[San Sebastián 2019] ‘A Dark-Dark Man’ lleva el absurdo policiaco a Kazajistán

A medio camino del humor negro de Bong Joon-ho y la rigidez formal de un Nicolas Winding Refn de Asia Central, este thriller kazajo se burla de la corrupción policial.

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24 de septiembre de 2019

Aunque el cineasta kazajo Adilkhan Yerzhanov ya cuenta con siete largometrajes a sus espaldas y un par de ellos han pasado por el Festival de Cannes, su nombre sigue siendo relativamente desconocido para la cinefilia internacional. A Dark-Dark Man, su séptima película y con la que compite por la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, podría ayudar a remediar esa situación en el momento en el que el público se sobreponga a sus rígidos códigos estéticos y narrativos.

Yerzhanov emplea los mimbres del thriller postmoderno para hablar de la corrupción policial con el tono desenfadado e incluso inocentón con el que una de las personas más inteligentes que han hecho cine nunca, el francés Jacques Tati, se dedicaba a hablar de las cosas importantes. Y eso incluye multitud de gags visuales y sonoros, entre lo sutil prácticamente imperceptible y lo simplón, que dotan de una aparente jovialidad a lo que en realidad sería un relato durísimo.

A fin de cuentas, se trata del asesinato de un niño y la designación de un falso culpable por parte de las autoridades, completamente compradas por la mafia local. Esa cualidad para hablar de lo grave desde la bufonada es un mecanismo de delicado engranaje que también lo emparenta por momentos con el georgiano Otar Iosseliani o el palestino Elia Suleiman. Pero formalmente el empleo de la música y la querencia por planos largos y estáticos, con encuadres esquinados y perspectivas insólitas que se diluyen en duraciones colindantes con el tedio, apuntan más al Nicolas Windign Refn de Solo Dios perdona The Neon Demon.

A uno de los taciturnos protagonistas habituales del holandés parece interpretar Daniar Alshinov. Su inspector Bekzat está acostumbrado a que los gangsters locales dicten los procedimientos policiales de la región, algo que asume con la aburrida resignación con la que se rellena papeleo burocrático. Pero la llegada de una periodista entrometida justo cuando se está ocupando de la liquidación del “sospechoso a dedo” de un asesinato infantil le obligará a cambiar a regañadientes su perspectiva.

Entre elipsis atrevidas y mantos de música electrónica, Yerzhanov no se amedrenta a la hora de mostrar violencia en pantalla, pero sus ideas visuales siempre van a favor de teñirla de patetismo y, básicamente, subrayar el engorro que supone acabar con una vida humana. Un par de forcejeos, rodados de forma sorprendente primero en un coche y luego en un pasillo claustrofóbico, donde los puñetazos se hunden en carne fofa y las balas pulverizan órganos no vitales, demuestran que aún hay terreno para contar de manera poco convencional historias que se asientan en códigos muy trillados. En Kazajistán lo saben.

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