‘Rebeca’, 80 años de una fascinante obsesión

Hitchcock, Joan Fontaine, la 'señora Danvers' y un personaje al que no veremos nunca en pantalla hicieron de ella un título inmortal.

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13 de abril de 2020

“Anoche soñé que volvía a Manderlay”. Una frase, la primera que se oye en Rebeca, que en sí misma no tiene nada de especial. Solo es el comienzo de una historia, también de la novela de Daphne du Maurier en la que se basa. Pero aún así es de las más recordadas de la historia del cine gracias a la adaptación dirigida por Hitchcock y estrenada hace 80 años, el 12 de abril de 1940 en Estados Unidos. Un melodrama arrebatador, influenciado por las novelas de las hermanas Brontë, y también una intriga cada vez más retorcida con momentos cercanos al terror. En definitiva, un brumoso relato gótico.

En las primeras imágenes, el espectador contempla la luna, una verja oxidada, un camino serpenteante rodeado de maleza y árboles y lo que queda de una mansión, cerca de la costa inglesa, que debió conocer tiempos esplendorosos pero de la que ahora solo quedan sus ruinas. Entre ellas sobrevuela una suave y titubeante voz en off de una narradora que tanto podría corresponderse a un vivo, sintiendo nostalgia por un pasado, como a la voz de alguien que ha muerto, una presencia etérea que regresa a lo terrenal, al lugar al cual seguramente fue muy feliz o le provocó su aflicción.

El libro de du Maurier poseía un material idóneo para Hitchcock. Una tortuosa historia de obsesiones, heridas y amenazas ocultas, y donde el otrora fastuoso caserón Manderlay era el epicentro desde el que se extenderían las principales vivencias de sus tres mujeres protagonistas. La del título, Rebeca, corresponde al de una fallecida, a la primera esposa de Max de Winter, el señor del lugar. Nunca la veremos en pantalla (aunque haya un cuadro), pero su presencia es esencial influyendo en el resto de personajes, y en el espectador, dando la sensación de que puede aparecer por allí en cualquier momento. Rebeca era fabulosa, un derroche de carisma en sociedad, hermosísima e imposible de describir con palabras. Una diosa encumbrada. Bueno, o al menos si es que esas apariencias no engañan.

Y después estaba la secundona, la muchacha sin nombre (ni en la película ni en la novela), la simple dama de compañía de una ricachona detestable de la que se enamorará el viudo De Winter durante su estancia en la Riviera Francesa, intentando dejar atrás recuerdos (agradables o no). Él la convertirá en la segunda señora de De Winter, cuando precisamente la joven es todo lo contrario de Rebeca: modesta, remilgada, insegura y sumisa. Pero ella será la gran protagonista física en pantalla, también esa narradora inicial y el personaje que más evolucionará (junto con los secretos que envuelven a la ausente Rebeca) a lo largo de la narración.

La tercera en discordia es un personaje secundario, pero de los que dejan una huella imborrable. La sigilosa, servicial y siniestra ama de llaves, la Señora Danvers, siempre embutida en austeros ropajes negros. Es la más obsesionada por el recuerdo y el encanto que desprendía la difunta Rebeca. No solo la adoraba, también transluce su deseo sexual hacia ella en uno de esos ambiguos y perversos jugueteos tan del agrado de Mr. Hitchcock.

La interpretó Judith Anderson y esa ama de llaves la encasillaría de por vida en su posterior carrera cinematográfica. A la segunda señora De Winter le dio vida una Joan Fontaine, entonces prácticamente una desconocida para el gran público, y que estuvo perfecta, en parte porque Hitchcock supo aprovechar la animadversión que sentía por ella Laurence Olivier y lo mal que la trató durante el rodaje, despechado porque Hitch no quiso contratar a su amante, Vivien Leigh, para el papel.

Al lado de ellas, Maxim de Winter, el personaje de Laurence Olivier, era casi un mero nexo de unión, una excusa argumental (Ronald Colman, otro de los grandes actores de la época, declinó interpretarlo vislumbrando que su función era eso, secundaria). E incluso el personaje masculino más detestable, el del primo Jack encarnado por George Sanders, es apenas una sombra, una olvidable comparsa en comparación con la magnitud de sus tres mujeres protagonistas.

Producida por el todopoderoso David O’Selznick, fue la primera película norteamericana de Hitchcock, y la única de sus obras (además, de obra maestra) que ganaría el Oscar a la mejor película. También sirve a menudo como uno de los mejores ejemplos de cómo una novela considerada normalita puede tener una gran adaptación.Y además está el hecho de  que entre nosotros su popularidad dio nombre a una conocida prenda de vestir, la informal chaqueta de punto con botones y sin cuello, el cárdigan de toda la vida y que desde entonces también se conocería como rebeca. El cine traspasando la pantalla.

Así que no es de extrañar que cada vez que oigamos lo de “Anoche soñé que volvía a Manderlay”, lo que no tenía a primera vista nada de excepcional, sea el primer reclamo para envolvernos y atraparnos, de nuevo o por primera vez, en esos territorios sinuosos y retorcidos de Rebeca, y sus impresionantes giros de guion. Una fascinante obsesión y película.

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