Renée Zellweger: “A nadie le importa si me operé o no los ojos”

La actriz de 'El bebé de Bridget Jones' publica un demoledor artículo contra la prensa sensacionalista: "Ya no sabemos distinguir información de entretenimiento", sentencia

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08 de agosto de 2016

Atención, lectores y lectoras, ahora vamos a soltar algo que tal vez os coja por sorpresa (especialmente a los chicos): en Hollywood, las actrices viven bajo una presión que supera con creces a la sufrida por sus compañeros varones. ¿Queremos un ejemplo? Pues los tenemos a pares, pero ahora nos toca hablar de uno bastante clamoroso: la tremolina que se armó en 2014 a cuenta de Renée Zellweger y sus presuntas operaciones de cirugía estética. Ahora, con el estreno de El bebé de Bridget Jones a la vuelta de la esquina, la actriz de Chicago Cold Mountain ha decidido tomar el toro por los cuernos y responder a las críticas. Y la forma que ha elegido para hacerlo es una kilométrica (970 palabras) carta abierta publicada en la edición estadounidense de The Huffington Post. Titulado We Can Do It Better (“Podemos hacerlo mejor”),  el documento resulta interesante por múltiples razones. Sin ir más lejos, por el florido lenguaje usado por Zellweger para decirle a la prensa rosa que puede irse al guano.

Para empezar, la intérprete asegura sentirse “afortunada” por su carrera, aunque dicha carrera conlleve peajes. “A veces, eso implica someterse a la humillación, y otras, entender cuándo el silencio ayuda a perpetuar un problema más grave”, detalla. Sobre las noticias que se burlaron de su supuesto paso por el quirófano, Zellweger las califica de “una historia más en esa inmensa pila de estiércol generada todos los días por los tabloides y fomentada por los titulares explotadores y por la gente que, cobardemente, practica la crueldad desde sus púlpitos anónimos de internet”. Tras esta estampida de adjetivos, Zellweger justifica su silencio de dos años como sigue: “No creo que haya dignidad en explicarse ante quienes comercian con el escándalo”.

A continuación, Renée Zellweger saca la artillería pesada: “En esta cultura nuestra de transparencia no solicitada, de trapos sucios en televisión y de gente que vende sus detalles más íntimos a cambio de fama y notoriedad, parece que elegir darle valor a la vida privada la convierte a una en sospechosa”. Así pues, “elegir la dignidad del silencio antes que implicarse en el comercio de ficciones crueles, supone exponerse, no ya al habitual ridículo, sino a ver cómo el relato de la propia vida queda secuestrado por aquellos que se benefician del escándalo falso”. Si consigues leer todo esto en voz alta y sin respirar, muchas felicidades.

Pero, ojo: la actriz afirma que no escribe esto como respuesta a una campaña difamadora, ni por el hecho de que “la validez de mi trabajo haya sido cuestionada por gente que se siente la propietaria de la representación de un personaje ficticio”. Ni tampoco, afirma, quiere sentar cátedra sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su físico y su apariencia. Se trata, prosigue, de algo que ella considera más grave: que artículos en la prensa ‘seria’, incluso piezas de fondo con opiniones sesudas, fuesen inspiradas por noticias aparecidas en los tabloides y la prensa del corazón. “Si tomé o no la decisión de operarme los ojos es algo que no le importa a nadie”, sentencia, antes de considerar casos como el suyo “un ejemplo desconcertante de la confusión entre información y entretenimiento, y de la obsesión de esta sociedad con el físico”. 

A juicio de Zellweger, tendemos a ser demasiado indulgentes con la prensa sensacionalista y con ciertos relatos sobre la vida de las celebrities, sin tener en cuenta que sus mensajes resultan dañinos para quienes los reciben, especialmente para las mujeres jóvenes (“Demasiado delgada, demasiado gorda, se le nota la edad, estaba mejor de morena, muslos celulíticos, el escandaloso lífting, se queda calva, ¿le sobra cintura o le han hecho un bombo? Zapatos feos, pies feos, sonrisa fea, manos feas, vestido feo, risa fea”). Asumir estos contenidos, prosigue, no sólo le roba espacio a las noticias realmente importantes, sino que, además, “satura nuestra cultura, perpetúa dobles raseros crueles y estúpidos, rebaja el nivel del debate político y social, da carta blanca para la crueldad como una norma cultural, e inunda a la gente con información que no importa”. 

“¿Y si dejásemos a los tabloides, con sus prejuicios y sus verdades a medias, encerrados en el tarro del entretenimiento de baja estofa, y usáramos los medios mainstream para conversaciones más importantes y necesarias?”, se pregunta Renée Zellweger, antes de recordar un par de hechos ciertos. Verbigracia: que, hoy más que nunca, la información es un producto diseñado muchas veces para cazar clics en internet, y que el público lector muestra un apetito preocupante por “ver a la gente degradada y humillada por ataques a su apariencia y a su carácter”. La actriz, que nunca ha sido precisamente una niña mimada de la prensa, puede describir esto de primera mano. Así pues, sorprende que su veredicto final no sea del todo condenatorio: “Tal vez podamos hablar más a menudo de los auténticos cambios en la sociedad, y de cómo podríamos hacerlo mejor”.

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