[San Sebastián 2018] El amor es el mayor telón de acero en ‘Cold War’

El amor en tiempos de Guerra Fría de Pawel Pawlikowski es una de las grandes obras maestras del año.

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24 de septiembre de 2018

“¡Oh, Jeanne, qué extraño camino me ha llevado hasta ti!” era la memorable frase final de Pickpocket. También la que podría concluir la accidentada historia de amor de los protagonistas de Cold War, o incluso el rumbo de la obra de su director Pawel Pawlikowski. 

El caso del cineasta polaco resulta fascinante. Comenzó en el terreno del documental lírico pero no tardó en pasarse a la ficción dentro de la industria británica. En Reino Unido dirigió un puñado de películas de producción y alcance medianos, temática social y cada vez menos interés –aunque allí trabajó con algunos grandes intérpretes al principio de sus carreras: Paddy Considine en Last Resort (2000) o Emily Blunt en My Summer of Love (2004)–, pero ha sido en esta década, de regreso a su Polonia natal, cuando ha encontrado la voz propia que, de manera sorprendente, ha gestado durante tanto tiempo. Y resulta que es una de las más rigurosas y perfiladas del cine europeo actual. Lo demostró con la dreyer-bressoniana Ida (2013) y lo ha confirmado con Cold War, una obra maestra deslumbrante donde Joanna Kulig Tomasz Kot reinterpretan la que fuera la historia de amor de los padres de Pawlikowski.

Con hermosa fotografía en blanco y negro de Lukasz Zal en formato cuadrado, Cold War remite con aire clásico al romanticismo fatalista en tiempos de conflicto bélico de Casablanca, cambiando la II Guerra Mundial por la de su propio título; concretamente, la posguerra durante las décadas de los 50 y 60 en Polonia primero, el resto de Europa después (Berlín, París, Yugoslavia…). Los amantes desgarrados por las circunstancias políticas y la geografía continental son un compositor e investigador musical (Kot) y una cantante (Kulig), a quienes vemos conocerse, separarse, liarse, traicionarse y, finalmente, enamorarse, a través de los años y secuencias breves, de emoción contenida pero flamígera, distanciadas por elipsis rotundas que hacen avanzar el tiempo sin piedad.

Es posible entender la película de Pawlikowski como una suerte de musical gracias a las actuaciones que van puntuando cada viñeta argumental. Primero como parte de la investigación de etnografía musical y tradición oral que propicia el encuentro de los protagonistas, después con las actuaciones de su conjunto de música popular, la evolución de ella como cantante de jazz y los distintos caminos que toman sus vidas.

Todo ello contenido en una ajustadísima duración de menos de 90 minutos en la que cada línea de diálogo, miradas desde el lejano fondo de planos con gran profundidad de campo, gesto reprimido o interacción con otros personajes –hay un cameo muy divertido de Jeanne Balibar– dan forma desde fuera al vínculo entre ambos personajes: invisible desde el exterior, áspero en la superficie y doloroso por dentro, como el telón de acero. Hasta en esa economía narrativa y facilidad para decirlo todo sin necesidad de gritar nada se pone Cold War a la altura del cine de los grandes clásicos.

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