¿Quién ha robado la cabeza de Murnau?

El cráneo del autor de 'Nosferatu' y 'Amanecer', escamoteado de su tumba: el último capítulo de una vida alucinante de cine, ocultismo y riesgo.

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15 de julio de 2015

Fue un trabajo complicado, desde luego: para entrar de noche en un cementerio rural, abrir las pesadas puertas metálicas de un antiguo panteón y llevarse, no un cadáver, sino una parte muy concreta de unos restos determinados, diríase que hace falta algo más que un mero capricho. Y, lo que es aquí, el capricho (o más bien el azar) parece haber tenido poco espacio: en la madrugada de ayer, el cráneo del cineasta Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931) fue sustraído de su tumba familiar en el camposanto de Stahnsdorf, un municipo a unos 20 kilómetros de Berlín. Según informa Variety (citando a Der Spiegel), los restantes cuerpos que ocupaban el panteón fueron respetados. Y los ladrones, además, no sólo se llevaron la osamenta del director de Nosferatu, El último Amanecer, sino que también se dejaron algo: unos restos de cera, cuyo hallazgo podría apuntar a la celebración de un ritual ocultista dentro del sepulcro.

¿Una noticia inquietante? ¿Ridícula, quizás? Pues, a lo mejor, ambas cosas. Pero a nosotros se nos antoja algo más: un último capítulo muy adecuado para una biografía seguida de cerca por las sombras del riesgo, de los saberes prohibidos y, sobre todo, del genio. Porque, cuando hablamos de Murnau, no hablamos sólo de un director de cine. Hablamos de un hombre que inventó, o al menos popularizó, muchos recursos que ahora se dan por sentados en el lenguaje de las películas, como los travellings, las cámaras subjetivas y el uso expresivo del encuadre. Que se aventuró a rodar en lugares exóticos cuando el séptimo arte parecía confinado irremediablemente a los platós. Y cuya propensión al peligro y falta de prejuicios le da hoy un aura más próxima a un superhéroe, o un supervillano, que a un currante del celuloide.

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Empecemos por el principio: F. W. Murnau se llamaba, en realidad, Friedrich Wilhelm Puppe, y era rico. Muy rico, de hecho: hijo de un fabricante de telas, había gozado durante su niñez de una espléndida biblioteca (leía a Nietzsche y a Shakespeare antes de cumplir los 12) y de la libertad suficiente como para dirigir obras de teatro en la mansión de su familia en Kassel, junto al río Fulda. También era alto: cuando acabó de dar el estirón, su estatura superaba los dos metros. Y, en cuanto a su combinación de temperamento artístico y valor personal, digamos que la Primera Guerra Mundial le hizo pasar de estudiante de Arte Dramático (bajo las lecciones del director Max Reinhardt) piloto de combate. Al timón de su caza en el frente oriental, el joven Friedrich Wilhelm sobrevivió a ocho derribos en una época en la que las expectativas de supervivencia para los aviadores militares rayaban por debajo del diez por ciento. Cuando terminó la contienda, nuestro hombre había alcanzado el rango de comandante de escuadrón: cabe preguntarse si llegó a encontrarse con Manfred Von Richthofenpero imaginarlo mola, a qué dudarlo.

En 1919, recién puestos sus pies en la tierra, Murnau abandonó el teatro por otro arte, relativamente nuevo y con mucho futuro: el cine. Durante sus primeros años en el gremio trabajó con Conrad Veidt, el actor que protagonizó El gabinete del Doctor Caligari y cuyos gestos desencajados (era la época del expresionismo, ya se sabe) habrían de inspirar los de cierto personaje de cómic llamado Joker. La mayoría de los filmes rodados por Murnau y Veidt (entre ellos, Der Januskopf, una adaptación de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde) se han perdido, pero, teniendo en cuenta lo que vino después, eso tampoco importa demasiado. A nuestro director, la fama le llegaría con una cinta que dirigiría en 1922, que hizo historia en más de un sentido y que aun hoy sigue provocando murmullos y leyendas: Nosferatu.

La historia de Nosferatu daría para un artículo entero, así que aconsejamos al lector que acuda a los textos de expertos como Luciano Berriatúa, quien restauró la película en 2006. Baste decir que puede tratarse de la primera película de vampiros de la historia, que sus efectos especiales y su ambientación siguen pasmando y que casi la perdemos para siempre debido a un tema tan de actualidad como el copyright: cuando la viuda de Bram Stoker constató que aquello no era sino una adaptación encubierta de Drácula, ordenó destruir los negativos, salvándose la película por pura chiripa. Y también debemos decir que la fama de Murnau como hechicero viene dada casi íntegramente por esta cinta: su productor Albin Grau, que también se hizo cargo del diseño de producción, era miembro de la Fraternitas Saturni, una asociación ocultista inspirada por las enseñanzas del mago Aleister Crowley. Si uno mira bien, Nosferatu está llena de símbolos cabalísticos y esotéricos cuya capacidad para invocar a los Superiores Desconocidos puede ser puesta en duda, pero que siguen dando mucho respeto.

El aura sombría de Nosferatu, y de su actor protagonista Max Schreck, inspiraron un remake dirigido por Werner Herzog (quién si no) en 1979, con Klaus Kinski como chupasangres. Y también una película muy peculiar, La sombra del vampiro (2000), en la que Schreck (Willem Dafoe) es un auténtico engendro de las tinieblas al que un Murnau con el rostro de John Malkovich no duda en ofrecer doncellas para que no abandone la producción. Pero, leyendas aparte, podemos suponer que los espectadores de El último (1924) de verdad creyeron que el director había hecho un pacto con el diablo. ¡La cámara se movía! Y no sólo eso: ¡también entraba por las puertas, e incluso atravesaba los cristales de las ventanas! Para colmo, el uso de los intertítulos (estamos aún, recordemos, en la era del cine mudo) había sido reducido al mínimo, para así confiarle la triste historia de un portero de hotel (Emil Jannings) al puro poder de las imágenes. Tras esa película, y tras el festín de efectos especiales que fue Fausto (1926), la carrera de Murnau sólo podía tener un destino: Hollywood.

Llamado a la Meca del cine por el productor William Fox, Murnau entró en el mundillo de Los Ángeles como el proverbial elefante en la cacharrería. No sólo insistía en hacer sus películas como le venía en gana y sin reparar en gastos, sino que también era abiertamente homosexual, algo que no chocaba demasiado en la liberal Alemania de entreguerras pero que en EE UU resultaba poco menos que inmencionable. Aun así, la cosa funcionó bien: pese a ser extremadamente extraña (la mejor forma de definirla, para resumir, sería como una mezcla de thriller y comedia romántica), Amanecer se hizo con tres premios en la primera edición de los Oscar. Ya podía la Academia acordarse de estas cosas a día de hoy. Pero prosigamos: tras otras dos películas (Los 4 diablos El pan nuestro de cada día) que pasmaron de nuevo al público, decidió marcharse a la Polinesia (concretamente, a la isla de Bora Bora) junto al director de documentales Robert J. Flaherty  para rodar el que había de ser su último trabajo: Tabú.

El rodaje de Tabú fue uno de esos pequeños infiernos que, como el de Apocalypse Now cuatro décadas más tarde, sólo se redimen por la enormidad de la película que han dado a luz: Flaherty, que se llevaba a matar con Murnau, pasó la producción sin apenas mirarle a la cara. El presupuesto se agotó a mitad de rodaje, con lo que el cineasta decidió financiar la película de su propio bolsillo, despidiendo a sus técnicos y reemplazándolos por nativos a los que él mismo enseñó a manejar el equipo. La censura, además, se tiró de los pelos al constatar que las chicas polinesias que participaban como actrices llevaban, de acuerdo con su costumbres, los pechos al aire. Y, cuando la ordalía parece haber terminado y al producto final sólo le falta una semana para llegar a las pantallas… va el director, y se muere. Y no de cualquier muerte, además.

El 11 de marzo de 1931, el Rolls Royce de Murnau se salió de la carretera cerca de Santa Bárbara, estampándose contra un poste de la luz. Algunos culparon del accidente a García Stevenson, el joven criado filipino del cineasta. O, más exactamente, a las maniobras de índole oral que Murnau realizaba sobre el cuerpo de Stevenson mientras éste conducía. Pero dejémosle los pormenores morbosos a Kenneth Anger y su Hollywood Babilonia: baste decir que al funeral del cineasta sólo acudieron once personas, entre las que se hallaban Fritz Lang (que pronunció el elogio fúnebre), un Flaherty dispuesto a hacer las paces post mortem y Greta Garbo, quien custodió la mascarilla mortuoria de su amigo hasta su propia muerte en 1990.

Así pues, tenemos una vida de leyenda, llena de hallazgos, de saltos sin red y de hechos admirables (o morbosos). Una vida que tal vez merezca ser envidiada, y sin la cual el cine, tal y como lo conocemos hoy, nunca hubiera sido el mismo. Y que, para postre, vuelve a saltar a los titulares merced a un hecho delirante que sólo contribuirá a acrecentar su mito. Nosotros pensamos que, con semejantes credenciales a cuestas, una calavera de menos es poco pago. ¿Qué opinas tú?

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