[San Sebastián 2019] ‘El fiscal, la presidenta y el espía’: el caso más misterioso del Villarejo argentino

La serie de no ficción de Justin Webster ('Muerte en León') confirma que las propuestas más interesantes del certamen están en secciones paralelas

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26 de septiembre de 2019

Pulcro en lo periodístico, con acceso a fuentes de alto nivel y elegante en lo narrativo. Así es el nuevo documental de Justin Webster, director de El fin de ETA o Muerte en León. Trepidante, también, como las mejores novelas de espías, aunque su desgraciada premisa sea, en este caso, real. El fiscal, la presidenta y el espía investiga la extraña muerte del fiscal general argentino Alberto Nisman el 18 de enero de 2015 tras su denuncia del encubrimiento por parte del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner del atentado de AMIA perpretado en el 94. Sin embargo, es también el acercamiento a la controvertida figura de Jaime Stiuso, exagente del servicio secreto argentino que recuerda poderosamente a un tal Villarejo, excomisario español acusado de organización criminal, cohecho y blanqueo de capitales. “Alberto fue y puso las pelotas para acusar a Irán, ¿o no?”, dice a cámara Stiuso, el espía del título cuyos seis capítulos han podido verse estos días en el Festival de San Sebastián, en la sección Zabaltegui.

El fiscal, la presidenta y el espía arranca con la escena del crimen. Webster no repara en incluir las escabrosas imágenes del baño donde supuestamente se cayó el fiscal, donde yacía el cadáver entre sangre y orina. La fiscal Viviana Fein, encargada de investigar la muerte, recuerda ante la cámara cómo no se encontró ADN que no fuese de Nisman, mientras Webster apoya su testimonio con imágenes del levantamiento del cadáver prolijamente documentado.

“Siempre estuvieron esos tres interrogantes que yo sostuve. Porque los sostuve: ¿se mató? ¿lo obligaron? ¿o lo asesinaron?”, insiste Fein hablando a cámara. Webster pone sobre la mesa el ADN, el arma con la que se cometió el crimen –pertenecía a un empleado de Nisman que supuestamente se la había prestado–, los restos de sangre y pólvora, pruebas inculpatorias o lo contrario según quién las mire.

Ya desde el comienzo de la serie documental queda claro que Stiuso está en el centro de todo. El exagente fue nombrado por Néstor Kirchner colaborador principal de Nisman en la investigación del atentado. Poco antes, recuerdan las fuentes de Webster, el presidente argentino había cambiado de un plumazo el poder judicial y su entonces Ministro de Justicia, Gustavo Béliz, había aparecido en una entrevista televisiva refiriéndose a Stiuso como “el hombre que maneja los Servicios secretos argentinos independientemente de quién gobierne, el hombre al que todo el mundo tiene miedo, ese con el que es mejor no meterse no te monte una operación”. “Yo vengo siendo acusado de esto mismo desde Mil nueve ochenta y cinco”, contesta el espía riéndose a cámara de las declaraciones del ministro al que hicieron dimitir poco después.

¿Fue Nisman una marioneta de Stiuso? ¿Fue una víctima de la guerra de servicios secretos? Eso parece al escuchar las declaraciones de los entrevistados por Webster. “Cuando vos entrás en el mundo de los servicios secretos, empezás a desconfiar de todo el mundo”, reflexiona uno de ellos aludiendo al verdadero corazón de El fiscal, la presidenta y el espía, cuyo poder evocador nos transmite lo inaprensible del complejo universo de los servicios secretos internacionales. Llegado un momento, Stiuso ya no es el único agente de la cinta y es imposible saber quién dice la verdad y quién miente. Como en la mejor literatura de espías si no fuese porque las 85 víctimas de AMIA fueron reales.

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