“¿Qué hace Anthony Hopkins aquí?” 8 películas que le pegan menos aún que ‘Transformers’

Michael Bay se lleva una ganga: el actor galés es un genio de la interpretación, y también un currante acostumbrado a actuar donde sea.

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06 de junio de 2016

Hay que admitírselo, Anthony Hopkins sí que sabe. Aclamado en ocasiones como heredero, bien de su paisano Richard Burton, bien de Laurence Olivier, el actor galés pertenece a la vieja escuela de intérpretes británicos, con todo lo que eso conlleva: contención frente a la cámara, meticulosa preparación de sus personajes… y una ética laboral según la cual eso de actuar es, ante todo, un trabajo, y por lo tanto no hay papel pequeño mientras el salario de rigor sea grande. De esta manera, si Burton y Olivier compaginaron sus grandes películas algunos de los mayores bodrios de la historia del cine, al hombre que fue Hannibal Lecter tampoco le han dolido prendas en prestarle su rostro a filmes, bien infames, bien sencillamente peculiares o inesperados en alguien como él. Después de leer este informe, seguro que ese fichaje por Transformers: The Last Knight te resulta menos inesperado.

Las dos vidas de Audrey Rose (1977)

Antes de firmar su última obra destacable con Star Trek: La película, Robert Wise tuvo tiempo de dejar ojipláticos a sus espectadores (y no necesariamente para bien) con esta película, promocionada como un filme de terror pero que, en realidad, resultaba ser un drama con resabios místicos bastante plomizo. En el filme, Hopkins interpreta a un señor que persigue a una niña, convencido de que esta es la reencarnación de su hija difunta (la Audrey Rose del título). Y, aunque el galés hace lo que puede, dicho argumento se cae por su propio peso.

Magic: El muñeco diabólico (1978)

No se confundan: aquí, Chucky ni está ni se le espera. En realidad, esta cinta firmada por David Attenborough es una película de terror bastante apañada sobre un viejo tropo del género: el del ventrílocuo (Hopkins, claro) poseído por su muñeco. El filme, como decimos, se sostiene pese a los años, y algunas de sus escenas producen auténtico mal rollo, pero ver al futuro Hannibal Lecter dominado por una marioneta modelada a su imagen y semejanza resulta, hoy en día, de lo más chocante.

El búnker (serie, 1982)

Antes de que El silencio de los corderos le hiciese triunfar a lo grande en Hollywood, Antony Hopkins mantuvo una estajanovista labor televisiva en el Reino Unido. Entre las series que rodó por entonces encontramos este digno relato bélico, más conocido como “la de Hannibal haciendo de Hitler”. Si bien Hopkins se lo curra muchísimo (de acuerdo con sus compañeros de reparto, se tomó tan en serio el papel que su mera presencia acongojaba), sus redondas mejillas y tez sonrosada, sumadas al bigotillo y el peluquín, le hacen parecer un honrado tendero de Cardiff o de Swansea, más que un Führer genocida de la gran Alemania.

El jorobado de Notre Dame (1982)

Las aclamaciones recibidas por su trabajo en El búnker, y por su digna labor de secundario en El hombre elefante, podrían haber puesto a Hopkins de camino al estrellato de una vez por todas. Eso no ocurrió, y, en cambio, nuestro hombre se embarcó en uno de los proyectos más delirantes de su carrera: interpretar al mismísimo Quasimodo en una teleserie que le llevó a trabajar junto a compañeros de lujo (Derek Jacobi, John Gielgud, David Suchet y un largo etcétera de británicos ilustres)… y a aplicarse un maquillaje que va más allá de lo que el papel exige en cuanto a fealdad. Una curiosidad, y poco más, en la carrera de un actor que nunca ha sido ni Lon Chaney ni Charles Laughton (ni falta que le hace).

Freejack: Sin identidad (1992)

Con un Oscar flamante sobre la repisa, con su vida personal más encarrilada que nunca, con todos los agentes de Hollywood llamado a su puerta para ponerle papelones en bandeja… Anthony Hopkins se encuentra con que una película de serie B, rodada antes que El silencio de los corderos y lastrada por una producción desastrosa (el estudio, ahí es nada, obligó a volver a rodar más de la mitad de sus escenas) llega a los cines para aprovechar su recién adquirida celebridad. Por supuesto, Freejack dista muchísimo de ser una obra maestra, pero su ambientación ciberpunk de baratillo y el gusto de ver a Hopkins como villano (y a Mick Jagger, nada menos, como mercenario futurista) compensan la falta de gracejo de su protagonista Emilio Estevez.

El balneario de Battle Creek (1994)

Si bien su aparición en Freejack es disculpable (el hombre no pasaba una buena racha, que digamos, y la película es graciosa), esta película no tiene perdón de Dios, ni del proctólogo. Porque, si Hopkins pensaba que podía aspirar a un segundo Oscar (después de quedarse con las ganas por la extraordinaria Lo que queda del día) poniéndose en manos de un director tan dudoso como Alan Parker y protagonizando un biopic cómico del doctor Harvey Kellogg (obsesionado con la masturbación, la defecación y los cereales para el desayuno), apañado iba. El balneario de Battle Creek ha quedado como una de las películas más extrañas de los 90… y no precisamente en el buen sentido.

¿Conoces a Joe Black? (1998)

En algunos de sus berenjenales post-Oscar, Anthony Hopkins se metió porque quiso. En otros, porque la cosa pintaba bien y él picó como un chino. Sin ir más lejos, ¿cómo resistirse a rodar un remake del clásico La muerte de vacaciones, acompañando de nuevo a ese Brad Pitt con el que tanta química había tenido en Leyendas de pasión? Pues habría hecho mejor pensándoselo dos veces: la película resultó infame, Pitt, acartonado, y Hopkins casi se da de leches con el director Martin Brest por las habituales ‘diferencias creativas’.

El hombre lobo (2010)

Pasados ya los 70 tacos de calendario, sobrado de prestigio crítico y sin más obligaciones que pisar un plató de tanto en tanto para pagar las letras del yate, Anthony Hopkins sigue deseoso de meterse en berenjenales. Cosa que nos parece muy meritoria… y que puede dar lugar a cataclismos como este: pese a sus buenas intenciones, la película de Joe Johnston no conseguía ni de lejos resucitar el viejo clásico del terror, y, pasado el factor sorpresa, eso de ver a Hopkins velludo y colmilludo, enfrentándose a Benicio Del Toro, acaba resultando bastante ridículo. ¿Es que no tuvo usted bastante con El jorobado de Notre Dame, señor?

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