjero perpetuo en nuestro presente globalizado repleto de fronteras. 

Esas ideas discursivas encajan muy rítmicamente en una cinta sin apenas fisuras estéticas: los planos con el eje central, en busca de la simetría o la asimetría en la acción –una composición de las tomas que vincula el filme con las películas de Roy Andersson–; la narración episódica –con dos o tres running gags en todo el metraje–; y la sucesión de estampas teatralizadas de lo absurdo marcan una puesta en escena que hacia el final se antoja algo rígida. Esos pequeños peros, sin embargo, no eclipsan la bonhomía que despliega la película y que tiene su cénit en un simpático gag con un gorioncillo incordiando a un Suleiman dándole al teclado pensando en conseguir financiación para el filme que presuntamente estamos viendo en la pantalla. El teatro del cine y de lo humano, porque no hay otra manera, el director de Intervención divina (2002), de asomarse a lo que nos rodea.

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