Salamanca, las conversaciones que cambiaron el cine español

Desde hoy hasta el sábado la ciudad charra acogerá las Nuevas Conversaciones de Cine español. ¿Conseguirán transformarlo como hicieron las que se celebraron en 1955?

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03 de marzo de 2016

Fernando Fernán Gómez, Luis García Berlanga, Basilio M. Patino y Manuel Bermejo, asistentes a las Conversaciones de Salamanca, 1955. (@Fundación Basilio Martín Patino)

 

En palabras de Basilio Martín Patino, las Conversaciones de Salamanca de 1955 fueron “un contubernio posibilista-católico-estalinista-falangista-capitalista”. Aunque el director de Nueve cartas a Berta (1965) y otros participantes de aquel encuentro que en los libros de historia del cine se ha marcado como decisivo para el giro de timón del cine que se realizaba durante el franquismo (Luis García Berlanga en sus memorias tilda esas conversaciones de “gran error del cine español”) denuestan de su importancia, lo cierto es que hoy, cuando se cumplen algo más de sesenta años, poseen, como mínimo, un valor simbólico en tanto que consiguieron ser punto de encuentro de voces muy dispares: Juan Antonio Bardem, Ricardo Muñoz Suay o Eduardo Ducay, de los que posteriormente se conocería su afiliación al PC, compartieron mesa con prohombres de la dictadura como Fernando Vizcaíno Casas, José Luis Sáenz de Heredia o José María García Escudero –esas dos Españas siempre a la gresca–; todos a favor del frente común de renovar el cine español de la posguerra, repleto de películas de espíritu propagandístico o folklóricas y religiosas, en busca de una forma de representación más ligada al realismo.

En esas ponencias Bardem declaró aquello de que el cine español de entonces era “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”, una cantinela que se repite desde esos años; pero también de esas charlas nacieron, aunque no inmediatamente, un buen número de iniciativas que intentarían limpiar la fachada de un cine a años luz de lo que se hacía en ese momento en el resto de Europa. Un intento de ruptura imitando el golpe en la mesa de los críticos de Cahiers du Cinéma –una “chiquillada”, según los gerifaltes del régimen de Franco- que, a pesar de las intenciones fallidas y las críticas posteriores, dejó poso: “El espíritu de Salamanca”, como los historiadores de cine llaman a la influencia que tuvo la conferencia en los años siguientes.

Ya en 2002 el cineasta Chema de la Peña logró reunir a los protagonistas de ese encuentro en el documental ganador del Goya De Salamanca a ninguna parte, mientras que en La pantalla herida (2014), el documentalista Luis María Ferrández se empapó del espíritu de las Conversaciones con el fin de retomar el debate sobre los males endémicos de la industria cinematográfica española. Ahora, con el arranque de las Nuevas Conversaciones de cine español en Salamanca, que se celebran cuando han pasado más de seis décadas de las originales, nos preguntamos qué herencia dejaron esas reuniones que nacieron del grupo de críticos de la revista Objetivo junto al Cine-club del Seu de Salamanca (Ricardo Muñoz Suay, Martín Patino, Bardem, Manuel Bermejo, JL Hernández Marcos, Eduardo Ducay, Berlanga, Fernando Fernán Gómez) con el objetivo de concienciar del peliagudo statu quo creativo del cine español.

Del tímido neorrealismo al Nuevo Cine Español

Una de las primeras consecuencias de las Conversaciones fue la llegada de una cierta modernidad al cine patrio. Tradicionalmente la modernidad cinematográfica española comenzó con la irrupción del llamado “Nuevo Cine Español”, pero sería faltar a la verdad si no se reconociera el valor de las primeras películas de los congregados en las Conversaciones de Salamanca como motor de cambio, que encontraron en Surcos (1951), de Jose Antonio Nieves Conde, el precedente del neorrealismo español que practicarían Bardem y compañía. Nieves Conde insistiría años después con la temática social con en El inquilino (1958), protagonizada por Fernando Fernán Gómez; Marco Ferreri rodaría las brutales El pisito (1958), Los chicos (1959) y El cochecito (1959), con guiones todas de Rafael Azcona; Carlos Saura dirigía Los golfos (de 1958, pero estrenada en 1962 porque la censura la prohibió), piedra de toque del Nuevo Cine Español; mientras que La Venganza (1959), de Juan Antonio Bardem, conseguía ser nominada al Oscar como mejor película extranjera. La exigencia de “más realismo, por favor”, se cumplía. En parte.

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Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino).

Los que llegaron después, esa generación del Nuevo Cine Español de la que formaban parte Saura, José Luis Borau, Angelino Fons, Basilio Martín Patino, Miguel Picazo, Francisco Regueiro, Mario Camus, Manuel Summers, Pedro Olea y más adelante Víctor Erice y Claudio Guerín Hill, entre otros nombres, se diferenciaron de los otros por ser los primeros cineastas en acceder a la profesión con una buena formación académica primero en las aulas del IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), luego en las del EOC (Escuela Oficial de Cinematografía), prolongación y cambio de siglas de una escuela impulsada por el Director General de Cinematografía, José María García Escudero, otro de los participantes de las Conversaciones, de los mejor posicionados en la administración franquista. Ya había sido Director General de Cinematografía y Teatro de 1951 a 1952, cargo del que dimitió por desavenencias con la censura en la película Surcos justamente, y volvió al cargo en 1962 para la alegría de cineastas como Bardem o Muñoz Suay, dado que su nombre se vinculaba a cierto compromiso con el cine de autor. Bajo su dirección se apostó por un mayor proteccionismo cinematográfico, se creó el Fondo de Protección Cinematográfica, se introdujo una nueva categorización al dividir las obras en dos tipos – comercial y artística-, se impulsó la Ley de Control de Taquillas (1964) y se apoyó a los nuevos realizadores neófitos, entre otras medidas. También se modificaron las leyes de censura (1963) que, a juicio de Berlanga o Patino, se volvieron más sibilinas.

Con estas remodelaciones legislativas, el Nuevo Cine Español comenzó a rodar para acabar en ocasiones convertido, eso sí, en marca de la propaganda de la apertura cinematográfica española. Sin embargo, con sus luces y sus sombras, dejaría películas tan significativas como La tía Tula (Miguel Picazo, 1964), Nueve cartas a Berta (Martín Patino, 1965), Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963), El verdugo (Berlanga, 1963), o La caza (Saura, 1966). Y aunque no se le considera perteneciente a este grupo generacional, también en esos años Fernando Fernán Gómez realizaría El extraño viaje (1964) o El mundo sigue (1963), éste último trabajo reestrenado el año pasado en nuestras salas con motivo de su 50 aniversario. No tardaría en hacer acto de presencia una nueva crisis, denunciada en el libro El cine español en la encrucijada (1966) en el que se criticaba el poco alcance comercial del Nuevo Cine Español además de las contradicciones de un cine falto de envergadura, pero la simiente de la discusión y de la crítica ya había calado, ese “Espíritu de Salamanca” al que se regresa una y otra vez cuando se busca un frente común para pensar nuestro cine.

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Foto de grupo de las Conversaciones de Salamanca, en 1955. @Fundación Basilio Martín Patino.

Las Nuevas Conversaciones de Salamanca arrancan hoy, 3 de marzo, y se prolongarán hasta el sábado 5.

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