SEFF 2016 #1: Siempre cetrero

Angela Schanelec sigue demostrando que es una de las cineastas más interesantes del continente. Bruno Dumont y Ulrich Seidl dan lo que se espera de ellos a quienes le guste.

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09 de noviembre de 2016

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  • ¿De qué se habla en Sevilla? Buena suerte encontrando algún interlocutor a este lado del planeta con quien las palabras más repetidas no sean “Trump” “WTF”. Qué lejana queda nuestra llegada al Festival de Cine Europeo de Sevilla ayer por la mañana, cuando la mayor preocupación de prensa y espectadores era que habían volado las entradas para Xavier Dolan Oliver Laxe. Eran buenos tiempos.

    ¿Qué películas has visto? Evidentemente, es demasiado pronto para coronar The Dreamed Path como mejor película europea del año, pero si aquí hemos venido a jugar así debería ser. La alemana Angela Schanelec sigue practicando una de las narrativas cinematográficas más rigurosas e interesantes del cine actual, siguiendo los pasos de Robert Bresson en montaje, composiciones de plano y concepción del dramatismo actoral. En su nuevo largo tras la cuestionada Orly (2010), la cineasta vuelve a las historias cruzadas, pero esta vez en el tiempo: por un lado, tenemos la historia de una pareja joven a finales de los 80 que se separa cuando él tiene que volver a casa a atender a su madre enferma; por otro, en la actualidad, un matrimonio con hija que también se separa.

    La forma de confluir que tienen ambas historias en la Berlín actual nunca queda del todo clara, un poco como el resto de elementos argumentales del filme, que es necesario ir desentrañando con ánimo detectivesco a medida se despliega una sucesión de planos detalle encuadrados con mimo abrasivo donde cada corte puede suponer un cambio de punto de vista, tiempo o espacio tan abrupto que requiere toda tu atención. Justo la que intenta prestarse, sin éxito, el ramillete de personajes que, como siempre en Schanelec, luchan contra la incomunicación absoluta para expresar emociones que no llegan a pasar de su garganta. Son personas aisladas y fragmentadas, como la impresión general tras ver The Dreamed Path: haber asistido a una colección de objetos, gestos y manos en acción sin atisbo de sangre caliente detrás pero en planos siempre certeros.

    Cómo ha cambiado el cuento respecto a otro discípulo bressoniano de renombre dentro del panorama europeo actual. El francés Bruno Dumont, en su momento autor de hieratismos existencialistas (L’humanité, 1999) con buenas dosis de provocación (Twentynine Palms, 2003) y simbolismo por doquier (Hors Satan, 2011) pegó un giro a su registro habitual zambulléndose en  el humor destartalado con la miniserie El pequeño Quinquin (2014) y ahí sigue en su última película: Ma Loute. Siempre encontraré encomiable que alguien se tome la molestia de hacer una comedia de dos horas en panorámico, pero luego no estaría de más que Dumont encontrara la forma de ser auténticamente divertido.

    La exagerada farsa sobre la lucha de clases de Ma Loute, ambientada en una bahía del norte de Francia donde la burguesía se pudre físicamente en su nepotismo y los trabajadores son caníbales despiadados, tiene buenas ideas de humor físico (cuerpos con sonidos y movilidad de dibujos animados) y verbal (juego con acentos y tipos de habla), pero nunca se llega a ver a Dumont realmente cómodo en este registro. Es mucho menos eficaz apretar las tuercas del humor que forzar el drama, y los últimos trabajos del francés son prueba evidente: la tan denostada comedia posee unos mecanismos de relojería mucho más finos y difíciles de dominar. Por mucho que el director demuestre la generosidad de permitir que cada uno de los miembros de su reparto VIP (Juliette Binoche, Fabrice Luchini, Valeria Bruni Tedeschi…) tenga su propio trompazo.

    No extraña que la afectada fascinación que expresan los caricaturescos personajes acomodados de Ma Loute hacia el entorno natural y los habitantes “pintorescos” de la región sea equiparable al grado de épica que se dan los protagonistas de Safari. Aunque sus materiales procedan del mundo real, el austriaco Ulrich Seidl también se ha movido siempre en el terreno de la sátira. En esta ocasión, aplica su habitual dispositivo de retratos frontales y entrevistas al negocio turístico de los safaris en África, donde adinerados ciudadanos occidentales pueden seguir consumiendo su ración personal de colonialismo cazando animales locales dentro de entornos controlados. Nada nuevo a lo esperado en el cine de Seidl, pero hay que reconocer que este es uno de los temas a los que más partido a podido sacarle en los últimos años.

    Hay una visión mucho más interesante sobre la cultura del lujo aplicada a la caza en The Challenge, del italiano Yuri Ancarani, concretamente a la cetrería en Arabia Saudí. En este documental, que es pura explosión plástica del desierto con todoterrenos a todo trapo, fascinación por los movimientos corporales de los halcones en reposo y campeonatos de cetrería televisados en directo, se entremezclan imágenes desde la arena con tomas de GoPro desde los propios halcones en vuelo. El resultado es tan fascinante como meramente introductorio a un mundo insólito donde las aves valen millonadas y la gente tiene jaguares de mascota, del que sales deseando conocer más.

    ¿Con qué imagen te quedas? Piscina del colegio. Un niño sin movilidad en las piernas se hace una herida en la rodilla; sangra. “Escúpete, la saliva es desinfectante”, le recomienda un compañero. Una niña le lame la sangre con la lengua. The Dreamed Path.

    ¿Qué música suena en el aire? La que le falta a The Challenge para terminar de ser redonda:

    ¿Qué te has perdido? Grandes esperanzas proyectadas durante los primeros días que habrá que recuperar en otra ocasión: Rita Azevedo Gomes, Eugène Green y compañía. Snif.

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