“Que todo en la vida es cine y los sueños cine son”: Luis Eduardo Aute en la gran pantalla

El célebre cantautor, que moría hoy a los 76 años, estuvo vinculado al Séptimo Arte hasta el punto de dedicarle una de sus canciones más conocidas.

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04 de abril de 2020

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  • La canción Cine, cine fue publicada en 1984, como uno de los grandes temas del álbum Cuerpo a cuerpo. No obstante, versos como aquel que sirve de titular o el enorme protagonismo que obtenía la nouvelle vague en su letra (siendo prácticamente el Antoine Donel de Los 400 golpes el protagonista de la misma) fueron originados, esperando que alguien los escribiera, mucho antes. Porque la primera gran pasión de Luis Eduardo Aute fue el cine.

    A medida que el artista nacido en 1943 en Manila (Filipinas) fue creciendo, esta afición perdió protagonismo en función de otros intereses culturales como la pintura, la poesía o, claro está, la música, que el cantautor siempre gustó de conectar dentro de su obra cada vez que veía la oportunidad. Y, a lo largo de una carrera que duró cerca de seis décadas, la vio muchas veces.

    Hoy nos ha dejado Luis Eduardo Aute a los 76 años, y muchos le recordarán por temas icónicos como Dos o tres segundos de ternura, Las cuatro y diez Al alba, su estremecedor retrato de los últimos fusilamientos del franquismo. Nosotros queremos recordarlo por una de las facetas que (comprensible dada la magnitud de otros logros) más desapercibida puede pasar: la cinematográfica.

    La influencia francesa

    En 1954 la familia de Aute se estableció en Madrid, y al cumplir los quince años obsequiaron al futuro artista con una guitarra. En aquella época el cine ya había empezado a estimular su vena artística, puesto que influido por el expresionismo alemán (que en la vertiente audiovisual cultivó gente como F.W. Murnau o Friz Lang), pintó sus primeros cuadros.

    A comienzos de la siguiente década, cuando poco a poco profundizaba en sus habilidades como compositor, ya trataba de convertir varias de sus inquietudes en guiones cinematográficos. Algunas de estas tenían que ver, indefectiblemente, con el erotismo y una visión tan desacomplejada como seductora del sexo, de forma que su primer cortometraje, Senses (1961), apenas pudiera encontrar distribución por lo provocador de sus imágenes.

    Evidentemente, la España de la época era demasiado opresiva para Aute, de modo que como otros artistas de su generación se marchó a Francia en cuanto tuvo oportunidad, y se instaló en París. La urbe, en aquella época, se hallaba sacudida por los vientos contraculturales y la consolidación de la nouvelle vague auspiciada por los intelectuales de Cahiers du Cinèma, y Aute no tardó en entablar relación con personalidades de la talla de Jean-Luc Godard y Louis Malle.

    Anna Karina, musa del movimiento que también fallecía recientemente, protagonizó de hecho el segundo trabajo de Aute como meritorio de dirección, en La vida es magnífica de Maurice Ronet (1964). El segundo se había dado un año antes, cuando acompañó a Joseph L. Mankiewicz a su paso por España para rodar Cleopatra, superproducción de época con Elizabeth Taylor tan espectacular como espectacular fue su fracaso económico.

    A Aute no le interesaban en especial este tipo de protoblockbusters, atraído por la originalidad combativa y provocadora de sus amigos franceses, lo que no evitó que en 1967 quisiera debutar por fin como actor en la comedia musical Días de viejo color, dirigida por Pedro Olea. Hacia el final de los años 60 se decidió a rodar un documental sobre su propia obra pictórica, ya muy nutrida para entonces, llevando por elocuente título Chapuza 1.

    Corría el año 1971, inaugurando una década en la que la relación de Aute con el cine quedaría plenamente consolidada.

    Bandas sonoras y proyectos conjuntos

    En los 70, paralelamente a su creciente fama como cantautor, Aute empezó a frecuentar los circuitos cinematográficos para trabajar como compositor en varias películas. Ya fuera con instrumentales o canciones expresas, la composición de bandas sonoras supuso un campo donde nuestro hombre nunca dejó de moverse.

    Los viajes escolares, dirigida por su amigo Jaime Chávarri en 1974, fue uno de los primeros films en beneficiarse de su talento, siguiéndole otros como ¡Arriba Azaña! de José María Gutiérrez Santos o Mi hija Hildegart de Fernando Fernán Gómez (ambas de 1978), y y ya pasada la década El hombre de moda (Fernando Méndez-Leite, 1980), Función de noche (Josefina Molina, 1981) o El vivo retrato (Mario Menéndez, 1986).

    Antes de acomodarse en el papel de compositor para el cine, Aute dirigió un nuevo corto, de mucho mayor recorrido, en 1974. Se trataba de A flor de piel, protagonizado por Ana Belén y el citado Chávarri, donde la sensualidad de sus anteriores trabajos se combinaba con una mayor fuerza dramática que antecedería el corto, rodado en 1976, Minutos después.

    A lo largo de esta década Aute también estrechó su vínculo con la televisión, de modo que además de escribir la música para la serie La señora García se confiesa, de Adolfo Marsillach, se embarcó junto a Antonio González-Vigil, Cristina Andreu y Félix Rotaeta en el proyecto Delirios de amor, desarrollado en 1986.

    Se trataba de una colección de mediometrajes en la cual Aute se encargó de escribir y dirigir El muro de las lamentaciones, además de ponerle música a La pupila del éxtasis y al resto de segmentos. Llegados los 90 Aute optó por centrarse más en la música y la escultura, pero según terminaba esta década (y con ella el siglo), empezó a trabajar en Un perro llamado Dolor: su proyecto más ambicioso dentro del ámbito cinematográfico.

    Perros, basiliscos y documentales

    Un perro llamado Dolor contaba con la titánica tarea de explorar la relación entre pintores y modelos a lo largo de la historia del arte, dejándose caer por su metraje figuras como Goya, Frida Kahlo, Dalí, Picasso o Velázquez. Todas ellas debían vincularse en la obra gracias a un perro que servía como hilo conductor, pero el mayor desafío lo supuso la gestación de sus imágenes.

    Aute se pasó cinco años realizando los cerca de 4.000 dibujos que componen el corto Un perro llamado Dolor, que se iban sucediendo a lo largo del corto para dar ilusión de movimiento. Su gran esfuerzo terminó por ser nominado al Goya en 2001, y fue seleccionado en los Festivales de San Sebastián, Valladolid y La Habana.

    Casi diez años después, en 2012, Aute trabajó en un proyecto de similares intenciones (y dificultades) con El niño y el basilisco. En este nuevo cortometraje el artista reflexionaba sobre su propia infancia y qué poso había dejado en su vida adulta, reutilizando después sus imágenes para el videoclip de su canción El niño que miraba al mar.

    En sus últimos años, el autor de Cine, cine sólo quiso volver a ponerse delante de las cámaras para prestar su testimonio en varios documentales, la mayor parte de ellos relacionados con la música. Es el caso de El Gran Gato de 2002 (dedicado a la figura de Gato Pérez), Las huellas de Dylan (2006), Jaime Urrutia: La fuerza de la costumbre (2011), Silvio Rodríguez, Ojalá (2012) o Manolo Tena, un extraño en el paraíso (2016).

    En 2015 se encargó de la música de Tras Nazarín: El eco de una tierra en otra tierra, documental que ahondaba en el legado de Luis Buñuel y de una de sus películas más famosas. Por último, el pasado 19 de septiembre se estrenaba Aute retrato, dirigido por Gaiza Urresti, donde Aute reflexionaba sobre su vida y obra y el documental acababa erigiéndose como insospechado testamento.

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