[San Sebastián 2019] ‘La hija de un ladrón’, una ópera prima de honda madurez

La única directora española compitiendo en Sección Oficial brinda una primera película sobre la precariedad material y emocional con ecos a los Dardenne

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25 de septiembre de 2019

Los protagonistas de La hija de un ladrón comen muchos bocadillos. Bocadillos envueltos en papel albal. Bocadillos con mucho pan y poco embutido que el padre y la hija que vehiculan esta historia de afectos unidireccionales se quitan de la boca cuando se enfadan. Parece baladí pero no lo es, porque la ópera prima de Belén Funes está llena de detalles como esos bocadillos. Por poner más ejemplos, hay una fotografía en el fondo de escritorio del cocinero que contrata a Sara. En ella vemos al jefe, el hombre bueno que por fin le ha dado una oportunidad laboral, abrazando a una niña pequeña en actitud paternal. Tampoco es arbitrario, aunque la cámara ni siquiera se detenga en ellos. No lo hace. Ni tampoco se recrea en la voz quebrada de Sara cada vez que contesta que no quiere una copa o en el uso preciso de los idiomas castellano y catalán.

Es esa sutileza en los detalles lo que seguramente le ha valido un puesto a Belén Funes entre los competidores de este año a la Concha de Oro. Eso y un naturalismo descarnado, al filo del documental, que retrata esos espacios y personajes periféricos que, quitando a Isaki Lacuesta, el cine español cada vez frecuenta menos. Su protagonista, Sara, vive con su bebé en un piso de acogida de la Barcelona periférica. Mientras busca un trabajo con contrato, acepta curros invisibles, mal pagados, duros. Sin embargo, su padre, que acaba de salir de la cárcel, ha reaparecido en su vida para cuestionarle a golpe de genética sus intenciones de tener un trabajo y una vida normal.

El amor nunca es recíproco en La hija de un ladrón. En la base de la historia, hay un padre que no es capaz de querer a sus hijos. Sara, la mayor, cuida a su hermano pequeño, que a su vez quiere ser querido por el padre. Además, Sara anhela sentirse deseada por el padre de su hijo, que es el único que la cuida aunque ya no se siente atraído por ella. Ni siquiera el bebé recibe el cariño maternal que se le vendría dado por ley natural, y Sara, muchas veces, lo interpela como a un adulto que quiere algo de ella que no termina de entender.

Lo hermoso, y que habla a gritos de la madurez como guionistas de Funes y Marçal Cebrian, es que todos estos personajes que sobreviven en la precariedad material y emocional, poseen una dignidad y una integridad que conmueve. Sobre todo, Sara. “Mucha gente querría estar en nuestro lugar”, le dice a su nueva compañera en la casa de acogida revelando una humanidad emocionante que Greta Fernández solo potencia con su impecable interpretación. Tanto ella como Eduard Fernández construyen con tanta coherencia sus personajes que, paradójicamente, resulta fácil olvidar que son padre e hija en la vida real.

Hay cierta frialdad en La hija de un ladrón. Precisamente por esa sutileza, por la falta de concesiones, por esa parquedad, por su naturalismo duro y seco. La huella de los Dardenne está grabada a fuego en la nuca de Sara, a la que seguimos en un sinfín de planos secuencia caminando hacia la vida normal que tanto anhela. Funes deja el frontal de su personaje para el final de la película, un plano fijo en un juzgado en el que su protagonista se desarma ante las preguntas de unos abogados que quieren un juicio rápido porque han aparcado mal. Ella es incapaz de contestar a unas preguntas de las que desconoce las respuestas. A diferencia de los abogados, viene de un lugar en el que la lucha por la vida no deja margen para la introspección emocional. Por otro lado, que un juzgado aséptico la conecte con sus carencias afectivas dice mucho en un solo plano sobre lo sola que está.

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